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Ensalitrada hasta la muerte

Llego a casa después de una mañanita de barrio total. Primero, con Don Ricardo, el médico de toda la vida, comprobándome los gases, la tensión, la hidratación y las pulsaciones para decirme que estoy perfectamente y darme cuatro palmaditas en la cabeza, como si todavía levantara siete palmos del piso. Después, en Melitón, típica tienda de aceite y vinagre que se quedó en tienda de aceite y vinagre enorme y caótica, varada en el camino hacia el minimercado. Como siempre, el viento corta todas las esquinas y el sol está como indeciso. Lo que significa otro día sin sacar a Diego por Las Rehoyas.

Todavía molida y soñolienta, me siento en el sofá de ayer, miro de refilón un documental sobre los animales más peligrosos de África y escribo sobre libros.

Ayer, con motivo del Día del Ídem, compré dos: El marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima, y Línea de naufragio, de Agustín Díaz Pacheco. Básicamente, porque me llamaron la atención los títulos, que hablaban del mar de alguna forma.

Supongo que estoy condicionada por ser isleña de por vida. No concibo la existencia sin un océano al lado y, cuando regreso a la isla de un viaje, necesito el olor a salitre y seba que entra por la ventana del coche para sentirme realmente en casa.

No entiendo una infancia feliz en Castilla-La Mancha ni una creatividad interesante en Extremadura, aunque me encanten muchos sitios en ambas comunidades. Machado o Delibes o Cela me parecen áridos, aburridos, tristones ... No me interesan demasiado los autores peninsulares a menos que sean costeros, como Blasco Ibáñez, Lorca, Hernández o Mendoza.

Siento simpatía por los latinoamericanos, una conexión que se convierte en amor loco con algunos libros o párrafos de García-Márquez, Isabel Allende, Skármeta, Sepúlveda, Puig o incluso Vargas Llosa. Tengo con ellos una proximidad que no me produce Unamuno, por más que reconozca su genio.

Así que opto por un chicharrero y un japonés como lecturas de convalecencia, junto con un textito de Alexis Ravelo que es un análisis de la situación del libro canario en la actualidad y otro de Dolores Campos-Herrero sobre el nacimiento de otro libro canario.

Y empiezo a escorarme hacia la almohada tentadora y la cálida manta, soñolienta y algo aprensiva todavía con los movimientos de un estómago que parece haber atravesado varios mares esta mañana.

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Comentarios

  • ¿Don Ricardo? ¿de toda la vida? ¿de barrio? ¿No será Don Ricardo Tabah Stronza por un casual?, ¿sigue ejerciendo? :))

  • A ese hombre habría que hacerle un homenaje o dedicarle una calle....

    Creo que todos los niños de mi generación de Escaleritas y Schamann pasamos por su consulta en algún momento.... y veo que algunos siguen pasando por allí ;)