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Elogio de la gula

Cuando observo con indisimulable ternura la tristeza de tus hombros enclenques y el descarnado desamparo de tus omóplatos por la mañana, te juro que desearía untar tu espalda con melaza o con sirope o con miel pura de abeja, convertirla en mi cubierto y lamerla lentamente.

Sé que tu deseo no se inflama con orgías en las que cocina y cama se hagan una. Que una Afrodita envuelta en lencería de nata n o excitaría a tu naturaleza espartana.

Sin embargo, te repito que el buen amante también se expresa en una sabia pasión por la comida. Aunque me mires con ese escepticismo tuyo de catedrático de historia permanentemente enganchado a la botella helada de absolut-vodka.

Pareces no darte cuenta de que el amor tiene una cualidad caníbal: todo el mundo sabe que, si no estuviera prohibido por las leyes, hace tiempo que amante y amado se habrían devorado vivos mutuamente.

El amor lleva implícitos el sabor a dátil o a almendra amarga o a limón. Es tierno como algunas carnes bien cocinadas y empapadas en especias o cruel como un almuerzo sin pan ni vino. Quema cual café negro hirviente. Refresca mejor que el agua limpia de una talla en la tortura de una tarde quemona de Santiago.

Tú eres bollo de crema para mis papilas gustativas cuando pones esa vieja cinta de los Doors en tu coche y me prometes un paseo por la cara oculta de la luna. Y tienes el acibarado gusto de la hiel bíblica cuando me postergas por las carreras de once desaprensivos en pantalón corto zigzagueando en un trapecio de verde césped.

Al renegar del placer de la gastronomía, canelonito mío, te autoexcluyes de un paraíso para tus abandonados sentidos.

Comer es sentir con la boca, con el olfato, con la mirada, con el tacto. El cerebro en pleno se vuelca en tu plato contigo.

En cambio, tus circunspectas neuronas parecen tan abstraídas de los placeres y concentradas en el lado más prosaico de la vida, que sólo se vuelcan en el tapiz de píxeles que emite la pantalla de tu ordenador día tras día. Pareces no tener otra ambición en la vida que dejarte pestañas y existencia entre las teclas que limitan tu mundo a la oficina.

Me maltratas con tus comidas rápidas e insípidas, trufita de mis entretelas. Con tus hamburguesas desoladas, tus queques, tus raciones desmayadas de ensaladilla rusa y las rancias palmeras de chocolate de la máquina del bar. Te conformas con tan poco ...

Eso me hace pensar que tienes las mismas premuras en las artes amatorias: que te contentas con un breve y acelerado des-encuentro en vez de demorarte en esos pequeños detalles que hacen de la vida algo creativo. Con sabor, aunque te repugne la palabra.

Si no eres capaz de gozar de la textura de un mousse de chocolate bien cremoso, me digo, ¿cómo puedes disfrutar de la textura de una piel o del sabor de un beso? Si las especias te dejan frío y te da igual un perrito caliente que una ropa vieja con fundamento, ¿cómo esperas discriminar cuando llegamos al terreno de los afectos?

Sé que insistirás en que no son comparables los indignos alimentos del cuerpo y los del elevado espíritu. Para ti el comer es una obligación ridícula con la que hay que cumplir por fuerza, sin malgastar ni un pensamiento extra en ella.

Sin embargo, no me puedes pedir que renuncie al capricho de mezclar deseo y glotonería, al conceptuarte tartaleta de requesón que se derrite en mi lengua. Ni que mi pasión no se vuelva lengua inquisitiva, hurgando en la paleta de las emociones, y, cuando me besas, transforme el universo entero en un tiramisú inabarcable.


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