Vivir al límite
Advierto que puedo parecer un ser humano frágil, dulce y tirando a bobón, pero engaño: reconozco que me gusta vivir al borde del peligro.
Así lo puede atestiguar el que haya sufrido las uñitas de Diego (el niño más lindo, inteligente y risueño del Universo) roturándole las carnes; quien haya disfrutado de la experiencia de ejercer copiloto-ras de mi hermano, en pleno rally de las presas y los cercados, o simplemente, quien conozca a mis padres.
Por eso, ante la entrevista en La Nuestra de hoy, en pleno parque Doramas, afronté la ventolera pertinaz con mis vaqueros favoritos, que casualmente tienden a abrirse de cremallera en el momento más inopinado.
Reconozco que eso también me pasó porque hoy vivo el día con unos quince minutos de retraso.
Y que todo se debe (el vaquero, el peligro, el retraso) a que no tenía el despertador en hora a estas alturas y, por eso, llevo la jornada un poco traída por los pelos. Desde la entrevista telefónica a Alberto Cortez por la mañana hasta la entrevista con la Televisión Canaria, la comida y este blog.
El peligro, sin embargo, es una constante en mi vida.
La sección de Cultura, donde ahora trabajo, se sitúa de espaldas al balcón de la redacción, por el que entran y salen obreros continuamente, sudaditos, tripudos y encascados, además de parientes muy lejanos del repartidor de la Coca Cola light. La mesa tiembla de vez en cuando con sus golpes contra la estructura de este edificio en obras y sus taladros nos acosan a través de la pared.
Uno de mis compañeros de trabajo en el Perinqué es el Mendoza Chico, un hombre con buen fondo donde los haya, pero que a veces tiene arranques de fiereza que dejan chico al Katrina. Sobre todo, si no acudes al cumpleaños de su hermano en el chino (como a mí me pasó, el 24 de marzo) o le discutes el equipo del Supermanager.
También cerca están Javier Darriba, isletero por más señas y un peligro en sí, y Nenito, que me amenaza veladamente cada vez que le cambio el nombre.
Por si esos peligros fueran poco, esta noche voy con Yeya a la presentación de Anatomía del deseo, de José Lobillo, en la Casa de Colón. Se presenta a las 20.00 horas y contiene frases para recordar y dibujos impactantes. Todo, erótico perdido.
Yeya lleva una minifalda que expondrá al aire nocturno sus piernas de vértigo en medias. Yeya lleva tiempo enganchada al chocolate.
Conclusión: me gusta vivir rodeada de riesgos.


