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Amor y sushi

Esta tarde me paré, en el camino hacia el concierto final de la IV Semana de la Francofonía en el Conservatorio, a la vera del resplandeciente escaparate del Sakura IV. Una cinta móvil transportaba las breves raciones de sushi, en un bucle eterno, hasta los alrededores de la única mesa ocupada. Apoyada la cabeza contra el cristal del coche, me quedé traspuesta a su altura, gracias al semáforo de turno, y pensé en Cartier-Bresson, en el clarinete de bambú de Abaji lanzando sus notas voluptosas al cielo de Gran Canaria y en lo difícil que es seguir religiosamente una maldita dieta.

Llevo más de la mitad de mi vida entre endocrinos, dietistas, homeópatas y demás fauna. Llevo más de la mitad de mi vida privándome de lo que me gusta por temporadas. Llevo más de la mitad de mi vida maldiciendo a mi metabolismo, mi herencia genética y mi tiroides.

Sin embargo, lo único que se ha probado efectivo para controlar unas carnes que pugnan por escaparse del vaquero y del sujetador ese tan poco erótico en el que me constriño cada mañana es la infelicidad. O los viajes.

Nada como un buen disgusto amoroso para que se te ponga un nudo en el buche y no puedas tragar nada. Nada como las privaciones de un viaje y su pateo constante para mantener a raya la obesidad mórbida, la depresión y hasta el herpes y el riesgo de calvicie.

En todo eso pensé mientras me tentaba el escaparate del Sakura IV, con su desfile constante de sushi.

Confieso que estuve a dieta por última vez el año pasado, al tiempo que hago crujir mis dientes y me rasgo el pijama al confesar que llegaron diciembre y el Hombre y lancé por la borda toda contención.

En mi caso, la felicidad se refleja en más curva que de costumbre y ahora me pesa (y nunca mejor dicho) dicha felicidad.

Sobre todo, porque ayer me enfocaron (y nunca mejor dicho también) con una cámara de La Nuestra en la presentación los Síndromes de Estocolmo y entre que una es de carne generosa y que la cámara te redondea aún más, témome que asustara a los espectadores de los informativos de hoy con mi boyante esferidad.

Ahí cambió a verde el semáforo, desperté, me alongué sobre el volante y pisé el acelerador. Y Pilarillo Seco adelante, recordé con horror que mañana me reportajean con cámara de nuevo.

Podría haber caído entre los recios brazos del Hombre unos cuantos meses más tarde, medito, mientras me pregunto, de paso, por qué la lencería para mujeres pechugonas y caderuditas es tan poco sexy, mientras que la de las planas sin curvas resulta tan atractiva.

Y respondiéndome que, probablemente es para despistar al hombre de turno de la falta de carne dentro de la tela, lanzo otra pregunta al ciberespacio que me reconcome desde esta tarde ... ¿Qué tal estará el sushi en el Sakura IV?

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