Freak power
Lo de la noche más freak fue una experiencia breve pero intensa. Aguanté exactamente dos películas: el corto Beasts, una absoluta delicia animada, y Tenebrae, un divertimento francés en blanco y negro y mudo, parte de un proyecto de película de ocho horas.
Raúl, Yeya, Lara y Juan Pedro volaron a coger sus sitios en la Sala 4, previsoramente abordados por la infiltrada de Ana. Nosotros esperamos, como unos tollos, a que nos llamaran por la megafonía y cuando subimos las escaleras nos encontramos con una Sala 3 a reventar.
El director de Tenebrae y Jesús Palacios fueron los encargados de dar el pistoletazo (o la puñalada corrupia) de salida al invento. Leandro, Ivana, el Hombre y servidora nos arrepollinamos en nuestras butacas, en la segunda fila y con la pantalla cayendo a plomo sobre nosotros, preparados para el baño de sangre.
Por supuesto que, al empezar la tercera película -algo que parecía bastante pretencioso y pesado y basado en Lovecraft- el Hombre empezó a dar cabezadas, así que salimos a tomar un café con Edu y no volvimos a entrar hasta mediado el largo de Terry Gilliam, Tideland.
No me vi con fuerzas para someterlo a más torturas, así que nos fuimos. Y en la salida, bordeamos la mesa donde Federico Luppi se tomaba una caña y la puerta de La Veguetita, con un Boris Izaguirre superelegante en modo fiesta.
Esta mañana, Yeya me ha dicho que faltaron sangre y sexo. Y, por supuesto, que lo mejor de la noche (a falta de La Gorgona de la Hammer), fue la película de Terry Gilliam que no llegué a ver.
Ya informé al Hombre que el año que viene, pretendo meterme en la sala con Yeya y compañía hasta las cuatro de la mañana. Si seguimos juntos, será un buen chico y me esperará en casa, con nada salvo el pulpo de peluche amarrado a la cintura y una botella de San Valentín fresquita y dispuesta para recibirme.


