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El criquet, ese deporte de riesgo

Tengo un amigo paquistaní en una lista de distribución de Yahoo. Su sobrenombre es Orca, tiene una hermana trabajando en el Dawn y cultiva una especial habilidad para el pirateo y las flamewars. Ahora anda el hombre revolucionado por el caso del asesinato del entrenador del equipo de criquet de su país.

Personalmente, no entiendo la pasión que despierta el criquet en el mundo anglosajón. Especialmente entre gentes tan activas como los australianos, por ejemplo. Mi pasmo lo comparto con Bill Bryson, que opina que es probablemente el "deporte" más tedioso e incomprensible de la Vía Láctea.

Parece que tanto Bill como yo infravaloramos al criquet, porque resulta ser un vínculo efectivo para unir a idiosincrasias tan complejas y diferentes como la hindú, la surafricana o la jamaicana. Eso no quita para que a mí me parezca que comparte con el golf y el béisbol un halo maldito. Ni los entiendo, ni quiero entenderlos y menos practicarlos.

Sin embargo, de repente, estrangulan al entrenador del equipo de criquet de Paquistán, Bob Woolmer, y se destapan una serie de chanchullos con apuestas, malestares dentro del equipo, estrellitas y estrellazos, rivalidades entre naciones y culebrones en general que no asociaba yo a algo tan absolutamente soporífero.

Y va a resultar que tiene más peligro un bateador de criquet que un luchador de kickboxing o un fontanero australiano borracho, pescando tiburones a piñas. Por no hablar de los parlamentarios canarios, que van a resultar parte de un coro de querubines divinos al compararse con el más pacífico de los aficionados a ese ¿deporte?

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