Llevo tres cuartos de hora discutiendo con una impresora rebelde, que no me deja sacar el papeleo sobre las becas del Ministerio de Asuntos Exteriores, madre, y la paciencia empieza a agotárseme. Deben ser como treinta y pico páginas de texto y los países están organizados alfabéticamente, así que Suecia se encuentra justo al final y su nombre aparece mágicamente en el momento en el que se me acaban las unidades para imprimir en mi ex-escuela, JMK, al ladito de Radiohuset y la Sveriges Television. Observo que el ministerio de Abel Matutes no tiene a una lumbrera por webmaster, pero dejo la crítica política antes de que me rompas un plato en la cabeza, vía telepática, o reniegues de mí.
Es tarde, todo está oscuro, espero tu llamada y no hay nadie a quien pueda recurrir para solucionar este fiasco de la impresión.
Me siento frustrada... porque hace frío, el otoño es hermoso pero brutal y mi búsqueda desesperada de trabajos y apartamentos no da fruto. Ni encendiendo velas ateas a Santa Rita, San Antonio y la Virgen de la Milagrosa (y dejo la crítica religiosa, que nos conozco).
Sin embargo, no me quejo.
Quiero decirte que estoy bien. De momento, he sobrevivido al catarro, aunque Claes tiene una medio neumonía encima y peregrina por la casa, semiarrastrándose, tosiendo y envuelto en una estela de gérmenes que repele al más entusiasta.
Aparte de eso, quiero que sepas que me vitamino como loca para sobrevivir y que aunque este maldito otoño sea tan bello como deprimente y el tiempo da ganas de tirarse al primer canal con el que una se cruce, abrazada a algún mamotreto de mármol del Museo Nacional, me resisto al suicidio.
No importa si todos van vestidos como si llegaran de o se dirigieran a mi funeral, empaquetados en negro y ceñudos, con las bufandas ahogándoles, los gorros calados hasta las cejas y las botas chapoteando en esta lluvia que no cesa. Triunfaré, como diría Meg Ryan al aterrizar en París buscando al pánfilo de Timothy Hutton.
Sin embargo, a veces pienso, amada madre, que lograré todas mis metas en este infierno helado cuando ponga rumbo a Arlanda, con el espinazo quebrado bajo varios kilos de sobre-equipaje y llevada en brazos de la nostalgia por tus croquetas de cherne. Entonces, milagrosamente, surgirán las oportunidades que ahora me rehuyen: una hermosa villa en Gamla Stan, un trabajo de lujo en la Ericsson y un hombre maravilloso que quiera ejercer de padre de mis cuatro churumbeles (predicción grabada en las líneas de mi mano) y amante amante de mi cuerpo y alma durante el resto de mi vida (que eso del matrimonio no parece que este hecho ni para los suecos ni para mí).
Sin embargo, no me quejo.
Después de todo, vivo en una habitación en Mariatorget, con vistas a una calle con niños y guaguas rojas. Trabajo, que no es poco, sobre todo, si señalamos que no puedo balbucear más que cuatro palabras en sueco. Estoy sana tanto en cuerpo como en espíritu y, aunque a veces me deprima esta grisura, como tú bien dices, tengo que aguantarme, porque yo lo quise así.
A ti, padre, decirte que la fruta aquí sabe a agua. A frigorífico. A viaje de miles de millas marítimas. A pesticida. Nada como las naranjas y las mandarinas frescas del Corral, ni como los caquis o las almendras o los aguacates. Hasta echo de menos las malditas ciruelas, con sus connotaciones de julios sofocantes y estancias casi infinitas en el baño.
Y echo de menos tus pistos y los pimientos rellenos y los tomates con ajo y aceite de oliva y las ensaladas monumentales que perpetras en tu reino culinario de la calle Alceste. Aquí, estos nórdicos enloquecidos no saben lo que es una comida decente. Todo lo solucionan a grasas. A platos indigestos, pesados, rebozados en colesterol.
Amo tus manos bastas, pequeñas y callosas, padre. Sobre todo, rebozadas en la harina de mis calamares.
Aunque suene como si estuviera a punto de saltar a las calles con una pantalla de ordenador en las manos, dispuesta a rebanar algunos cuellos paliduchos por el camino entre Stureplan y Östermalmstorg, prometo que conservo la cordura.
Cuesta encontrar algo bonito en lo que concentrarse cada día para atravesar este paraíso de árboles prendidos en amarillos y rojos, de alfombras de quebradiza hojarasca rizada, de canales oscuros, rumorosos.
Sin embargo, como Meg Ryan, me prometo que triunfaré. Y no me quejo.