San Valentín, ese campo minado
San Valentín es una fecha que normalmente no me preocupa. Es lo que tiene habituarse al estado de soltera y entera: no esperas flores ni bombones ni llamadas. Ves a los demás regalarse cosas y escupes algún insulto por lo bajo. Punto.
Pero las circunstancias han cambiado ligeramente con el "matrimonio" y no sé cómo apañármelas en este campo de minas denominado 14 de febrero, ni cómo debe comportarse una pareja razonable en estas lides.
Primero una se hace su composición mental y descubre que es más romanticona de lo que pensaba. Sobre todo, después de años autoconvenciéndose de que una es un ser racional y tirando a escéptico, cuando no cínico, en cuestiones amorosas.
Después una habla con el Hombre y pisa mina, al sugerir él -inocentemente- una cena de los enamorados con una de mis mejores amigas, tres tallas por debajo de la mía, explosiva y reina de la pista de baile donde las haya.
Entonces él pisa mina al retractarse y proponer una cena romántica para dos. Y yo vuelvo a volarme otra parte del cuerpo al preguntarle, recelosa, si la prefiere a ella. Él no sabe que ya otros hombres con los que tuve que ver se han interesado por mis amigas y que el tema me pone ligeramente menos susceptible que a Glenn Close en Atracción fatal, así que patea una mina al no responder con un no categórico.
Las minas siguen explotando ... maldito San Valentín.


