El pasajero mauritano
Pensaba hoy en esos aviones estadounidenses con piloto y policía camuflado, armados ambos dos y preparados para cualquier contingencia. Y los comparaba mentalmente con el sistema de seguridad de Air Mauritanie: esos pasajeros aguerridos y un piloto resolutivo que no sé si a guiños, en plan Morse, o en suahili, fue capaz de montar una revuelta ante las narices de un secuestrador, arrebatarle las pistolas, medio sancocharle y pegarle una buena jaladita, que podrían haber coronado con un intento de patearle por la puerta abierta del avión para que sus huesos dieran con la pista de aterrizaje de Gando.
Y a punto estoy de proponerle a Yorch Bush que contrate unos cuantos pasajeros mauritanos como personal de seguridad en sus vuelos domésticos, al tiempo que le ofrezco pastores de las Alpujarras para descalabrar a la aviación enemiga, especializados además en acoso y derribo a pedradas de helicóptero entre riscos.
Hoy estoy soñolienta y algo amulada. Se nota que el sol escapó hacia el Sur, con la calima y los calores afrodisíacos, y que regresan los nubarrones, tristones y secos.
El Hombre se empeña en mostrarme su afecto con regalos y me siento dividida. Por un lado y cual secuestrador mauritano frustrado en su intento de llegar a París, me veo aceptando alternativas como zapatos de tacón y vaqueros con una cintura tan baja que muestran casi mi monte de Venus, en vez de cosas que -puestos a gastar dinero en mi persona- preferiría, como una cena en El Oroval, por ejemplo.
Por otro y cual secuestrador mauritano sorprendido por un ataque conjunto de copiloto y pasajeros, me obnubila que alguien -que no sea mi madre- pase por delante de un escaparate, me vea dentro de alguno de los artículos en exposición y se gaste los euros en mi persona.
Finalmente, el que el Hombre señale que los vaqueros eran los más grandes de la tienda me hace añorar dos pistolas en mis manos ... aunque su posterior observación de que los modistos están locos, por crear ropa para gente que no come, lo eleva a las alturas de Viggo Mortensen y me da ganas de brincar sobre su persona y besarle hasta yunques y martillos.
Con La historia de Simón en perspectiva, Ébano en la mesita de noche y Cuando el mundo era joven todavía en el bolso, intento decidirme por una lectura para la noche, desconecto las noticias y pienso en los vuelos desde Mauritania y en los fieros albañiles australianos, otra digna adición a cualquier vuelo que se precie.


