Sobrevivir a la Filarmónica de Berlín
Y además, sin dormirme. Sin cerrar los ojos para otra cosa que no fuera concentrarme en una marejada de sonidos envolventes, ora atormentada ora dulcísima, subiendo desde el escenario y barriendo todas las butacas del Alfredo Kraus. El sr. Rattle, con su melena blanca perfectamente cardada y su impoluto frac, se dejaba el cuerpo entero en la dirección, poniendo toda la pasión del universo en sus gestos y su batuta. Imposible dormir, aunque la butaca abrazara mis caderas de Beyoncé Knowles, mimosa.
La orquesta funcionaba como una perfecta máquina de relojería, sincronizada hasta la última reverberación del xilófono y la última vibración del arpa.
Alrededor de la orquesta, una nube de perfume caro casi sólida, alguna piel, muchas arrugas y un leve aroma a mantequilla del catering de Vanyera. Alguna pareja emperchada que escapaba de las últimas notas rumbo a un cigarro histérico con vistas a La Cícer o que, presa del jilorio, tomaba posiciones junto a los canapés, antes de la aparición de Soria, Luzardo y sus respectivos séquitos.
Una noche helada y mágica gracias a la Sinfonietta de L. Janáček y la Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70 de A. Dvorák. A pesar del Tevót de Adés, que me pareció apropiado para El planeta de los simios, con un Charlton Heston ultraviril danzando en harapos por una playa desierta. Como dice Yeya (maestra a la hora de localizar al yogurín de turno en el escenario, en la tercera fila de la derecha y con barbita de tres días), "demasiado frío".
Y con una impresión de felicidad pasajera en el alma y el orgullo de haber evitado lagunas por el sueño en mi noche con la Filarmónica de Berlín, me voy a la cama.


