Así habló Morfeo
Este tiempo nublado, llorón y tirando a glacial me tiene hablando sola. Creo que, a los 36 años menos horas, asumo por fin que soy un ser humano de verano, de chanclas, bermudas floridas, bikini asomando por el cuello de la camiseta y ventanas abiertas de par en par a la calima y el solajero. Un ser que disfruta ensopándose en sus propios fluidos y que prefiere una tarde en La Puntilla, arrimada a las barcas de colores y husmeando la brisa salitrosa y tibia, a casi cualquier otra cosa sobre la Tierra.
El cielo lleva días oscureciéndose sobre Las Palmas de Gran Canaria y las carreteras se descomponen, pespuntadas de palmas húmedas, bajo la lluvia. El sol no quiere asomarse, el mar parece una plancha de acero y un bloque de nubes grisonas se encaja sobre las montañas del interior.
Este tiempo me cansa, me da dolor de cabeza.
Ayer, sin ir más lejos, siesteé durante varios compases de Así habló Zaratustra, a pesar de la turbamulta de vientos y cuerdas sobre el escenario del Auditorio Alfredo Kraus. Algo que estoy segura de que Strauss no aprobaría y que le habrá hecho culebrear en el fondo de su tumba mientras rechinaba los dientes sobre algunos complicados insultos teutones. Sobre todo, porque con el caos circulatorio de la hora de salida del Sebadal y los problemas para encontrar aparcamiento, también me perdí la primera parte del concierto, Till Eulenspiegel.
Lo cierto es que cuando cerré los ojos, en pleno escándalo de instrumentos, tuve una visión momentánea de un fogonazo de sol en sueños. El estruendo se convirtió en un rumor de olas rompiendo en La Barra; mi vecino de butaca, en una paloma curiosa buscando migas en la arena; las vecinas de la derecha, en un grupo de gaviotas inquietas, y el anfiteatro en una cuesta de la playa que iba a morir a la espuma de la orilla.
La felicidad duró poco ... Zaratustra chilló y abrí los ojos al invierno de nuevo.


