Video lectura del relato La ciudad esta noche (Ensalada de canónigos), de JRamallo.
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Me prueban un collar. Es negro con piedras brillantes de no se qué diseñador. Este me queda bien, aquél me queda pequeño, un poco caro... un mucho caro... y alguien que dice que este tipo de tiendas convierte a humanos normales en humanos gilipollas: je, je, risas. No lo llevo puesto, no lo compramos, pero sí mi comida antialergias de unos cuantos euros el kilo. Me parece exagerado el precio del collar; sí, lo es, dicen sobre mi chata cabeza. Casi te diría que una vergüenza; sí, casi lo es, vuelven a hablar en lo alto... Pero es que le queda tan bien, se ve tan bonita, es precioso, no me digas que no, no me digas que no... no, no te lo digo, es muy bonito, y nosotros no tenemos hijos y... podríamos comprárselo y... Ofelia se merece eso y más y... total te lo vas a gastar en cuatro tonterías y...
Estamos en casa y Solo y Loquia duermen la siesta. Yo leo un poco, escribo otro poco, y ahora iré a meterme entre ellos, en la siesta me dejan. Ronco -por lo visto- y dicen que parezco un viejo gordo y fumador, pero me quieren dando calor en el centro del sueño. ¿Que si me gustó el collar? Uff, no sé, no estaba mal, la verdad, pero en el fondo me importa poco, les aseguro que no me quita el sueño.
Salimos a pasear, bajábamos por una de las calles más concurridas de esta ciudad donde vivo, y en la que ahora -por culpa de mis delicados hígado y estómago- paseo poco. Los humanos, enloquecidos por algo que llaman rebajas, se movían con rapidez mediante pasos cortos y ruidosos. Entraban y salían de tiendas con carteles de colores chillones, tropezaban, gruñían, no parecían muy felices. Loquia nos llevó hacia una de esas tiendas que vende ropa, pero en este caso, ropa para perros. Me veía venir el asunto, pero al menos, la tienda no tenía carteles del tipo hortera de las otras. A la perra le hace falta algo de abrigo, dijo mirando a Solo. "A la perra", me dije yo, ¿está hablando de mí? Entramos, y lo cierto es que aquello era un mundo por descubrir. Unas cosas me atraían más que otras, sobre todo un olor delicioso que me llegaba desde unas bolsitas colocadas en una estantería. Son chucherías y tú no puedes comer nada de eso, me dijo Loquia cuando me acerqué a olisquear un poco. Mierda de salud la mía. Cada día tomo más conciencia de la cantidad de cabronadas que les hicieron a mis antepasados, sólo para dejarnos del gusto de las familias humanas ricas: que si recórtales un poco más las patas, que si ponle más músculos, que si hazlos más estrechos y con el hocico más plano, que si la cola recortada... Malditos científicos, investigadores, técnicos, humanos despreciables. Ahora reúno tantas patologías que, más que vivir, sobrevivo. Lo último es que tengo algo que se denomina Hemivértebra, es decir, una vértebra en forma de cuña que con el tiempo (y no se sabe cuánto), me comprimirá la médula, guau. Nos quisieron hacer bonitos por fuera y por dentro que nos dieran por... Loquia pregunta y la chica le saca algo de color violeta. ¿Violeta? Se trata de una camiseta con un dibujo en la parte de arriba. ¡Venga!, a probártelo Ofelita. Y qué podía hacer, me estuve todo lo quieta que mi dignidad me permitió. Solo, en voz muy baja, le preguntó a Loquia si aquello era necesario... pero salí de aquél lugar con la infame camiseta puesta. Con todo, lo que más me llamó la atención fue algo que ocurrió mientras Loquia me probaba el trapo. Un humano entró en la tienda con un Bull Dog Inglés. Solo, con rapidez, le preguntó al hombre cuánto pesaba el perro, porque a Solo -y no tengo ni idea de por qué- siempre le interesan ese tipo de cosas. 29 kilos, le respondió, y pude percibir un ligero resoplido que salía de la boca de Solo. Aquel compañero parecía cansado, respiraba con dificultad. La chica le dijo al hombre que no tenían tallas de ropa para su perro, que las tallas que había allí eran pequeñas. Se fueron. Nos fuimos. Me quedé pensando un buen rato en aquello. Quizá en este sentido los humanos y los perros no nos diferenciemos tanto: los gordos no se pueden vestir con las ropas de los flacos. ¿Violeta?
Graphiti, graffito, graffiti: Es un término tomado del latín graphiti: en italiano graffiti es el plural de graffito, que significa 'marca o inscripción hecha rascando o rayando un muro' y así se llaman las inscripciones que han quedado en las paredes desde tiempos del Imperio Romano. Raffaele Garrucci divulgó el término en medios académicos internacionales a mediados del siglo XIX...
Esta es una pequeña muestra de los graffitis que he encontrado durante mis paseos por la ciudad (S/C de Tenerife):










Arte (Definición de la RAE): Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.
Paso y los veo...
Subo la calle y la pelirroja me mira con gesto serio. Bajo la calle y la morena me sonríe un poco, no mucho, se hace la interesante.

Todos muy delgados, todos vestidos a la última y siempre con la misma pose, el mismo brillo en la ¿piel?... A éste voy a llamarlo Carlos, a ésta Luisa. La gente pasa y los mira pero no les dice nada, no habla con ellos. ¿Qué te ocurre Carlos, estás triste?, tienes cara de triste. Y tú Luisa, te veo un poco cansada, da la impresión de no querer seguir ahí, ¿me equivoco?


Escucho a algunos humanos llamarlos maniquíes: "que súper bien vestido está ese maniquí, parece de verdad". ¿Parece de verdad?, ¿qué quieren decir con eso?, ¿es que son de mentira?
Para mí son bellos, son únicos y diferentes, y no me importa si son de verdad o de mentira. ¿Qué significa ser de verdad? Adiós Carlos, adiós Luisa, hasta mañana...
...hormigas, chicles y papeles, como alfombra de una ciudad que se despierta tarde pero con prisa. Los bancos de la plaza, que durante la noche fueron dormitorios improvisados para ejecutivos despeinados que beben vino Don Simón, ahora sirven a madres e hijos que se acomodan entre cartones y calor de domingo.

Levanto un poco la cabeza, me paro, no quiero seguir, sólo quiero olerlo todo, sentir todas las fragancias que en el aire se mueven al ritmo de los paseantes. Mercancías que transportan de un lado a otro sin darse cuenta que yo estoy aquí, a ras de suelo, con la lengua fuera, con el corazón latiendo a mil por hora. Olor a naranja, a rosas, a queso fresco, a romero y tomillo. Olor a carne cruda y sangre que chorrea de algunas bolsas y mancha el suelo, sucio, muy sucio.
Pies y más pies. Uñas largas y cortas. Pintadas y manchadas. Rojas o negras. Este pié me gusta, corro un poco tras él, le doy alcance e intento morderlo un poco, con cariño, con deseo, pero se va, no quiere mi afecto y no pasa nada, los placeres a ras de suelo son así, volátiles... poco a poco se va apoderando de la plaza, de la ciudad, un rumor continuo, incesante, un ruido grave como de manifestación de palomas. El murmullo va ocupando los espacios vacíos, llena las calles, los bares, y hasta las nubes se eleva este cohete susurrante. Hablan alto los humanos, se gritan los humanos en esta ciudad y yo no comprendo por qué, no entiendo este tipo de comunicación: tan cerca, tan lejos.

Quizá sea el momento de dar la vuelta, de girar sobre mis patas y recuperar el espacio pasado, de dejar el ruido por un rato, el olor y el mal olor. Pienso en el agua fresca que me espera y mis músculos se tensan y tiro con fuerza. Tranquila Ofe, tranquila. A izquierda las madres han dejado sus asientos y los niños corren, con sus pies pequeños y sus uñas. El vino Don Simón brilla muy rojo en su trayecto del cartón a la boca del ejecutivo malabarista, el calor sigue apretando este domingo, las hormigas se han escondido. Tranquila Ofe, tranquila...
Llego a casa y ésta se llena de mi respiración, de mis jadeos. Algo me recorre el cuerpo, es una sensación extraña pero no nueva para mí. No es miedo, creo, pero no estoy segura, en cualquier caso se va pasando; vuelvo a estar en mi lugar preferido.
Tranquila Ofelia, tranquila... sí, ya estoy tranquila, el ruido y la suciedad quedaron atrás, a ras de suelo.
De paseo con Loquia y las bolsas de basura que cuelgan de la correa y sirven para recoger lo que yo suelto, cago. Sí, vale, escribo en el ordenador y tengo un blog, pero la que se ocupa de mi mierda es ella; ya podéis llamarme perra desconsiderada y snob.
Me atraen especialmente las cáscaras de las pipas que voy encontrando por el suelo, me gusta la sal. Y en esas estaba cuando... ¡clank!, a mi lado cae una figura metálica con forma de oso de unos siete centímetros. Levanto la vista y veo a tres humanos y un carrito. Una mujer rubia, delgada, y madre. Un hombre alto, moreno, y padre. Y un niño... hijo. Voy a morder al oso y Loquia se adelanta, coge la figura y se la da a la guapa y esbelta humana; ¡vaya con los reflejos de Loquia! El padre bronceado sonríe, la madre educada da las gracias con la boca un poco cerrada, y el niño llora mientras le colocan la figura metálica del oso a modo de broche en la solapa de la rebeca.
La posible familia da unos pasos y saluda a otra posible familia; también altos, delgados, guapos -o casi- y... ¡acompañados del oso! Estoy aturdida, ahora veo osos por todos los rincones: bolsos, carteras, colgantes, pulseras, gafas, anillos y broches de niños... Pasamos en nuestro recorrido por delante de una casa con la fachada pintada de negro y plata y con un oso grande decorando la entrada. Dentro osos y humanos se ven a través de unas puertas de cristal muy limpio. Fuera más humanos hacen cola para entrar...
Llego a casa y no me quito al oso de mi braquicéfalo cráneo ni la sal de la garganta. Bebo agua, reposo mis tetas sobre el refrescante suelo y pienso... religión curiosa la que profesan estos humanos adorando al anodino oso, aunque a decir verdad, a mi me gusta más que el humano sangriento clavado en la cruz.
