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Novedades en la categoría De libros

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Video lectura del relato La ciudad esta noche (Ensalada de canónigos), de JRamallo.

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ahhhhhhhhhhhhhhhh aquí estoy con esta Ensalada de canónigos, primer libro de mi compañero de piso y de vida Solo.

Sevilla 2009 005.jpg

Yo ya me lo leí, claro, y... pues no está nada mal. 16 relatos de estilo directo, sincero y desparasitado, como a mí me gusta. Con un menú que incluye: Pescado fresco, Arroz con salchichas, un Vidente hambriento, un Recogedor de cadáveres, y hasta un Extraño dinosaurio...

Distribución en Ediciones Idea; y en librerías: Tenerife Lemus, La Isla. Gran Canaria Librería Canaima, librería del Cabildo, Librosiete.
Yo me lo he pasado muy bien comiéndome esta Ensalada de canónigos , así que venga, a cambiar de dieta.

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Aquí les dejo un fragmento del último libro que me he leído. Ya saben, Solo o Loquia los dejan por ahí tirados y yo los pesco. Con éste me he reído bastante, aunque la verdad es que me recuerda un poco a otro escritor americano que también bebía mucho...

Trilogía sucia de la habana.jpg (...) El viejo me hizo perder el hilo del cuento de Rogelio. Lo escribí hace años. Rogelio había acabado de morir y yo imaginé muchas cosas de su vida. No es un buen cuento. Lo mejor es la realidad. Al duro. La tomas tal como está en la calle. La agarras con las dos manos y, si tienes fuerza, la levantas y la dejas caer sobre la página en blanco. Y ya. Es fácil. Sin retoques. A veces es tan dura la realidad que la gente no te cree. Leen el cuento y te dicen: "No, no, Pedro, hay cosas aquí que no funcionan. Se te fue la mano inventando". Y no. Nada está inventado. Sólo que me alcanzó la fuerza para agarrar todo el masacote de realidad y dejarlo caer de un solo golpe sobre la página en blanco.

Yo, revolcador de mierda (Trilogía sucia de la habana)

Pedro Juan Gutiérrez

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crónicas marcianas.jpg
Regreso aturdida pero aquí estoy, todavía intentando asimilar tantas cosas que han pasado en estos quince días de reflexión fuera del blog que me he tomado.

Me cuesta, reconozco que en ocasiones sumo días en los que a mi cerebro de Bull dog le resulta casi imposible asimilar, filtrar tanto desorden, tanto caos. Me tumbo en el suelo caliente de la terraza con un aire suave moviendo mis orejas y pienso: ¿por qué es tan complicado para los humanos alcanzar la felicidad, esta felicidad? Un poco de sol, un poco de aire, comida, paseos, cosquillas y lametones, dormir...

Leo periódicos, veo la televisión: hombres que matan a mujeres, mujeres que matan a niños, bombas nucleares, héroes deportistas, aviones que se caen, muertos por hambre en un lado y muertos por gula en el otro. Elecciones: políticos desnudos y políticos vestidos que hablan mucho sin decir nada; atiendo a sus palabras, a sus discursos, pero no consigo saber qué es lo que quieren al margen de ganar.

Piso los periódicos y no miro la tele, un libro, sólo un libro y me voy a Marte, quizá allí marchen mejor las cosas. Crónicas Marcianas (Ray Bradbury) tirado por el suelo y yo que lo cojo con ilusión, con ganas de escapar de la tierra por unas horas. Paso páginas y la cosa no mejora, los humanos siguen haciendo de las suyas: conquistan y matan; buscan pero no encuentran la felicidad:

(...) los hombres de Marte comprendieron que si querían sobrevivir tenían que dejar de preguntarse de una vez por todas: ¿para qué vivir? La respuesta era la vida misma. La vida era la propagación de más vida, y vivir la mejor vida posible. Los marcianos comprendieron que se preguntaban ¿para qué vivir? en la culminación de algún período de guerra y desesperanza, cuando no había respuestas. Pero cuando la civilización se tranquiliza y se calla, y la guerra termina, la pregunta se convierte en insensata de un modo nuevo. La vida es buena entonces, y las discusiones son inútiles.
Crónicas Marcianas (Ray Bradbury; 1946).

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rimbaud1.jpg He oído todo tipo de explicaciones acerca de mi nombre. A menudo, en la calle, los seres humanos curiosos preguntan a Loquia o a Solo por él ( mi nombre), y cuando responden "Ofelia", además de risas he podido escuchar un sin fin de comentarios. Por ejemplo: Ah, sí, así se llama una amiga de mi cuñada; o, uy, eso es nombre de persona antigua ¿no?; o, sí, como la novia de Popeye (Olivia señora, esa era Olivia). Y algunos -no muchos, la verdad- han nombrado a la Ofelia de Shakespeare (sin duda personaje en el que se inspiró Rimbaud para escribir su poema).
Mi nombre es de origen Francés, Ophélie, y la idea de ponérmelo en versión española fue de Loquia. A ella le gusta mucho un poema de A. Rimbaud que lleva ese título, y que sin más, escribiré a continuación en español. En mi humilde opinión perruna, no tiene la musicalidad, el ritmo, que en francés, pero también creo importante que se entienda, por eso, por mayoría, lo pongo en español.


En la onda calma y negra donde duermen
las estrellas, la blanca
Ofelia flota como
un gran lirio, acostada
en sus velos larguísimos muy lentamente flota...

-Se escuchan en los bosques lejanos unos cuernos de caza.
Hace más de mil años que la apenada Ofelia
pasa, fantasma blanco, sobre el largo río negro.
Hace más de mil años que su dulce locura
murmura su romanza a la brisa nocturna.
Besa el viento sus senos y despliega en corola
sus gasas, grandes gasas blandamente mecidas
por las aguas; los sauces
escalofriantes lloran sobre sus hombros, los
cañaverales se reclinan sobre su soñadora frente.

Los ajados nenúfares suspiran
alrededor de ella; ella, a veces, despierta,
de un aliso que duerme,
algún nido del que un aleteo se escapa:

-Un canto misterioso de los astros de oro
cae.

!Oh, pálida Ofelia, bella como la nieve!
Sí, tu moristes, niña, por un río arrastrada.
_Y es que los vientos de las grandes montañas
de Noruega cayendo
te hablaron al oído de la ardua libertad;
érase que una ráfaga,
ondeando tu grandiosa cabellera
llevaba extraños ruídos a tu espíritu
soñador; que escuchaba
tu corazón el canto de la Naturaleza
en las quejas del árbol,
en los suspiros de las noches;
érase que la voz del mar enloquecido,
extertor desmedido, rompía en
tus infantiles senos demasiado humanos
y demasiado dulces;
y érase una mañana
de abril que un caballero
pálido, un pobreloco, se sentó enmudecido en tus rodillas.

Cielo, Amor, Libertad...¡Que sueños, pobre loca!
Tú te fundías en él como la nieve al fuego:
tus visiones enormes
estrangulaban tu palabra -y el
Infinito terrible turbó tu azul mirada.

Vienes todas las noches -eso dice el Poeta-
bajo los rayos de los astros a
buscar aquellas flores que cogiste;
y que ha visto en el agua, recostada en susu velos,
flotar a Ofelia, blanca, como un enorme lirio.

A. Rimbaud
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El origen como meta y como mito


[...] El origen cumple primordialmente una función discriminadora, la de optar entre unos y otros: aún mejor, legitima a unos para excluir a otros. El origen es un requisito que algunos tienen frente a quienes no lo poseen, por defecto de linaje o falta de fe. El origen es una señal distintiva, el índice de una pertenencia compartida: determinado parentesco nacional o racial, un agravio fundacional común, la pertenencia a determinada iglesia que administra la revelación divina contra incrédulos y herejes. Lo universal no sirve como origen porque cualquiera lo alcanza y no funciona como factor de discriminación. Los derechos humanos, por ejemplo, son la negación de lo originario, porque dicen provenir del reconocimiento antidiscriminatorio de la actualidad efectiva de la humanidad; pasando por alto la peculiaridad de su origen. (...) recurrir al origen es lanzar sobre el tapete el comodín irrefutable que zanja toda discusión subjetiva, porque es previo a la configuración de las subjetividades. (...)
A estas alturas, convertir el origen en fundamento exclusivo y excluyente de una sociedad suena a tiranía.


El mito nacionalista
Fernando Savater.

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poe1.jpg "La línea que separa el instinto de los animales y la razón de la que tanto presume el hombre es, sin duda, borrosa e incierta. (...) Posiblemente, la pregunta de si los animales inferiores razonan o no, no se podrá contestar nunca. (...) Mientras que en su orgullo y arrogancia el hombre insiste en negar esa capacidad de reflexión a las bestias, ya que el concedérsela parecería derogar su propia supremacía, sin embargo se encuentra siempre apresado en la paradoja de considerar el instinto una capacidad inferior, a la vez que se ve forzado a admitir en miles de ocasiones su infinita superioridad sobre la mismísima razón que considera su propiedad exclusiva. (...)

El autor de este artículo es propietario de una de las gatas negras más extraordinarias del mundo (y esto es decir mucho porque, como se recordará, todos los gatos negros son brujas). La gata en cuestión no tiene un solo pelo blanco (...). A la parte de la cocina que más frecuenta sólo se puede acceder por una puerta, que se cierra con un pestillo. Estos pestillos son de construcción tosca y se necesita siempre cierta destreza para abrirlos. Pero la gatita tiene el hábito de abrirla a diario... Hemos observado esta hazaña singular muchísimas veces, siempre impresionados por la veracidad de la afirmación con la que comenzaba este artículo: que el límite entre el instinto y la razón es muy vago. La gata negra, al realizar su hazaña, debe haber utilizado todas las facultades reflexivas y perceptivas que tenemos la costumbre de pensar que son cualidades exclusivas de la razón".

Edgar A. Poe, "El instinto contra la razón: una gata negra". (1840)

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franz-kafka.jpg Había un buitre, picándome los pies. Ya había desgarrado las botas y los calcetines, ahora picaba ya la carne de los pies.

Siempre picaba, volaba luego inquieto varias veces a mi alrededor y proseguía su trabajo. Pasó un señor por mi lado, miró un rato y preguntó por qué toleraba al buitre.
-Estoy indefenso -le dije-, llegó y comenzó a picar, entonces quise, naturalmente, espantarle, incluso intenté ahogarlo, pero un animal así tiene mucha fuerza; como quería saltarme a la cara, decidí sacrificar mis pies. Ya están prácticamente destrozados.
-No entiendo que se deje atormentar de ese modo, un tiro y el buitre está listo.
-¿Así de fácil? -dije yo-. ¿Podría hacerlo usted?
-Encantado -dijo el señor-, sólo tengo que ir a casa y traer mi escopeta. ¿Puede esperar una media hora?
-No lo sé -dije, y me puse rígido por el dolor-. Pero por favor, inténtelo por todos los medios.
-Bien -dijo el señor-, me daré prisa.

El buitre nos había escuchado durante la conversación, mirándonos sucesivamente a uno y a otro. Entonces me di cuenta de que lo había entendido todo, salió volando, se paró a cierta distancia y se inclinó para tomar impulso, luego introdujo el pico en mi boca como un lancero y me atravesó. Mientras caía hacia atrás, sentí, liberado, cómo se ahogaba sin salvación en mis entrañas, inundado en la sangre que se derramaba a torrentes.

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El Buitre, Franz Kafka

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