Me acarician y nos besamos. Son humanos pero me gustan. Ibrahim, Paolo, Peter, Miguel... de noche duermen donde pueden y por la mañana se tumban en el suelo de la plaza para jugar un rato conmigo. Los humanoides pasan y nos miran pero no se acercan. Mis amigos beben y sonríen y a veces cantan y siempre me quieren. Yo también mucho a ellos.
Es extraño porque no parecen humanos. Los huelo. Suciedad, vino, cerveza, me gusta porque son como yo. Nos reconocemos. Somos animales orgullosos.
Los niños se marchan cogidos de la mano de sus grandes. Sus grandes caminan rápido con la mano en la cartera y el bolso. Todos huyen y miran desde lejos, pero a mí los que no me gustan son ellos, los humanoides que huelen a flores y gominas, los limpios por fuera porque ya sé algo, ya sé que por dentro no huelen tan bien.

Me acarician y nos besamos. Ibrahim, Paolo, Peter, Miguel... humanos que han querido dejar de serlo. Animales que no quieren fingir, como yo, que viven sin más, sin pedir nada a cambio.

