Pues eso, que llegó el verano y a mí me cuesta...
Con este calor lo paso mal, es la realidad, y si consigo verme desde fuera -cosa que intento con todas mis fuerzas por aquello de aprender, de madurar-, soy consciente de que mis movimientos se ralentizan: me convierto en una perra que se mueve a cámara lenta y en blanco y negro.
Mi día comienza a las tres de la mañana -aprox-, que es cuando me activo. Me levanto, me estiro, bebo un poquito de agua, como otro poquito de pienso, de nuevo agua y a la piltra otro par de horitas: me vuelvo a desactivar. A las ocho y media -que es cuando comienza mi vida familiar- vuelvo a activarme, pero a esa hora ya el sopor se va apoderando de mí, y como si me hubiera comido seis o siete valerianas me voy cayendo por las esquinas, desparramando mis nueve tetas en cualquier pedazo de suelo fresco que encuentro. Así, más o menos, hasta las diez de la noche, que es cuando reaparece mi verdadero yo, y con él, las ganas de correr, de jugar; y diría, viendo las caras de Solo y Loquia, de molestar.
No, no me gusta mucho el verano, y aunque a los humanos se les nota más animados, sonrientes, dispuestos, a mí me pasa todo lo contrario, me cuesta salir de casa, me cuesta mover mi pequeño y atrofiado rabo, me cuesta respirar...
Vi por la tele lo del humano Michael Jackson, y luego busqué videos suyos por Internet, porque la verdad es que por mi edad no sabía muchas cosas de él. Después de un par de días de visionado he sentido una empatía especial por ese extraño humanoide, una cercanía casi física al verlo presentar los que iban a ser sus últimos conciertos: se movía a cámara lenta y en blanco y negro... le costaba respirar.


