los blogs de Canarias7

Archivos Mayo 2009

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Horrorosa voltereta a Hermoso.
Leyendo la crónica en la sección de cultura parece que la culpa fue de Pata Negra -el caballo-, que no hizo bien su trabajo, se quedó parado -supongo por el miedo- y acabó con las tripas fuera. La Bestia, es decir, el toro, levantó a Pata Negra y por lo visto "la imagen fue muy desagradable y conmovedora por su sangrienta espectacularidad".

Imagino a esos pobres espectadores viendo tal cosa. Padres con hijos, abuelos con nietos, todos amantes "del noble y ancestral arte del toreo" sufriendo revolturas al ver sangre y vísceras de bestia y víctima espesándose en la arena de la plaza. Sí, una auténtica pena para el espectáculo que el cuerno que rajó a Pata Negra, no pillara antes a Hermoso (el humanoide que iba encima); ahí sí que nos hubiéramos divertido y conmovido todos.

Así son las cosas, cultura llaman a esto en televisiones y periódicos. Toro y caballo enfrentados para regocijo humano; obligados de manera antinatural a enfrentarse para satisfacción de un puñado de extravagantes seres; sangrienta espectacularidad que no llego a comprender.

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Loquia regresa con la cámara a cuestas y un poco cansada. Viene del recinto ferial, eso nos cuenta.
-Había muchos perros preciosos y muchos Frenchies como Ofelia -Solo y yo leemos el periódico en el sillón-; pero yo no sometería a la pichipi a un estrés semejante -me acaricia-. Algunos perros estaban tranquilos pero otros lo pasaban mal, se les veía muy nerviosos... creo que mi ofe es la perraca más bonita del mundo y no necesito que ningún concurso de belleza lo diga...

Respiro hondo y me siento aliviada mientras estiro las patas en el sillón. La verdad es que aunque Loquia me llame pichipi y me mire de esa manera, me alegra oírla hablar así. Me niego a ir a una exposición de ésas, donde todo el mundo te observa y tú debes hacer un buen número de monerías para contentar a tus supuestos dueños y a los jueces. Te examinan, te sobetean, que si la viveza de los ojos, la altura de la cruz o lo sedoso del manto... ¡menudo vocabulario!

Bueno, no sé, si existiesen otro tipo de competiciones como Saber y Ganar Perruno, o un concurso de Artículos de Opinión para perros , o incluso uno de ronquidos -en este creo que no tendría muchas posibilidades al lado de algunos compañeros fornidos que conozco-, pues quizá sí que me apuntaría a uno, pero al de belleza no me apetece.

Subo ahora unas fotos que Loquia sacó en la exposición. En ellas aparecen unos compañeros bulldogs esperando en la cola de inscripciones; también Tiffany y María Jesús, mis amigas de la tienda de los collares y las camisetas que tanto le gustan a Loquia y a la mamá de Norberto. Allí siempre juego con Tiffany a las carreras, y mi carita de pena me ayuda después con María Jesús y sus ricas golosinas de pavo y pollo.

También aparecen dos guapos muy guapos y... sí, ya sé que acabo de decir que la belleza no lo es todo pero... es que una no es de piedra, espero que puedan comprenderlo.

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Me tumbo en el sofá y miro la tele. No sé qué me pasa, me noto cansada, abatida, pero no tengo motivos para estarlo, no ha ocurrido nada especial.
En la tele imágenes de humanos que pasean sobre caballos: niños con botas, mujeres con sombreros, hombres con barbas. Mirando a la cámara, a mí, habla un humano que vende un recorrido, un fabuloso día en el campo, en la naturaleza a lomos de un dócil y manejable caballo. Está serio pero sonríe cada tres o cuatro palabras: en un marco incomparable, rodeados de vida, de aire limpio, cualquiera puede, nuestros caballos son los más tranquilos, los más manejables, súper buenos, súper educados... y además siempre irá un experto profesional al frente...

No sé qué me pasa, pero en un abrir y cerrar de ojos veo a los caballos a lomos de los humanos, que ya no sonríen tanto, que no parecen tan felices. Y ahora, frente a la cámara, a mí, habla un caballo blanco de dientes grandes, de crin brillante que sonríe cada tres o cuatro palabras: en un marco incomparable, rodeados de naturaleza, aire limpio, cualquiera puede, jóvenes y mayores, nuestros humanos son los más tranquilos, manejables, buenos, dóciles, y además...

El calor. Sin duda debe ser el calor el culpable de mi abatimiento, de mi extraña visión, porque no recuerdo haber comido nada raro, nada como tierra, hojas caídas, chicles resecos... Cierro los ojos de nuevo y cuento hasta siete -mi número de la suerte-; al abrirlos, esta supuesta realidad en la que vivo se muestra de nuevo, y el humano sigue con la venta y los caballos con el trabajo.

Bajo del sillón y con lentitud salgo a la terraza, busco tierra, hojas, la comida de Flecha... comeré un poco de todo y cerraré los ojos; luego contaré hasta siete... mis caballos felices me esperan en el otro lado.

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Déjalo tranquilo Ofelita, está trabajando y no se le puede molestar...
Esto es lo que me dijo Loquia cuando nos topamos con él en la calle, de paseo. Yo intenté acercarme, quería olerlo, informarme, saber un poco más de él, pero Loquia no me dejó. No sé, no puedo asegurarlo, pero me pareció que su mirada era triste, me miraba de reojo, siempre atento al camino que debía seguir, y movía la cola de manera tímida pero perceptible... yo creo que él también tenía ganas de conocerme, incluso de jugar, divertirse conmigo, pero no lo hizo. Nos colocamos a cierta distancia detrás de ellos y Loquia no perdía detalle: se detuvo en un paso de peatones atestado de humanos y siguió sólo cuando los coches pararon; su jefe humano se desviaba de la ruta yéndose hacia los lados y él corregía el rumbo evitando obstáculos... Perros guía 4.jpg
Llegamos a casa y Loquia relató el encuentro a Solo. Su voz era de emoción, y dijo que la labor de esos perros le parecía maravillosa, extraordinaria. Pero yo necesitaba saber más cosas, seguía pensando en su mirada. Busqué información sobre su trabajo y me quedé algo más tranquila. Leí que tienen permitida la entrada a los mismos sitios donde entran sus jefes. También que sus jefes no los hacen trabajar 24 horas al día, que cuando llegan a casa, esos jefes se convierten en compañeros y amigos cambiando el arnés por el collar de fiesta, de no trabajar. Y entonces ya pueden saltar, jugar, correr y relacionarse sin problemas.
Quiero creer con toda mi fe perruna que siempre se cumple lo que leí, que estos compañeros reciben cuidados y amor en la misma proporción que los dan, y que los humanos entienden el duro y sacrificado trabajo que realizan. De verdad necesito creerlo.
Ahora sé que su mirada no era de tristeza sino de responsabilidad, y lo que espero es poder encontrarme otro día con él, cuando no esté de servicio, para que me cuente un poco de su imprescindible vida.

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