
Me prueban un collar. Es negro con piedras brillantes de no se qué diseñador. Este me queda bien, aquél me queda pequeño, un poco caro... un mucho caro... y alguien que dice que este tipo de tiendas convierte a humanos normales en humanos gilipollas: je, je, risas. No lo llevo puesto, no lo compramos, pero sí mi comida antialergias de unos cuantos euros el kilo. Me parece exagerado el precio del collar; sí, lo es, dicen sobre mi chata cabeza. Casi te diría que una vergüenza; sí, casi lo es, vuelven a hablar en lo alto... Pero es que le queda tan bien, se ve tan bonita, es precioso, no me digas que no, no me digas que no... no, no te lo digo, es muy bonito, y nosotros no tenemos hijos y... podríamos comprárselo y... Ofelia se merece eso y más y... total te lo vas a gastar en cuatro tonterías y...
Estamos en casa y Solo y Loquia duermen la siesta. Yo leo un poco, escribo otro poco, y ahora iré a meterme entre ellos, en la siesta me dejan. Ronco -por lo visto- y dicen que parezco un viejo gordo y fumador, pero me quieren dando calor en el centro del sueño. ¿Que si me gustó el collar? Uff, no sé, no estaba mal, la verdad, pero en el fondo me importa poco, les aseguro que no me quita el sueño.