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Archivos Febrero 2009


Suban el volumen y entenderán el por qué de mi estado. Cincuenta años de este disco, Kind of Blue, Miles Davis... éxtasis perruno

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Salimos a la calle y esquivamos a niños y padres y profesores. Todos estos humanos van cogidos de las manos y disfrazados. Miro un buen rato hacia arriba y me fijo bien: la mayoría de ¿disfraces? llevan cuernos y son de color rojo. Un colegio, dice Solo, un colegio, repite. Me pisan, me gritan, y un niño me quiere pinchar con un artilugio que forma parte de su ¿disfraz? Solo tira de mí hacia un lado y conseguimos salir de entre los demonios. Avanzamos y ellos se paran, suenan tambores y me duelen los oídos; se ponen todos a cantar: Chicharrero, chicharrero, chicharrero de co-ra-zón... sal a la calle y...

Caminamos más rápido, en realidad parece que huimos de algo pero no sé de qué, Solo no me lo explica: ¡vamos Ofelita, vamos! Casi corremos y de lejos sigue la canción y los tambores, Chicharrero, chicharrero, chicharrero de co-ra-zón... necesito parar y refrescarme en este jardín; y me planto...
Ya no escucho el ruido de los tambores ni veo los cuernos de los demonios. La hierba está fresquita. Me siento mejor.

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Sin duda creo que lo nuestro es una de esas relaciones que los humanos llaman de amor-odio. Es vernos y sentir un yo qué sé que nos hace sacar lo mejor y peor que las dos llevamos dentro. A Flecha le encanta tomar el sol; a mí también, aunque menos, por lo de tener más pelo, debe ser. A mí me gusta correr por la terraza; a Flecha también, bueno, quizá lo de ella no sea exactamente correr, pero sus largos se hace. Lo que ocurre -pienso después de meditarlo mucho, no crean- es que nos cuesta compartir el mismo espacio vital. Reconozco que soy un poco posesiva, pero a diferencia de ella, yo voy de frente, ella es una traicionera. Y no quiero hablar mucho, no sería justo usar mi ventaja bloggera, pero es que me ha pegado cada mordisco con el rollo de ahora me escondo aquí dentro de mi caparazón, ahora salgo cuando menos te lo esperas que... me dan ganas de... Nos queremos, nos queremos mucho. Es mi amiga tortuga y yo su amiga perra. Nuestra amistad no entiende de diferencias físicas ni de edad (ella es bastante mayor que yo); y aunque a veces nos liamos con lo del idioma, nos entendemos, casi siempre.

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Ese humano grande y fuerte se puso a llorar. Lo estaba viendo por la tele, sentada en el sillón -a decir verdad yo estaba acostada, frotando mi lomo compulsivamente- entre Solo y Loquia y ellos exclamaron algo, y yo miré mejor -es decir, miré-, y aquel hombretón tan guapo y tan de todo estaba llorando como un humano chico, con los ojos hinchados y los labios mojados de lágrimas y mocos. No lo podía creer. En mi corta vida he visto ya unas cuantas veces a ese humano tenista, y he oído como lo han definido de diferentes maneras: El hombre de hielo, El mejor de todos los tiempos, El reloj Suizo... Pero verlo así la verdad es que a mí también me sorprendió, y no pude frenar un aullido de sorpresa que asustó un poco a mis compañeros de piso, ya saben, Solo y Loquia. Y luego habló y no dejaban de caerle babas y mocos, y en la tele se vio la cara de su humana novia que lo miraba desde la grada. Y yo pensaba en qué estaría pensando esa mujer, viendo a su humano novio comportarse como un niño chico sólo porque había perdido en un juego. Llorando lágrimas, babas, mocos, y algunas cosas más, delante de tantos millones de humanos. Creo que a Solo y a Loquia les dio algo de pena; a mí me dio algo de risa. Será porque ellos son humanos parasitados, y yo una perra desparasitada; o será porque ellos son idiotas, y yo un poco menos, no lo sé. El caso es que a partir de ahora ya tengo nombre para ese humano: El cocodrilo llorón Suizo. No está mal, ¿eh?

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