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Archivos Enero 2009

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Salimos a pasear, bajábamos por una de las calles más concurridas de esta ciudad donde vivo, y en la que ahora -por culpa de mis delicados hígado y estómago- paseo poco. Los humanos, enloquecidos por algo que llaman rebajas, se movían con rapidez mediante pasos cortos y ruidosos. Entraban y salían de tiendas con carteles de colores chillones, tropezaban, gruñían, no parecían muy felices. Loquia nos llevó hacia una de esas tiendas que vende ropa, pero en este caso, ropa para perros. Me veía venir el asunto, pero al menos, la tienda no tenía carteles del tipo hortera de las otras. A la perra le hace falta algo de abrigo, dijo mirando a Solo. "A la perra", me dije yo, ¿está hablando de mí? Entramos, y lo cierto es que aquello era un mundo por descubrir. Unas cosas me atraían más que otras, sobre todo un olor delicioso que me llegaba desde unas bolsitas colocadas en una estantería. Son chucherías y tú no puedes comer nada de eso, me dijo Loquia cuando me acerqué a olisquear un poco. Mierda de salud la mía. Cada día tomo más conciencia de la cantidad de cabronadas que les hicieron a mis antepasados, sólo para dejarnos del gusto de las familias humanas ricas: que si recórtales un poco más las patas, que si ponle más músculos, que si hazlos más estrechos y con el hocico más plano, que si la cola recortada... Malditos científicos, investigadores, técnicos, humanos despreciables. Ahora reúno tantas patologías que, más que vivir, sobrevivo. Lo último es que tengo algo que se denomina Hemivértebra, es decir, una vértebra en forma de cuña que con el tiempo (y no se sabe cuánto), me comprimirá la médula, guau. Nos quisieron hacer bonitos por fuera y por dentro que nos dieran por... Loquia pregunta y la chica le saca algo de color violeta. ¿Violeta? Se trata de una camiseta con un dibujo en la parte de arriba. ¡Venga!, a probártelo Ofelita. Y qué podía hacer, me estuve todo lo quieta que mi dignidad me permitió. Solo, en voz muy baja, le preguntó a Loquia si aquello era necesario... pero salí de aquél lugar con la infame camiseta puesta. Con todo, lo que más me llamó la atención fue algo que ocurrió mientras Loquia me probaba el trapo. Un humano entró en la tienda con un Bull Dog Inglés. Solo, con rapidez, le preguntó al hombre cuánto pesaba el perro, porque a Solo -y no tengo ni idea de por qué- siempre le interesan ese tipo de cosas. 29 kilos, le respondió, y pude percibir un ligero resoplido que salía de la boca de Solo. Aquel compañero parecía cansado, respiraba con dificultad. La chica le dijo al hombre que no tenían tallas de ropa para su perro, que las tallas que había allí eran pequeñas. Se fueron. Nos fuimos. Me quedé pensando un buen rato en aquello. Quizá en este sentido los humanos y los perros no nos diferenciemos tanto: los gordos no se pueden vestir con las ropas de los flacos. ¿Violeta?

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