Por las calles de esta ciudad hoy se han oído trompetas y timbales. Humanos vestidos con trajes de colores brillantes bailaban y algunos reían. Fuegos artificiales pequeños, quizá petardos, explotaban por los rincones... yo he sentido miedo.
Pero ha sido un miedo extraño. He oído que mañana habrá más de lo mismo, y pasado mañana también. Mientras imagino el estruendo de los próximos petardos, de los repiques de tambor, de los gritos de alegría encorsetada, siento que el miedo extraño agarra mi tripa y eriza mi pelo. Este miedo me da dolor de cabeza e insomnio. Este miedo, en fin, hipoteca mi alegría por tiempo indefinido, que es mucho más que a cuarenta años.
La ciudad donde vivo no se parece mucho a Roma, pero pan y circo hoy no han faltado. Quizá sea ahí donde radique el origen de mi miedo: pienso que el pan se podría acabar, y el circo, en lugar de llenarse con comparsas, lo hiciera entonces con leones hambrientos...
Me duele la cabeza y tengo sueño. No quiero pensar más en el futuro porque el miedo extraño se adueña de mí, así que me iré a dormir. Al fin y al cabo, como otras veces ya he escrito, yo no soy más que una perra, una perra desparasitada y miedica que no debería estar pensando en el futuro.

















































