Ana de Lesbos
Ana de Lesbos nació un año impar de nuestra era, en un día frío del primer mes de dicho año. Su madre la echó a empujones de sus entrañas puesto que era la hora de la siesta y se la había interrumpido. Desde ese momento, Ana quedó impresionada por la fuerza y determinación de las mujeres.
Llevó una vida normal, viviendo con su familia (madre, abuelos, tíos, perros, gallinas, conejos, tomateras, cebollino, millo y rofe) en el pueblo más ventoso y frío de la isla conejera. Y el viento enloquece.
Los primeros besos, la catequesis, el balonmano, las verbenas del agua, el cliper de fresa, los cumpleaños en el Deiland, las imitaciones de las Spice Girls y el paso al instituto fueron cosas que ni la marcaron ni la dejaron de marcar. Simplemente fueron trámites de la preadolescencia que tuvo que cumplir. Sin más.
El instituto más de lo mismo. Algún novio que pasó sin pena ni gloria, las horas muertas con la gente de "El Patio" en la sociedad, su primer trabajo haciendo pizzas, sus primeras decepciones de los amigos... Y ella impaciente por salir de aquel agujero negro cultural que es Lanzarote (lo siento pero sí, en lanzarote hay volcanes, sal y lo que quieran; pero cultura poquita).
Se fue a Madrid a estudiar una carrera que en principio era vocacional y que luego se convertió en una carga por culpa de los profesores y la mala gestión de la facultad. Los primero años, lo de siempre. Gente que entra y sale de su vida, apuntes interminables, algún que otro chico de paso por su vida y las investigaciones por una ciudad desconocida fueron las únicas emociones que vivió.
Un buen día se dió cuenta que algo pasaba. Si hablaba con ella se estremecía, si la miraba se perdía, si la recordaba temblaba. Se había enamorado con todas las letras de una mujer.
Eso es ya agua pasada, pero así comenzó su cambio de acera y su leyenda negra.
Y ahora estamos todos pendientes de como acabará su leyenda, de sus vaivenes vitales, de sus miserias entre sábanas, de sus fortunas en la facultad más gay del universo, de sus revolcones agridulces y de sus tonteos con las drogas de diseño.
¿Acabará algún día su decadencia? ¿O acabará integrando un grupo sentimentaloide donde desahogará sus penas al estilo de RadioHead?
Nunca lo sabremos...
