Capítulo 6: Metálica muerte del Caos.
Revolucionaron un dormitorio que se tornaba antes triste y se amaron con fecha de caducidad, o al menos Leo lo hizo. Se desataron, se fabricaron mutuos pijamas húmedos, se olieron animalmente, se buscaron con las manos mientras Leo se olvidaba poco a poco de Alicia y a su vez, del mundo.
- Leo, voy a por vaso de agua ¿quieres uno? - sugirió Iñaki.
- Si, creo que merezco un buen vaso de agua - sonrió Leo.
Iñaki besó a Leo antes de levantarse, rebuscó sus pantalones entre la ropa que reposaba beligerante en el suelo, sobre el sofá y sobre su conciencia, de nuevo. Salió contoneándose de la habitación mientras provocaba en Leo otra erección.
Sacó del mueble de la cocina dos vasos, diferentes, y los llenó de agua bajo el grifo. En el agua del vaso más grande diluyó una dosis letal de un compuesto de arsénico que guardaba en el bolsillo de su pantalón. Con más contoneo incluso que antes, entró en la habitación donde le esperaba un Leo más excitado que nunca. Iñaki bebió del vaso más pequeño, a sorbos nerviosos, entregando el vaso grande a Leo, que lo bebió con ansias.
- Maldito Canal de Isabel II, el agua sabe como metálica - dijo sin darle mucha importancia Leo.
Iñaki, se empezó a vestir con parsimonia, mientras observaba la agonía de Leo. No estaba orgulloso de lo que acababa de hacer pero tampoco se arrepintió. Terminó de vestirse, y comprobó que Leo había muerto. Cogió su teléfono y marcó un número largo que había memorizado hacía más de dos años.
- Muerto - sonrió Leo.
- ¿Seguro? - preguntó una voz femenina desconfiada.
- Como un pajarito.
- Pensé que no lo ibas a conseguir nunca.
- No es fácil planear esto sin dejar cabos sueltos, eso sí, tenemos una herida en el hospital, pero tranquila que fue un accidente de tráfico fortuito - asintió orgulloso.
- Bueno pues perfecto. Ahora informo al Gran Canciller y mañana a esta hora estarás volando a Caracas, con nueva identidad y te daremos el dinero acordado. Espera nuestra llamada - sentenció la mujer colgando el teléfono.
Iñaki sacó de su chupa una carta a ordenador de despedida para Alicia en la que justificaba el supuesto suicidio. Limpió todos sus restos no dejando huellas ni el water y salió de la casa no sin antes mirar por última vez el cuerpo, ya inerte, que más le había hecho disfrutar en su vida.
Antes de salir del portal recibió la llamada que esperaba de Venezuela, el capo de la droga al que la familia de Leo debía muchos millones ya había hecho los trámites para trasladar a Iñaki a Venezuela, darle la cantidad prometida, y dejarlo siendo otro en Buenos Aires. Seguidamente marcó otro número, esta vez más corto.
- Diego, tío, mañana me voy, quedemos esta tarde para darte lo tuyo. Avisa a las chicas. Son tres kilos de coca y casi el doble de hachís, así que vente en coche. Donde te dije ayer, ¿vale?.
Desde ese momento, Leo descansa en la necrópolis de La Almudena, al este de Madrid, donde lo visita con frecuencia la santa de Alicia, que tanto lo quiso y Dios sabe que le perdonó todo. Leo murió enamorado, enamorado de un cuerpo como el suyo y del que no sabía apenas nada.
Iñaki, antes de abandonar España, tiró el móvil a un contenedor de Aluche pero guardó la tarjeta, como le habían dicho desde Caracas. Le pesaba la conciencia y el desánimo, pero sabía que una vida mejor le esperaba en Buenos Aires. Una vida conseguida sacrificando al que quizás fuera el único hombre al que quiso. Al menos un poquito.
No le pagaron por enamorarlo, ni por penetrarle, ni por dejarse lamer, pero son las cosas del caos, que nos embelesa con sus sabores.
