Capítulo 5: Agrio laberinto del Caos.
Si no llamó a Alicia cincuenta veces, no la llamó ninguna, y por supuesto, su llamada fue siempre rechazada por el justiciero dedo de Alicia. Entre llamada y llamada recibió un sms que se apuró a leerlo sin percatarse de quien lo enviaba. "Deberiamos sentarnos como personas adultas y hablar. Nos merecemos ser claros. Un beso. Iñaki". Sin casi tiempo para desbloquearse del impacto, otro pitido chillón le avisó de un nuevo mensaje. Esta vez era Alicia anunciándole lo que ya sabía. "Me voy al pueblo con mis abuelos, por favor deja de llamarme. Necesito pensar. Dame tiempo y ya te llamo cuando crea conveniente. Que te cuiden bien".
Ojiplático por el primer mensaje y decepcionado por el segundo, se sentó en el sofá con tanta preocupación que no se percató que estaba sobre el portatil.
Y ahora, mientras él piensa, yo te lo cuento que para eso estoy aquí. Estaba desconcertado pues Iñaki le estaba pagando con la misma moneda que él usó para convencer sin éxito a Alicia, y si las intenciones eran las mismas que las suyas, eran al menos maduras. Pero sabía que si volvía a ver a Iñaki era muy probable volver a caer pues esa atracción que les unía era más animal que humana. Y la eterna pregunta ¿le merecía la pena acabar con una relación de años por un juego lujurioso de un par de noches? Pero, y esta pregunta la hago yo como mitad narrador, mitad voz de la conciencia, ¿acaso esa relación de años no estaba ya acabada? O mejor aún, ¿empezó algún día?
Casi sin pensar, movió los dedos de una tecla a otra del móvil y citó para esa misma tarde a Iñaki. Se prometió a sí mismo ser maduro, dejar las cosas claras y acabar con ese juego. Se vieron en un lugar tranquilo, neutro, y con pocas posibilidades de llevarles a nada más. El bar Antorcha, cercano al famoso Palentino, especializado en zumos y frecuentado por gente de mediana edad era el lugar perfecto.
Ambos, muy puntuales, acudieron a la cita. Se sentaron en la barra por petición de Leo, el cual quería evitar el contacto visual. Leo se pidió un zumo de cítricos con kiwi e Iñaki uno de frutas del bosque, tan espeso como su conciencia.
- Lo siento, siento mucho que tu novia nos pillara - Iñaki empezó a lanzar su artillería pesada de seductor nato - no sé, si puedo hacer algo por tí...
- No puedes hacer nada. Quizás desaparecer sin dejar rastro y punto - sentenció inseguro Leo.
- Si es lo que quieres, lo haré. No quiero hacerte daño - respondió mientras rozaba su mano levemente.
Leo bajó la mirada sin decir nada agitando, nervioso, el zumo con la pajita. Para mandar a paseo el nudo que se le había instalado en la garganta pidió azúcar al camarero para cubrir lo agrio de un zumo que amenazaba con repetirle.
- ¿Quieres que desaparezca? - insistió Iñaki mientras convertía el leve roce en los dedos en suave apretón.
- No lo sé.
- ¿Me quedo? Podemos ser amigos, sin que pase nada más.
- No, no podemos ser amigos y lo sabes - sollozó Leo.
- No, no me llores - dijo Iñaki aprentando aún más aquella mano sudorosa - ¿de que te sirve llorar? Así no vas a solucionar nada. Si no podemos ser amigos, no lo seamos. Deja que las cosas fluyan.
- Si fluyen, se desbordan y si se desbordan, destrozan. Mejor intentar pararlo.
- ¿Intentar parar el río? Te creía más inteligente, porque eso es imposible, Leo.
- No, no lo es, joder, encima este zumo está malísimo -exclamó dejando el vaso sobre la barra con un fuerte golpe y saliendo del bar.
Iñaki, al que ese acento venezolano y esos ojos tristes ya habían sacado de sus casillas, corrió a seguirlo tras dejar un billete sobre la barra, entre los dos zumos a medias.
- ¡Leo! ¿Desaparezco? - gritó Iñaki ya en la calle.
- Que no joder, no desaparezcas - respondió mientras se abalanzaba sobre él.
La debilidad de Leo y las ganas de Iñaki hicieron el resto.
