Capítulo 4: Salada telaraña del Caos.
Leo corrió discoteca adentro, casi a contracorriente buscando a Iñaki y a Diego como un poseso.
- Tíos joder, a Úrsula la acaba de atropeyar un puto borracho - gritó.
Iñaki ya no recordaba aquel dulce acento venezolano y lo mucho que le ponía, incluso más que los superdotados brasileños. Otro grito, esta vez de Úrsula, lo sacó de sus deseos. La chica se retorcía de dolor mientras miraba aterrada la fractura abierta de tibia y peroné que aquel Ford Fiesta le había regalado.
La ambulancia tardó veintidós minutos exactos en llegar. Le limpiaron un poco las heridas, le propiciaron un fuerte calmante y la subieron al vehículo. Los chicos, tras preguntar a qué hospital la llevaban, corrieron hasta el coche de Iñaki, que lo tenía aparcado en el subterráneo de la plaza Vázquez de Mella.
En el hospital llamaron a los padres de Úrsula, a Sara y al otro amigo que se había quedado en el Escape y éstos, al llegar, relevaron a los chicos para que se fueran a descansar. Iñaki se ofreció a llevarlos a casa con intenciones más eróticas que amables. Tras bordear la ciudad por el oeste, desde el Puerta de Hierro hasta la calle Altamirano, donde vivía Diego, se dirigió hacia la Gran Vía.
- ¿Me invitas a desayunar? - preguntó descaradamente Iñaki.
Leo asintió con la cabeza y sin casi percatarse, se vió entre sábanas con su viejo conocido. Perdieron la noción del tiempo y el sentido. Leo maldecía en voz alta las caderas de Iñaki. Seguía sin entender aquello, por qué ese hombre, con todos sus atributos masculinos, era capaz de hacerle sentir eso. Por qué se interpuso en su camino justo ese día. Por qué se sentía tan culpable. Por qué no podía evitar hacer lo que estaba haciendo.
Se sentía cómodo, no podía negarlo, le gustaba mucho más aquello que todo lo que había probado en su vida. Pero él tenía claro que no era gay, que unicamente Iñaki conseguía ese poder de dominio sobre él. Y se dejó dominar entre salados lametones de piel.
Alicia se despertó pronto, en un amanecer legañoso y frío, con la conciencia aún peleándole. Había sido demasiado dura con Leo, sabía que tenía parte de culpa o al menos así lo sentía. Decidida a arreglarlo, se dió una ducha mientras intentaba descifrar aquel mensajito corto pero cariñoso que le envió Leo anoche. Bajó a la calle, y de camino al metro pasó por el supermercado para comprar chocolate blanco, fresas y nata. El trío implacable de las reconciliaciones. Corrió a casa de nuevo, había olvidado las llaves del piso de Leo, esas que guardaba para cuando Leo se iba al pueblo con sus padres y poder echar un ojo a la casa. Quería darle una sorpresa y tenía que salir todo perfecto. Entrar despacito, preparar las fresas con nata y cocholate blanco y deslizarse en la cama para hacer las paces. Bajó en Callao, con el frío entumeciendo su nariz, cruzó la Gran Vía y llegó al portal para subir las escaleras nerviosa.
Sigilosa como un gato, entró en el pequeño estudio y se deshizo del abrigo y la bufanda. Lavó las fresas, las cortó a la mitad a lo largo y las dispuso en un plato formando un círculo hueco. Fundió el cholate en el microondas y cubrió las fresas con él. En el centro del círculo puso un buen montón de nata montada para mojar las fresas cubiertas. Se quitó los zapatos y con el desayuno en la mano entró, sin encender la luz, despacito. Subió un poco la persiana y entró el tímido sol mañanero a inundar aquel campo de batalla.
Las fresas y los trozos del plato se repartieron por toda la habitación y Leo saltó de la cama, desnudo, para calmar a Alicia y de paso clavarse un traidor trozo de loza. Alicia, sin abrigo ni bufanda, sin fresas ni abrazos, salió del edificio entre sollozos e insultos que se perdían en la ciudad.
Leo se inundó en su propia culpabilidad y echó, casi sin darle tiempo para vestirse, a un Iñaki avergonzado pero totalmente excitado por la situación. Una vez solo, recogió los restos del destrozo mientras lloraba y se cagaba en Iñaki, en sus encantos y en su poca consideración con Ali.
Estaba arrepentido, lo juro, pero si se le hubiera presentado la situación de nuevo, sé que repetiría todos sus movimientos. Incorregiblemente débil, se había quedado ya sin otra excusa que la de ser gay, pero se la seguía negando. Buscaba respuestas a sus eternos "por qués" y la respuestas más coherente y fría era esa. Pero no, según él eso era imposible.
En menos de veinticuatro horas su esquema vital se había desmontado y tampoco sabía con quien hablar, a quien contarle lo que le estaba pasando. Tras meditar mientras se limpiaba la herida del pie, se dió cuenta de lo solo que estaba, de los muchos compañeros que tenía y de los pocos amigos. Tan rodeado de gente y a la vez muy solo, la historia de siempre. No podía permitirse perder también a Alicia, su pequeño gran apoyo. Salió corriendo a buscarla, sabiendo de antemano que ya habría llegado a casa. La llamó pero rechazaba sus llamadas y en su casa nadie abría la puerta.
Fue a la facultad a ver si allí se encontraba con alguna amiga de Alicia y construir un grupo de presión. A la desesperada. Justo cuando se disponía a cruzar la puerta, una llamada de un número que no conocía hizo vibrar su móvil.
- ¿Estás bien? - la voz seductora de Iñaki hizo cabrear a Leo.
- No. Ni estoy bien ni quiero hablar contigo - sentenció Leo colgando el teléfono.
Aún más nervioso buscó impaciente a alguna amiga de Ali, por los pasillos, en la biblioteca, en la cafetería, en la sala de ordenadores, en las salas de estudio. Ni una cara conocida. Parecía que le habían dormido durante unos cuantos años y todos sus conocidos ya hubieran acabado la carrera. Se dió por vencido y salió del edificio.
De camino al metro, como una rayo, apareció a la que iba a convertir en su confidente.
- Hola Ana, ¿qué tal?, ¿sabes algo de Alicia? - preguntó impaciente.
Pues acabo de hablar con ella por teléfono, me preguntó si le podía coger los apuntes de estos días y tenerla informada de los proyectos, pero vamos, nada más - respondió, como siempre, sonriente Ana.
- ¿Nada más? ¿No te dijo por qué iba a faltar ni nada?
- Pues nombró algo de su pueblo pero te digo, no dio detalles, ¿ha pasado algo?
- No, tranquila, no pasa nada. Gracias Anita, ya nos vemos que tengo prisa - Leo acabó la conversación.
Era fácil olerse la huída de Alicia y para evitarla, Leo le propuso en un mensaje hablar las cosas como personas adultas y buscar soluciones. Con todo el desánimo ocupando su esternón, marchó a casa a esperar respuestas. De camino, se estremeció, pero solo una vez, recordando el salado sabor de la espalda de Iñaki.
