Capítulo 2: Agrio comienzo del caos
- ¿De traje? Tío, estás loco. ¿Cómo vamos a salir hoy, un miércoles, de traje y por los antros de Huertas? - preguntó Leo.
- Que sí joder, hazme caso. Vamos en traje, nos fumamos unos puritos, nos pedimos unos gin tonics bien preparados y nos quedamos con todo el garito - le contestó Diego, un canario con mucha clase que le había presentado su primo hace dos años.
- Pero tío me da una pereza amarrarme la corbata ahora...
- Bobadas. A las doce estoy ahí en tu casa con unos Cohibas y salimos a quemar Madrid. En traje ¿eh?.
- Venga va, a las doce. Hasta luego.
- Hasta luego - se despidió Diego.
Exactamente a las doce y cuatro minutos, Diego llamaba al telefonillo. Subió los cohibas y una botella de vino, un Ribera del noventa y seis estupendo. Llevaba su traje negro, camisa color crema y la corbata del mismo color que el vino. Sobre el traje un abrigo de ejecutivo, también negro, guantes de piel y unos zapatos extremadamente limpios y nuevos. Leo terminó de engominarse y salió del baño sin chaqueta ni corbata. En su cuarto terminó de ponerse la chaqueta del único traje que tenía en Madrid, uno negro, con forro granate, buenísimo. Sobre la camisa blanca puso una corbata también negra, de las estrechas. Los dos pinceles se acabaron la botella de vino mientras saboreaban los Cohibas con paciencia, se pusieron los abrigos y los guantes y agarraditos al pasamanos bajaron las escaleras del edificio. Qué clase.
Salieron a la Gran Vía para cruzarla y, desde Callao, bajar a la Puerta de Sol para dirigirse a la calle Huertas.
- Empezamos en el Black Jack ¿no? - preguntó Leo.
- ¿Otra vez? ¿Y si callejeamos para entrar a algún antro? - sugirió Diego.
- Bueno, un miércoles por esa zona solo habrá gentuza pero vamos, de perdidos al río. Además, con estas pintas nos respetarán - sonrió Leo.
En la plaza de Santa Ana empezaron su búsqueda particular del garito perdido. Callejeando, encontraron en una calle angosta y mal iluminada una discotequilla de mala muerte que intentaba esconder su basura con luces tenues tras la barra que iban cambiando de color, sillones de cuero de imitación y demás moderneses baratas. La flora y fauna del lugar parecía autóctona, dos parroquianos cuarentones intentandose ligar a la camarera, un grupo pequeño de chicas en la pista que bailaban ridículamente el regetón que amablemente les servía el dj, algún que otro moscón solitario revoloteando y un pakistaní vendiendo flores. Desolador panorama. Ante esto, decidieron sentarse sin mezclarse mucho con los presentes, pedir dos gin tonics bien perfumados y si se terciaba, fumarse otro puro. Y en eso estaban cuando Leo se acordó de Alicia, decidió enviarle un mensaje al móvil, un mensaje cariñoso y distante a la vez. Podía parecer meramente informativo pero sé que Leo le puso más cariño del que parecía.
- Tío, esto da un poco pena y ni lo buena que está la camarera hace que quiera quedarme - Diego le sacó de sus pensamientos.
- Ya ves, vamos a terminarnos la copa y a ver si encontramos algo mejor.
Se estaban terminando las copas cuando dos chicas que no habían visto antes, se les acercaron. Una era morena, alta, de labios carnosos y ojos grandes. La otra, mucho más mediocre, pero simpática. El típico dúo de amiga guapa, amiga fea.
- ¿Qué pasa? ¿Vendeis seguros o qué? - Preguntó con mucha gracia Sara, la bajita salada.
- Que va, guapa. Pero digamos que somos dos tíos con negocios en el mundo del famoseo y la farándula - respondió sugerente Diego, que no mintió del todo pues llevaba tiempo llevando la imagen y organización de eventos de moda y lujo.
- Entonces ¿qué haceis en este antro? - Sara siguió con sus preguntas.
Pues nada, tomarnos algo para que mi colega, que ha tenido un mal día, se anime. Por cierto, soy Diego y él se llama Leo.
- Yo soy Sara, y mi amiga Úrsula - se presentó Sara intercambiando besos con ambos.
Siguieron con las presentaciones, presumiendo cada uno con su lugar de procedencia, sacando todos sus armas de seducción. Las chicas les propusieron cambiar de barrio. Tenían unos amigos que estaban de marcha en un garito de Chueca y les invitaron a ir. Leo se negó en rotundo, hacía tiempo que no se pasaba por ese barrio y no tenía intención de hacerlo, no quería reabrir heridas. Se escudó, para disimular, en una homofobia sutil pero evidente. Las chicas insistieron mucho y veía a Diego realmente interesado con Sara así que al final dio su brazo a torcer. Apuraron el final de la copa, lo que para Leo era el mejor trago, con todo el agrio del limón, y se levantaron animados.


Vienes fuerte, Anita.. veo que con los deberes hechos después de esta larga ausencia...relatando la noche madrileña como sólo tú sabes, sin perder costumbres de copa y puro, con clase y estilazo...
;)