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Archivos Octubre 2009

Capítulo 3: El dulce remolino del Caos.

chueca luces.jpgPor el camino hacia el barrio gay, el vino y la ginebra empezaron a hacer efecto en nuestro chicos; y las chicas, que también habían bebido, casi iban tambaleándose. Llegaron a duras penas a la plaza de Chueca, ebrios, desorientados pero muy animados. Diego ya había atacado claramente a Sara y esta se dejaba querer. Leo rezaba para encontrarse con alguien conocido, pues Úrsula no abría la boca para otra cosa que no fuera saborear un pitillo. La noche se le tornaba aburrida, apoyado a una barra y dando conversación a la camarera.

Tras una llamada, Sara les guió hacia el local donde estaban los amigos de Úrsula.

- Están aquí al lado, en el Escape, es un bar de chicas pero por esta zona es lo más decente que abre hasta tarde - les explicó Sara.

Dos porteros que flanqueaban la entrada, inspeccionaron los bolsos de las chicas y miraron con desconfianza a los chicos. La discoteca era, como se temían, un poco antro. Las paredes pintadas de verde se desconchaban con facilidad y la poca ventilación hacía que la corbata empezara a molestar a pesar de estar el local medio vacío. Al fondo, una silueta hizo estremecer a Leo. Reconocería esa forma de bailar, ese contoneo, ese cimbreo de cintura a kilómetros. Los recuerdos se le tropezaban en la sesera, despotricaban los resoplidos, el sudor, las rayas de coca en el salpicadero y la forma de quererse nocturnamente. Despotricaban por entrar y por salir de una mente que juro se colapsó en cuestión de microsegundos chinos. Su monólogo interior le dijo que no se preocupara, que no tenían por qué cruzarse, le bastaba con salir de allí y tenía muchas papeletas en favor del éxito. Diego ya estaba entretenido con Sara y a Úrsula no le importaría mucho su ausencia. Empezó a deslizarse rapidamente entre las pocas chicas que bailaban por allí y, cuando ya casi había alcanzado la barra de la puerta, una mano sujetó con fuerza su muñeca.

- ¿Donde vas? Anda ven, que te presento a mis amigos - dijo Úrsula mientras lo arrastraba hasta el fondo de la discoteca.

Leo odió a Úrsula con todas sus fuerzas, para una vez que hablaba lo hacía para fastidiar todo su plan de huída. Buscó desesperadamente a Diego, necesitaba una mirada cómplice entre tanta tensión. Desaparecido en combate. Recorrió con la mirada todas las paredes del lugar y ni rastro de la cara conocida. Respiró tranquilo al suponer que le había dado unos minutos al ir al baño y reconstruyó todo su plan. Saludar y huir. En ese orden.

Se giró repentinamente para proceder a las presentaciones a las que Úrsula casi le estaba obligando. Como un soplo vio su cara, sonriente, mostrando la perfecta fila de dientes nacarados que coronaban aquel templo del placer que era su boca. Con todos los antros que tiene esta ciudad, con toda la gente que la habita y con todos los minutos que tiene el día; el destino, la casualidad o la providencia habían alineado todas las variables para que se encontraran. Su cerebro empezó a procesar el momento para buscar soluciones y, al mismo tiempo, su corazón centrifugaba a la velocidad del rayo.

- Leo, este es Iñaki, toda una leyenda en Chueca y uno de mis mejores amigos - Úrsula hizo las presentaciones.

Leo extendió cortesmente una mano temblorosa, sudando, nervioso. Era él. Era esa boca. Eran esas manos. Eran esos pectorales. Toda esa noche de lujuria le invadió la materia gris con el solo roce de la palma de la mano. Y ya más excitado que nervioso balbuceó un "encantado" sospechoso.

De reojo vió a Diego acercándose, con cara de enfado, unos cuantos chupitos rojos y un equilibrio precario.

- Para celebrar que Sara acaba de hacer las pases con un ex novio en el baño. Por cierto, yo soy Diego - se presentó ante los presentes, especialmente ante Iñaki.

Brindaron y se tomaron aquel chupito dulzón casi empalagoso. De los estridentes altavoces empezó a sonar un house algo comercial pero que daba un respiro después de tanto flamenqueo. La adrenalina de Leo empezó a hacer recorrer todo su pecho llegando incluso a la entrepierna hasta que una leve presión le hizo reaccionar. La mano de Úrsula le estaba agarrando lo que no debía agarrar y se puso nervioso. En un suspiro tenía a Úrsula encima, pero él se dejó hacer. Se autoconvenció de que todo eso era producto del alcohol y que Alicia no se enteraría nunca.

Ya os digo yo, que de esto lo sé absolutamente todo, que en realidad él no quería, pero era o eso o seguir desquiciado por Iñaki y sus recuerdos. Pensó en Alicia más de lo que pensais, pero también tenía excusas para eso y de nuevo era Iñaki. Un Iñaki al que le tocó la mano en cuanto pudo y al que acabó magreando cuando Úrsula y Diego no se daban cuenta.

Úrsula, atacada, sacó a empujones a Leo de allí y entre tambaleos y muerdos, estaban en la calle, al frío de enero, borrachos.

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Pues si, vamos a hacer un pequeño descanso entre tanta emoción literaria para ver una pequeña joya del frikeo noctámbulo.

Juzguen ustedes mismos.

¿Realidad o ficción?

Las Calderetas 2020 - Applicant City from Bechanga on Vimeo.


Además, tenemos también el plano de lo que sería esa supuesta Villa Olímpica.

¿Es un fake? ¿Son intenciones reales del consistorio?
¿Es culo o codo?

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Próximamente, "Los sabores del caos (III)".

Capítulo 2: Agrio comienzo del caos

- ¿De traje? Tío, estás loco. ¿Cómo vamos a salir hoy, un miércoles, de traje y por los antros de Huertas? - preguntó Leo.

- Que sí joder, hazme caso. Vamos en traje, nos fumamos unos puritos, nos pedimos unos gin tonics bien preparados y nos quedamos con todo el garito - le contestó Diego, un canario con mucha clase que le había presentado su primo hace dos años.

- Pero tío me da una pereza amarrarme la corbata ahora...

- Bobadas. A las doce estoy ahí en tu casa con unos Cohibas y salimos a quemar Madrid. En traje ¿eh?.

- Venga va, a las doce. Hasta luego.

- Hasta luego - se despidió Diego.

Exactamente a las doce y cuatro minutos, Diego llamaba al telefonillo. Subió los cohibas y una botella de vino, un Ribera del noventa y seis estupendo. Llevaba su traje negro, camisa color crema y la corbata del mismo color que el vino. Sobre el traje un abrigo de ejecutivo, también negro, guantes de piel y unos zapatos extremadamente limpios y nuevos. Leo terminó de engominarse y salió del baño sin chaqueta ni corbata. En su cuarto terminó de ponerse la chaqueta del único traje que tenía en Madrid, uno negro, con forro granate, buenísimo. Sobre la camisa blanca puso una corbata también negra, de las estrechas. Los dos pinceles se acabaron la botella de vino mientras saboreaban los Cohibas con paciencia, se pusieron los abrigos y los guantes y agarraditos al pasamanos bajaron las escaleras del edificio. Qué clase.

Salieron a la Gran Vía para cruzarla y, desde Callao, bajar a la Puerta de Sol para dirigirse a la calle Huertas.

- Empezamos en el Black Jack ¿no? - preguntó Leo.

- ¿Otra vez? ¿Y si callejeamos para entrar a algún antro? - sugirió Diego.

- Bueno, un miércoles por esa zona solo habrá gentuza pero vamos, de perdidos al río. Además, con estas pintas nos respetarán - sonrió Leo.

En la plaza de Santa Ana empezaron su búsqueda particular del garito perdido. Callejeando, encontraron en una calle angosta y mal iluminada una discotequilla de mala muerte que intentaba esconder su basura con luces tenues tras la barra que iban cambiando de color, sillones de cuero de imitación y demás moderneses baratas. La flora y fauna del lugar parecía autóctona, dos parroquianos cuarentones intentandose ligar a la camarera, un grupo pequeño de chicas en la pista que bailaban ridículamente el regetón que amablemente les servía el dj, algún que otro moscón solitario revoloteando y un pakistaní vendiendo flores. Desolador panorama. Ante esto, decidieron sentarse sin mezclarse mucho con los presentes, pedir dos gin tonics bien perfumados y si se terciaba, fumarse otro puro. Y en eso estaban cuando Leo se acordó de Alicia, decidió enviarle un mensaje al móvil, un mensaje cariñoso y distante a la vez. Podía parecer meramente informativo pero sé que Leo le puso más cariño del que parecía.

- Tío, esto da un poco pena y ni lo buena que está la camarera hace que quiera quedarme - Diego le sacó de sus pensamientos.

- Ya ves, vamos a terminarnos la copa y a ver si encontramos algo mejor.

Se estaban terminando las copas cuando dos chicas que no habían visto antes, se les acercaron. Una era morena, alta, de labios carnosos y ojos grandes. La otra, mucho más mediocre, pero simpática. El típico dúo de amiga guapa, amiga fea.

- ¿Qué pasa? ¿Vendeis seguros o qué? - Preguntó con mucha gracia Sara, la bajita salada.

- Que va, guapa. Pero digamos que somos dos tíos con negocios en el mundo del famoseo y la farándula - respondió sugerente Diego, que no mintió del todo pues llevaba tiempo llevando la imagen y organización de eventos de moda y lujo.

- Entonces ¿qué haceis en este antro? - Sara siguió con sus preguntas.
Pues nada, tomarnos algo para que mi colega, que ha tenido un mal día, se anime. Por cierto, soy Diego y él se llama Leo.

- Yo soy Sara, y mi amiga Úrsula - se presentó Sara intercambiando besos con ambos.

Siguieron con las presentaciones, presumiendo cada uno con su lugar de procedencia, sacando todos sus armas de seducción. Las chicas les propusieron cambiar de barrio. Tenían unos amigos que estaban de marcha en un garito de Chueca y les invitaron a ir. Leo se negó en rotundo, hacía tiempo que no se pasaba por ese barrio y no tenía intención de hacerlo, no quería reabrir heridas. Se escudó, para disimular, en una homofobia sutil pero evidente. Las chicas insistieron mucho y veía a Diego realmente interesado con Sara así que al final dio su brazo a torcer. Apuraron el final de la copa, lo que para Leo era el mejor trago, con todo el agrio del limón, y se levantaron animados.
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