Capítulo 3: El dulce remolino del Caos.
Por el camino hacia el barrio gay, el vino y la ginebra empezaron a hacer efecto en nuestro chicos; y las chicas, que también habían bebido, casi iban tambaleándose. Llegaron a duras penas a la plaza de Chueca, ebrios, desorientados pero muy animados. Diego ya había atacado claramente a Sara y esta se dejaba querer. Leo rezaba para encontrarse con alguien conocido, pues Úrsula no abría la boca para otra cosa que no fuera saborear un pitillo. La noche se le tornaba aburrida, apoyado a una barra y dando conversación a la camarera.
Tras una llamada, Sara les guió hacia el local donde estaban los amigos de Úrsula.
- Están aquí al lado, en el Escape, es un bar de chicas pero por esta zona es lo más decente que abre hasta tarde - les explicó Sara.
Dos porteros que flanqueaban la entrada, inspeccionaron los bolsos de las chicas y miraron con desconfianza a los chicos. La discoteca era, como se temían, un poco antro. Las paredes pintadas de verde se desconchaban con facilidad y la poca ventilación hacía que la corbata empezara a molestar a pesar de estar el local medio vacío. Al fondo, una silueta hizo estremecer a Leo. Reconocería esa forma de bailar, ese contoneo, ese cimbreo de cintura a kilómetros. Los recuerdos se le tropezaban en la sesera, despotricaban los resoplidos, el sudor, las rayas de coca en el salpicadero y la forma de quererse nocturnamente. Despotricaban por entrar y por salir de una mente que juro se colapsó en cuestión de microsegundos chinos. Su monólogo interior le dijo que no se preocupara, que no tenían por qué cruzarse, le bastaba con salir de allí y tenía muchas papeletas en favor del éxito. Diego ya estaba entretenido con Sara y a Úrsula no le importaría mucho su ausencia. Empezó a deslizarse rapidamente entre las pocas chicas que bailaban por allí y, cuando ya casi había alcanzado la barra de la puerta, una mano sujetó con fuerza su muñeca.
- ¿Donde vas? Anda ven, que te presento a mis amigos - dijo Úrsula mientras lo arrastraba hasta el fondo de la discoteca.
Leo odió a Úrsula con todas sus fuerzas, para una vez que hablaba lo hacía para fastidiar todo su plan de huída. Buscó desesperadamente a Diego, necesitaba una mirada cómplice entre tanta tensión. Desaparecido en combate. Recorrió con la mirada todas las paredes del lugar y ni rastro de la cara conocida. Respiró tranquilo al suponer que le había dado unos minutos al ir al baño y reconstruyó todo su plan. Saludar y huir. En ese orden.
Se giró repentinamente para proceder a las presentaciones a las que Úrsula casi le estaba obligando. Como un soplo vio su cara, sonriente, mostrando la perfecta fila de dientes nacarados que coronaban aquel templo del placer que era su boca. Con todos los antros que tiene esta ciudad, con toda la gente que la habita y con todos los minutos que tiene el día; el destino, la casualidad o la providencia habían alineado todas las variables para que se encontraran. Su cerebro empezó a procesar el momento para buscar soluciones y, al mismo tiempo, su corazón centrifugaba a la velocidad del rayo.
- Leo, este es Iñaki, toda una leyenda en Chueca y uno de mis mejores amigos - Úrsula hizo las presentaciones.
Leo extendió cortesmente una mano temblorosa, sudando, nervioso. Era él. Era esa boca. Eran esas manos. Eran esos pectorales. Toda esa noche de lujuria le invadió la materia gris con el solo roce de la palma de la mano. Y ya más excitado que nervioso balbuceó un "encantado" sospechoso.
De reojo vió a Diego acercándose, con cara de enfado, unos cuantos chupitos rojos y un equilibrio precario.
- Para celebrar que Sara acaba de hacer las pases con un ex novio en el baño. Por cierto, yo soy Diego - se presentó ante los presentes, especialmente ante Iñaki.
Brindaron y se tomaron aquel chupito dulzón casi empalagoso. De los estridentes altavoces empezó a sonar un house algo comercial pero que daba un respiro después de tanto flamenqueo. La adrenalina de Leo empezó a hacer recorrer todo su pecho llegando incluso a la entrepierna hasta que una leve presión le hizo reaccionar. La mano de Úrsula le estaba agarrando lo que no debía agarrar y se puso nervioso. En un suspiro tenía a Úrsula encima, pero él se dejó hacer. Se autoconvenció de que todo eso era producto del alcohol y que Alicia no se enteraría nunca.
Ya os digo yo, que de esto lo sé absolutamente todo, que en realidad él no quería, pero era o eso o seguir desquiciado por Iñaki y sus recuerdos. Pensó en Alicia más de lo que pensais, pero también tenía excusas para eso y de nuevo era Iñaki. Un Iñaki al que le tocó la mano en cuanto pudo y al que acabó magreando cuando Úrsula y Diego no se daban cuenta.
Úrsula, atacada, sacó a empujones a Leo de allí y entre tambaleos y muerdos, estaban en la calle, al frío de enero, borrachos.


