Capítulo 1: Amarga introducción al caos
Y como no sabían que era imposible, lo hicieron. Se amarraron, sudando, queriéndose mucho. Se quisieron sin conocerse, sin penetrar, sin cimientos. Pero ellos no sabían que eso era imposible. En la cama no quedaban ni sábanas, ni tan siquiera ácaros de polvo. Se habían hecho con todo el territorio conquistándolo a base de felaciones, empujones y saliva. Por no haber, no había ni oxígeno, lo habían hecho desaparecer a base de resoplidos animales cambiándolo por dióxido de carbono, por humanidad. Y ese desierto desolador es la mejor metáfora para explicar su mierda, sus carencias, sus delirios.
Recuerdo, como narrador omnipresente, que se creyeron sus mentiras. Se creyeron su amor de todo a cien y sus sentimientos de plástico barato. Una historia que más que de amor, fue del chino de la esquina. Penetré en sus cerebros y ví lo que ellos no vieron, lo que no se quisieron contar a sí mismos, y logré entender una historia que nadie más conoció siquiera.
La ubicación exacta fue sus pechos y sus camas, pero para que ustedes, querido público, me entiendan y se ubiquen les diré que todo empezó en el centro de Madrid y acabó al este geográfico de esta ciudad.
Ellos, guapos, jóvenes y triunfadores, lo tenían todo. O eso pensaban. Y precisamente por eso, sé que su historia será un best-seller, porque a los miserables les encanta conocer lo que se pudre en casa del pudiente, con sus historias de masacres sentimentales, de telenovela venezolana.
Precisamente Leo, era venezolano. No recuerdo si Leo de Leonardo, Leoncio, Leandro o León, pero sí que llegó a Madrid huyendo de las convulsiones políticas sudamericanas. Su familia, adinerada con malas artes, había sido amenazada desde distintos frentes, desde las instituciones y desde las mafias, desde el Gobierno y desde la oposición. Tras pasar por Colombia, Ecuador y Brasil, España parecía ser su destino final. Estaba terminando Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid y su intención era la de emanciparse y ejercer de lo suyo en la capital. El último
año de carrera le estaba resultando agotador y entre fatigas y noches interminables de estudio pasaba los días en el pequeño estudio que sus padres le habían comprado en la calle Madera, a tiro de piedra de la Gran Vía.
El día de su introducción al caos comenzó amargo y no solo por el café largo con poco azúcar y muy caliente que, como de costumbre, había comprado en la facultad y que se le atragantó al ver aquel desolador 3,25 en Urbanismo, la asignatura de sus horrores. Pensó para sí mismo algo así como que no era posible, que con lo que él recorría la ciudad no podía suspender precisamente Urbanismo. Se dió cuenta de la gilipollez que estaba gestando la poca lucidez que le quedaba tras la noche en vela preparando proyectos y, tirando el café casi entero en la papelera del pasillo, bajó la cabeza y tras pasar por la biblioteca a saludar a su novia, se fue a casa hundido.
Había decidido no coger el metro, estaba nervioso y violento y sabía que cualquier encontronazo fortuito con alguna vieja indeseable podría acabar fatal. Yo no sé como lo hizo, como corrió a esa velocidad, como se pudo dar tanta prisa Princesa abajo, con el iPod dando alaridos y la sangre golpeandole las sienes. Lo observaba desde dentro y juro que nunca lo había visto tan acelerado, ni siquiera cuando los cuatro rumanos borrachos le atracaron en Torre Europa y casi no lo cuenta. Al fin y al cabo, no era la
primera asignatura que suspendía y por lo que había estudiado se podía imaginar el resultado. O al menos yo me lo imaginé, pero como soy omnipresente, pues supongo que no sirve esta apreciación. El caso no era para tanto, no era para ponerse así.
Y así, con ese ritmo, en menos de 20 minutos estaba tumbado boca abajo en su cama, sin camiseta, sudando y casi taquicárdico. El Bora-Bora de su móvil lo sacó de un tumbo de la cama. Alicia. Con la de momentos que había para llamarlo había elegido precisamente ese. Y así les fue.
-Hola - rugió él con voz de ogro.
-¿Qué te pasa, feo? En la biblioteca casi me arrancas la mano con esas prisas.
-Nada, que Castro es un hijo de puta.
-Ahora lo entiendo, la nota de Urbanismo ¿no? - dijo Alicia con voz tierna.
-Muy observadora, sí. ¿Ves lo que pasa por empeñarte en venir a casa la víspera de un examen? Mira que te lo dije Ali, pero tú siempre tan oportuna. ¿No te das cuenta de que si tú estás aquí, yo no me concentro porque prefiero estar contigo a estar con los apuntes?
-Claro, ahora será culpa mía que tú tengas un problema con tu líbido. Yo fui a estudiar y eso hacía, calladita, hasta que tú te abalanzaste sobre mí como un poseso. Pero yo no tenía un examen al día siguiente y tú sí, por eso debiste ser tú el que parara la situación. Si fueras un poquito más responsable, otro gallo te cantaría. - Y cortó el teléfono.
Leo la intentó llamar, pero como suponía, había apagado el móvil. Empezó a llorar como una magdalena porque él sabía, aunque no admitía, que Alicia tenía más razón que una santa. Últimamente tenía la carrera abandonada, trabajaba lo justo, aunque eso ya era mucho pues era una carrera agotadora, pero la carga que había soportado durante todos esos años ya hacían mella. Pude comprobar que le preocupaba la situación, lo noté nervioso y agitado, pero seguía pensando que no era para tanto. Yo también sabía que le estaba pasando algo más que le tenía tan preocupado pero él aún no lo sabía. Estaba gestando un pequeño nido de problemas y una telaraña de sentimientos encontrados que aunque lo notaba, aún no se había manifestado del todo.
Impotente aún, se incorporó en la cama y a tientas en la oscuridad palpó entre los cojines del sofá el portatil. Se puso música, de esa que su madre llamaba machacona y abrió el explorador, la mensajería instantánea y las descargas P2P. Su ritual informático. Se dió un paseo por sus imágenes y repasando las fotos con Alicia los mismos pensamientos de siempre le rondaban la mente. Había intentado de todas las maneras posibles el enamorarse de ella, y quererla, la quería muchísimo, pero en ocasiones hechaba en falta esa chispa que hace que te olvides del resto del mundo.
Esa chispa que solo había notado una noche, cuando siendo virgen en eso de la independencia y en la vida de estudiante, le desvirgaron el corazón. Recién llegado a Madrid y ya había sido seducido por las malas artes nocturnas. Como suena eso.
Aquella noche había pasado a su rincón secreto y se había prometido a sí mismo no sacarla de ahí jamás. Era su propio chisme venezolano, su secreto de lavabo de discoteca decadente y aunque no estaba orgulloso de esa noche de drogas y lentejuelas, la recordaba a menudo y seguía sintiendo esa sensación mágica que hacía que perdiera el aliento. Incluso, a veces, en la intimidad con Alicia, cuando la sombra del gatillazo y la desconcentración planeaban sobre el catre de la cama, recurría a ese recuerdo disimuladamente para remontar el fracaso. Luego le tocaba estar un tiempo sintiéndose culpable, sabía que no estaba bien hacerle eso a la santa de Ali, pero la necesitaba mucho a su lado y esa era la única manera de tenerla.
O eso pensaba él.


