Ya había tardado yo mucho en aparecer. Y es que no me puedo estar callada ni debajo del agua...
Hoy toca un tirón de orejas fuerte y doloroso al Consistorio Municipal de esa gran (ironía) ciudad que es Arrecife y de paso, a todos sus habitantes. ¿El motivo? El Carnaval. Y ya estarán pensando que no tengo remedio, que siempre estoy pensando en lo mismo, pero señores, estoy indignada. ¿Indignada? Lo que estoy es caliente.
Este año no puedo ir, los exámenes de febrero, como siempre, no perdonan y una servidora se tendrá que conformar con ver la Gala de La Reina del Carnaval de Las Palmas y Tenerife por la televisión. Pero aunque no pueda ir, hay cosas que joden también a distancia.
Resulta que no sé muy bien por qué motivo han decidido trasladar las celebraciones, verbenas, asaltos, mogollones y sucedáneos al Recinto Ferial para así dejar el núcleo de la ciudad mudo, triste y apagado. En Carnaval habrá una ciudad canaria en absoluto silencio y esa ciudad será Arrecife. En Santa Cruz no se pudo, pero en Arrecife se podrá. Porque aparte de estar los conejeros un poco aplatanados, nuestros Carnavales son de segunda, son los hermanos pequeños de los enormes Carnavales de nuestras islas hermanas más grandotas y con más presupuesto, y por lo tanto, ni nos sacarán en la televisión indignados que da miedo (en la TV Canaria mucho menos) ni nos traerán a un Amargo, una Esteban o una Anderson que nos hagan publicidad por los platós de la España profunda. (Y esto va desde la más absoluta hermandad con el pueblo chicharrero a los que también les qusieron hacer la jugarreta)
Una fiesta que desafío al franquismo, se burló de las amarraderas católicas, proclamó la carnalidad y la alevosía hacia los cuatro puntos cardinales y convirtió a los asfixiados y encorsetados en lo que de verdad querían ser, reducida a unas verbenitas en el recinto ferial. Eso sí, amenizadas por Suso y Familia lo menos...
Es que me niego, me niego a aceptar que NUESTRA fiesta, siempre callejera, siempre insolente, siempre irreverente tenga que pasar por ese aro del conservadurismo del ocio que tan de moda parece estar en Europa. ¿Qué pasa? ¿Qué una ciudad es más moderna y productiva si relega su ocio a una zona delimitada y previamente tomada por las fuerzas del orden y la seguridad? De tan remilgados y ultraeducados resultan, nuestros políticos, insoportables.
Ah, ¡No!, el motivo principal no es ese, es que muchos vecinos se quejan por el ruido y la basura que genera el Carnaval. ¿Qué vecinos? ¿Los tres de siempre? ¿Los que tocan a la puerta de al lado a las diez y cinco porque tienen la televisión puesta? ¿O el godo incomprensivo que no tolera esa desmesurada muestra de alegría que es el Carnaval? Coño, ya lo dice el refrán, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Si les molesta la música carnavalera, que se pongan la máscara y salgan a bailar. ¿Qué mañana hay que trabajar? Pues se levanta uno malo que da miedo y tira a urgencias a por la baja, que eso ya está inventado. Pero no toquen las narices, que son tres días al año.
Los niñatos, los que consideran que el Carnaval no es más que una tranca disfrazada, no me dan pena porque si los mandan para el recinto, al recinto van a trancarse. Pero los murgueros, la gente mayor que lleva preparando su disfraz desde hace meses, las glorias del Carnaval conejero como Tomillito o Charlot, las sufridas costureras y toda esa gente que vive cada Carnaval como si fuera el último, me dan lástima. ¿Les merecerá la pena lucir el disfraz que tanto tiempo llevan diseñando, cosiendo y pegándoles lentejuelas bajo el relente del mal avenido recinto ferial? ¿Creen que esa gente, sobre todo la gente mayor, va a ir al recinto ferial como si esto fuera un San Ginés destemporalizado y venido a menos? ¿Y Francisco José Navarro, tan carnavalero, no dice nada con su voz de Constantino Romero?
Muchachos y muchachas jóvenes de espíritu, ocupen el Almacen, si no hay música, la hacen ustedes que bien que saben cantar. Que el Tambo y el Buzzo's saquen la música electrónica a la calle Luis Morote. Que en el parque Islas Canarias y en el Ramírez Cerdá no quepa un alma. Canten, bailen, rían, ahoguen sus frustraciones y penas haciendo más ruido que nunca. Pero que nadie, absolutamente nadie les niegue el derecho a ser felices, y mucho menos en Carnaval.
(Y si alguien les manda a callar bajo amenaza de denuncia, responsabilicen a Ana de Lesbos y dientes, dientes, que es lo que les jode.)
