No se si fue casualidad, pero el otro día me topé con dos cosas que me hicieron pensar. Por un lado me llegó un correo electrónico, de un calamarcillo al que adoro, que recordaba todas las chorraditas que haciamos de pequeños (si es que hemos crecido) los de mi generación. Por otro, nuestro showman preferido escribía en su tuenti (que gran invento) sobre los años que lleva estudiando y el miedo que le da su inclusión en el mundo laboral.
Y no sé si fue melancolía o un acto reflejo, pero me metí en el Youtube (otro gran invento) a buscar los oppenings de las series que veía de chinija (y no tan chinija y como me gustan los paréntesis): Alf, California Dreams, Alfred J. Cuak, Caballeros del Zodiaco, Oliver y Benji, Salvados por la Campana , Power Rangers, Los Fruitis y un largo etcétera.
Lo reconozco, estoy melancólica. Creo que no voy a olvidar nunca la sensación insoportable que me producía que se me cayeran los pantalones, primero, por el peso de la Game Boy y luego, por el del Alcatel mastodóntico que tuve por primer móvil.
Y mi primer día de guardería, que aunque mi madre no se lo crea aún recuerdo, cuando me vomité encima de lo mucho que lloraba, me parece ahora hasta gracioso a la par que terrorífico. ¿Por qué nos hacen eso desde pequeños con lo felices que somos con la abuela? O mi primer entrenamiento de balonmano, en el que fui una niña llamada torpeza. Y un sin fin de primeras veces...
No me gusta nada este pasteleo de melancolía, nostalgia y tiempos mejores, por lo que recurriré a mi temática habitual de sexo, drogas y demás vicios. Como mi primer cigarro, un Kruger entre las aulagas de un solar perdido, o mi primer Malibú con SevenUp en la verbena de Fariones. Qué cosas, ahora no puedo oler ni el Kruger ni el Malibú. E irrisoria fue mi primera incursión en las discotecas, aún menor, camelándome al portero de la Papagayo para que me dejara entrar. Y lo conseguí.
De sexo heterosexual no hablaré, porque me entra una mezcla extraña de rechazo y dolor que me puede, pero del lésbico, si quiere el querido público, hablaré otro día. Eso sí, mi primera vez fue... indescriptible.
Qué generación la nuestra, a caballo entre los caramelos Pez y las televisiones de plasma HD con resoluciones casi mágicas. Fuimos los últimos en enterregarnos en la calle hasta las diez de la noche y los primeros en ver el comienzo de Dawson Crece. Los últimos en comprar las pipas en pesetas y los primeros en hacer la ESO. Conejillos de indias del sistema educativo, portadores de molestas varicelas, pioneros en el uso del ratón y el teclado, afectados todos por las ondas maléficas de la telefonía movil y supervivientes al efecto 2000 (y al 90). Y aquí estamos, en los albores de dominar el mundo, de dirigir empresas, de cortar grandes rodajas de bacalao y, los menos suertudos pero no por eso peores, seguir limpiando la mierda de los demás.
Ni Obama ni Bibiana Aído ni la compra de Repsol por los rusos deciden nada. Nosotros, los que nos criamos en los 90 (y finales de los 80) tenemos la sartén por el mango. Si la crisis y la ola de frío nos dejan. Por supuesto.






