No me lo podía creer. Esta mañana me costaba articular palabras, el desayuno fue una tortura y bostezar me producía pinchazos en los maseteros. Y todo por culpa de un fin de semana loco, extraño y muy friki. Al contrario de lo que puede parecer por mis molestias en las mandíbulas, no consumí ni pizca de droga. Esta vez no. ¿El motivo del malestar mandibular? Las carcajadas.
Por primera vez, se puede decir que salí por el ambiente conejero en condiciones. Y no me gustó lo que ví. Me sentía como en Torremolinos, pero rodeada de locas que hicieron conmigo el instituto, que enfundados en pantalones pitillos de mujer, bailaban arritmicamente al son de una musiquita verbenera. Venían hacia mí, y con amenaramiento exagerado me saludaban y preguntaban por mi vida falsamente. Como si les importara. Y así uno tras otro. Como en buen bar marica, no faltaron los personajes memorables como aquel Octavio Acebes disfrazado de Pocoyo, el calvo con gemelo que hace de jurado musical por programillas de medio pelo o el diseñador frustrado de trajes de raso. Inmejorable compañía. El nivel del personal lésbico que era minoritario aunque ruidoso era más aceptable, aunque había también algún experpento digno de ser estudiado.
Esta es la cara B de la cinta, donde se esconden los peores temas del álbum homo(erectus) de la isla de los volcanes. En la cara A, donde los éxitos, tenemos que poner a Pablo, responsable del colectivo Lánzate (Asociación LGTB de Lanzarote) y un gran marica. Además ha prometido presentarme a lo mejorcito del bollerío conejero (no existe mejor gentilicio para una lesbiana), que esto sirva para que se esmere en su selección. Y a él y al resto de acompañantes les debo las agujetas en las mandíbulas.
Gracias chicos.
