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Archivos Julio 2008

No me lo podía creer. Esta mañana me costaba articular palabras, el desayuno fue una tortura y bostezar me producía pinchazos en los maseteros. Y todo por culpa de un fin de semana loco, extraño y muy friki. Al contrario de lo que puede parecer por mis molestias en las mandíbulas, no consumí ni pizca de droga. Esta vez no. ¿El motivo del malestar mandibular? Las carcajadas.

Por primera vez, se puede decir que salí por el ambiente conejero en condiciones. Y no me gustó lo que ví. Me sentía como en Torremolinos, pero rodeada de locas que hicieron conmigo el instituto, que enfundados en pantalones pitillos de mujer, bailaban arritmicamente al son de una musiquita verbenera. Venían hacia mí, y con amenaramiento exagerado me saludaban y preguntaban por mi vida falsamente. Como si les importara. Y así uno tras otro. Como en buen bar marica, no faltaron los personajes memorables como aquel Octavio Acebes disfrazado de Pocoyo, el calvo con gemelo que hace de jurado musical por programillas de medio pelo o el diseñador frustrado de trajes de raso. Inmejorable compañía. El nivel del personal lésbico que era minoritario aunque ruidoso era más aceptable, aunque había también algún experpento digno de ser estudiado.

Esta es la cara B de la cinta, donde se esconden los peores temas del álbum homo(erectus) de la isla de los volcanes. En la cara A, donde los éxitos, tenemos que poner a Pablo, responsable del colectivo Lánzate (Asociación LGTB de Lanzarote) y un gran marica. Además ha prometido presentarme a lo mejorcito del bollerío conejero (no existe mejor gentilicio para una lesbiana), que esto sirva para que se esmere en su selección. Y a él y al resto de acompañantes les debo las agujetas en las mandíbulas.

Gracias chicos.

El placer es miel para las golfas y los orgasmos las perlas de las feas. Todas las golfas buscamos lo mismo y solo las golfas feas los consiguen. Porque Dios (o Alá o el que esté de guardia) da pan a quien no tiene dientes. No es este el grito desesperado de una bollera a la que han dejado por una más fea que ella, es una apreciación que hago tras meses de observación en un lugar llamado Chueca.
Y tras esto me tacharán de superficial. Y reconozco que lo soy. Lo siento, no podría llegar a nada con alguien que puede producirme el vómito. Soy así de rara. Sé que el resto del mundo no es superficial, que lo más importante para todos es el interior y que valoran mucho más el intelecto y la simpatía que un buen culo y una pechonalidad imponente. Sé que el resto del mundo, al parecer, no es tan sincero.

Y ya está bien por hoy y por toda la semana, que tengo mucho trabajo y muy pocas ganas de nada, Ya contaré como fue mi primera marcha rollobollo por la isla de los volcanes.

Sean felices, dróguense y sexeen mucho.

trajeados.JPGEn la vida universitaria se hacen muchas locuras. Unas malas, desagradables e incómodas; otras, en cambio, son divertidas, salen bien y las recuerdas para siempre (o casi siempre, que el alzheimer acecha). La noche de trajes, puros y gintonics es de las segundas.
Tras pegarnos la paliza del curso limpiando a fondo un piso de estudiantes que daba más asco que pena, decidimos irnos de marcha. Nos daba igual el estar en medio de los exámenes de junio, nos daba igual no tener ya un duro. Era uno de esos momentos que tomas una decisión y te aferras a ella a sabiendas de que estás equivocadísima. Buscas argumentos donde no los hay pero acabas justificando esa salida de tono.
Y allí estabamos, vestidos de etiqueta, mis dos compañeros de piso y una servidora. Nuestro plan era infalible. Entrar trajeados a los peores antros de Madrid y ver las reacciones de los presentes. Nos encanta llamar la atención y, de paso, hacer investigaciones psicológicas. Que para algo vivo con un psicólogo...
La noche transcurrió según lo esperado. Unas cervezas en un antro de guiris poblado por ligones con traje de la tercera edad y, tras perdernos durante casi una hora, unos gintonics acompañados por un Cohibas en una discotequilla decadente que intentaba dar el pego de moderna.
Queriamos rematar una noche casi perfecta entre room mates. Y ahí salió mi lado más bollo (que ya había tardado en salir). Propuse acabar en Chueca, que siempre fiel me regala unos momentos irrepetibles. Entramos en la peor discoteca de chicas del mundo, en la que inexplicablemente, siempre acabo. Había poca gente y demasiadas conocidas.
La ginebra me suele producir una borrachera rápida, eficaz y resacosa. Y allí estaba yo, medio borracha, rodeada de nuevas y viejas conocidas, acompañada por las dos personas que más me conocen en Madrid y vestidos los tres de vendedores de seguros (o productores de Cuatro, según se mire). Una de las viejas (conocidas) se me acercó y comentó algo sobre nuestro aspecto, no recuerdo muy bien el qué. Y me fui hacia ella, le coqueteé y se produjo el siguiente diálogo:
Ella: ¿A que estaría genial besarme?
Yo: No lo sé, no lo he probado, pero dime quién quieres que te bese que te la traigo.
Ella: Pero pruébalo tú, mujer.
Yo: Vamos a ver, me estás entrando tú a mí. ¿No te da vergüenza? ¿Qué te hace pensar que una tía como yo se iba a liar con una persona como tú? De verdad, a veces me sorprende lo valiente y temeraria que puede ser la bollera media. En fin... esta noche lo he visto todo.
Y me fui con mis vendedores de seguros dejándola allí, con una cara de poker que daba pena verla. Supongo que sería el alcohol o que mi prepotencia innata me jugó una mala pasada. El caso es que la humillación fue superlativa.
Cerraba la discoteca y tocaban las despedidas. Salimos y ya fuera vino a darme dos besos. Se los dí y rematé la faena diciendo:
"Buenas noches doña Calabazas, intenta dormir esta noche, sé que después del plantón será complicado pero lo tienes que olvidar y, sobre todo, que no te tiente la idea del suicidio. Supéralo."

"Ven a desayunar conmigo". Así rezaba la camiseta de la mujer más impresionante de todo el orgullo madrileño. Vale, no era la más impresionante, pero sí la que más me gustaba y con eso me vale.
No voy a describirla, pues no quiero entrar en guerra con mis hormonas locas tras mucho tiempo de sequía genital. Pero les digo, era mucho más guapa que Isabel. Lo juro (que se me da bien jurar).
Me la encontré en medio del la manif(i)estación, a la altura del cruce entre la calle Alcalá y la Gran Vía, subida en un andamio, agitando los brazos y empapandose con agua. Mi miss camiseta mojada. Y no era lo único que tenía mojado. Ñam.
Luego entre las drogas y el alcohol, la perdí. No desayuné con ella, ni siquiera compartimos algo más que un poco de saliva. Ni una palabra interesante, ni una mirada coqueta. Nada.
Así son las historias de la celebración del orgullo maribollo. Llegas, eliges y vences. Saliva, sudor, flujos y orgasmos si hay suerte. Se acabó. Mañana si te veo no me acuerdo, o si me acuerdo pero hago como que no. Para hacerme la interesante, la que se ha liado con miles y ya no recuerda ni la cara de la de anoche. Mi pedantería me delata.
Sí, somos unas promiscuas, lo reconocemos pero no estamos muy orgullosas de eso. Nos queremos quitar ese estigma a toda costa y para ello hacemos locuras como irnos a vivir con alguna a las dos semanas de conocerla o como pedir matrimonio a sabiendas de que eso se acabará al poco tiempo. Y es que somos una ilógicas, o en su defecto unas temerarias. Pero yo me desmarco de ese estilo de vida. Quiero ser promiscua sin intentar disimularlo, quiero descubrir lo que es el amor por fascículos, que mis sábanas huelan a mezcla de perfumes femeninos y que mi boca no vuelva a jurar amor eterno a nadie. Como mucho un cariñito efímero, unas palabras simpáticas en el momento justo y cuando me despierte, no quiero que sigas ahí. Que luego las sábanas agarran tu olor y no te vas nunca de mi cuarto.

Y así que se de por inaugurada la categoría de amores y desamores. Sin más.

Es una sensación extraña. Una mezcla de euforia, ansiedad y bienestar a partes idénticas. Algo por lo que toda persona debería pasar para conocer los límites de su cuerpo y mente.

El sol de mayo se hacía notar en los ceños fruncidos de los paseantes de Arrecife. El olor a mar, que tanto echaba de menos en Madrid, se mezclaba con los aromas matutinos de los desayunos servidos en las cafeterías y bares de la zona. Churros, café, pan, chocolate y mar. Para que luego digan que no hay paraísos en la tierra. Me sentía tranquila, relajada y bien acompañada. Disfrutaba de mis churros con chocolate como si me fuera la vida en ello. Los viajes en avión siempre me dejaban con un hambre canina y ahí estaba la muestra. Fuera, tras la ventana, el sol. Brillante. Majestuoso. Como sus ojos.

En unas pocas horas me enfrentaría a mi primer tatuaje. Llevaba años decidiéndome. El dibujo, la forma, el color, la zona, el estudio. Y es que inseguridad es mi segundo nombre. Y el momento era ese. El fin de una época, en los albores de mi primera madurez (a los 21 años y es que algunas tardamos en madurar). Era como un impulso, una llamada de atención a mi presente. Se me iba todo de las manos esos meses y necesitaba un algo. Ese algo. Fuerzas. Y nada me daba más fuerza que mi tierra, mi gente, mis raices, mis primeros pasos en todo.

Y allí entré. En un angosto estudio en el centro de Arrecife, famoso porque el tatuador que lo regenta lleva más de diez años en el oficio y hoy por hoy, es lo único decente de la isla. Ya estaba todo hablado. El sitio, el dibujo, la forma, el color y el tamaño. No hizo falta casi mediar palabra.

Me senté en una silla y apoyé el brazo, mirando hacia arriba en la camilla. El tatuador me agarró la mano con firmeza e inspeccionó la fina piel de mi muñeca, blanca, atravesada por azules vasos sanguíneos y tendones fuertes. Entonces agarró la máquina, la puso a funcionar y sin que casi pudiera reaccionar atravesó mi piel con un primer pinchazo, agudo, directo, fuerte y doloroso. Y vino un segundo pinchazo, y un tercero y un cuarto. Y dejaron de ser pinchazos para convertirse en cosquillas ardientes. Me concentré en la música y disfruté del momento.

-¿Por qué una pintadera?- preguntó él, supongo que por darme un motivo para olvidarme del dolor.
-Porque necesitaba un algo, y no hay mejor algo que la tierra que me vió nacer.
-¿Vives fuera?
-Sí, estudio en Madrid una carrera vocacional que ha sido una de las mayores decepciones de mi vida. Pero no es solo eso. Necesitaba un aliciente, un cambio. Algo que representara una ruptura con una época que solo quiero superar. Necesitaba eso, un algo.

Me dedicó una sonrisa cómplice y sigió castigando con tinta eterna mi piel. De los altavoces empezaron a sonar unos acordes inconfundibles: System of a down. No existía en todo el universo musical canciones que necesitara escuchar más en esos momentos. Noté como en un segundo mi cuerpo liberó adrenalina como para alterar a un centenar de adictos a las atracciones extremas. Mi sangre, la misma que salía en hilillos por las heridas que dejaba a su paso las agujas cargadas de tinta, estaba inundada de hormonas.

Imagen Thumbnail para Tatuaje.jpgEn mi muñeca se quedó para siempre una pintadera en relieve sobre una piedra negra de volcán conejero, en mi sangre esas hormonas y en mí misma se quedó un algo.

Espero que para siempre también.


(Sí, un post donde no buscaba ni la polémica ni los aplausos, pero tenía que escribirlo. Que no sirva de precedente)

Torremolinos, Torroles o como se llame aquel guetto de látex y lentejuelas.

Prometo saciar tu sed de morbo. Amén