No hay nada más tedioso para un periodista -al menos para quien esto escribe - que tener que rellenar el hueco que le han dejado para una noticia que en realidad se podría resolver, en caso de que lo mereciera, con un breve. Y, por el contrario, nada más frustrante que la obligación de condensar una historia en dos folios. Es entonces cuando echa mano de lo que llamamos la "pirámide invertida": narrar los hechos comenzando por lo que crees más "importante".
Después de compartir dos semanas con el Coro de la OFGC muchas cosas se quedan sin contar: La reunión con la presidencia y las promesas de un futuro acuerdo que se está redactando; el ritual del control diario de asistencia; la constatación de que el coordinador de coros no era una entelequia; las caras que ponía Mario Pontiggia durante la prueba que le hizo al barítono Enrique Sánchez antes de un ensayo, el temido O-maaaa-dreeee-miiiiiiiiiiiiiiiiii-aaaaa que ordena Luis para que, por fin, se "coloque" todo en su sitio; los viajes del Coro "por los pueblos" a dar conciertos para un público inexistente, la danza generalizada que provocaban ciertos pasajes de Carmina Burana; o la historia de aquella contralto que perseguía a los bajos para que le cantaran entre bambalinas, una y otra vez, un fragmento de In Taberna... Lástima que el papel tenga límite y que yo dijera que el blog cerraba con el concierto.




Para los coristas, el "rito de paso" que les sitúa "dentro" es el primer concierto y el símbolo por excelencia es "el traje". 
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