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Novedades en la categoría Versión original


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Incluso un hombre puro de corazón, que reza sus plegarias todas las noches, puede convertirse en lobo cuando el lobo aúlla y brilla la luna en otoño

El primer estudio cinematográfico que viene a la mente cuando hablamos de cine de terror es Universal Pictures. En apenas tres décadas, desde finales del cine silente hasta principios de los años 50, sentaría el canon del género y traería a las pantallas (y a las pesadillas de varias generaciones de espectadores) una pandilla alucinante de abominaciones clásicas que, de una manera u otra, jamás han dejado de acompañarnos en nuestras noches en vela. Quasimodo, Drácula, la momia, el monstruo de Frankenstein, el fantasma de la Ópera, el hombre invisible, el hombre lobo y, finalmente, la criatura de la laguna negra. Figuras ominosas en blanco y negro que nos retrotraen a tiempos en que lo importante era la atmósfera, y no el carrusel de sustos. Mitos que recibirían una nueva transfusión de sangre fresca cuando la Hammer Films tomó el relevo y los dotó de nuevas texturas inyectadas en rojo. Espantos que siguen hibernando en sus madrigueras, cuevas o ataúdes hasta que nuevas generaciones de creadores deciden devolverles la vida. Muertos en vida, vivos después de la muerte de quienes los soñaron primigeniamente: Bram Stoker, Víctor Hugo, Mary W. Shelley o H.G. Wells. Y que, casi desde el mismo comienzo de los tiempos, vinieron siempre acompañados por sus versiones bufas, pues nada hay más liberador que la carcajada detrás del escalofrío. La sonrisa congelada del desfigurado hombre que ríe, el hado funesto del hombre sin brazos del circo, la adorable viejecita trasmutada en vicioso criminal.

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Desde Lon Chaney, el hombre de las mil caras, hasta la saga "Scary Movie", las parodias del cine de terror (o el humor dentro del propio género, como evidencia a la perfección la obra de James Whale) han sido una constante en la gran pantalla. En su origen, el cine de horror de la Universal puso a prueba los límites de la censura y trascendió los notables prejuicios a los que se ha enfrentado tradicionalmente el cine terrorífico, demostrando que calidad y comercialidad podían ir de la mano. Pero no fue la belleza lo que mató a la bestia. Fue la comedia. Al menos así fue hasta que la Hammer retomó los elementos más provocativos (como el subtexto sexual ), potenciándolos y abandonando los posibles elementos paródicos. Nadie parecía estar a salvo de las garras del humor. Los monster mash-ups (o ensaladas de monstruos, con su desopilante tótum revolútum de personajes con la aquiescencia de sus propios iconos), Bob Hope, los Dead End Kids o Abbott & Costello habían descarnado al género de su esencia terrorífica, y se hacía necesaria una vuelta a la senda del miedo. Pero una vez concluida (o agotada en sí misma) esta ruta, hubo un nuevo retorno al humor, con públicos progresivamente descreídos tomándose a guasa aquello mismo que les había puesto los pelos de punta apenas unos años antes. Y este carrusel ha seguido girando prácticamente desde los comienzos del cine, y no parece tener visos de detenerse en un futuro cercano. Horror y comedia, carcajadas y escalofríos, pues ¿acaso hay algo más admirable que ser capaz de reir en la cara misma de la muerte?

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Aunque la Universal ya había explorado el territorio de la licantropía con "El lobo humano" (1935), no sería hasta la combinación de los talentos de Curt Siodmak (guionista), Lon Chaney Jr. (protagonista) y Jack P. Pierce (maquillador) cuando germinase el icono de "El hombre lobo", sentando las bases para toda revisión (o parodia) posterior del fenómeno. Larry Talbot, el eterno maldito, germen de casi todo (desde Paul Naschy hasta los vampiros cubiertos de purpurina de recientes sagas coyunturales) y padre de los monstruos torturados por su propia condición, rebeldes con causa pero sin cura, condenados a vivir matando y morir viviendo. Parábola nada sutil de los crímenes del nazismo, estrenada a rebufo del ataque japonés a Pearl Harbor y descomunal éxito de taquilla, la película de George Waggner devolvería a Universal al epicentro del horror, además de reescribir para siempre la figura del licántropo: las transformaciones en luna llena, el contagio a través de la mordedura, el empleo de balas de plata...

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Llegados los años 80, la estruendosa irrupción en el cine norteamericano de (la promesa rota) John Landis, cuya sentida debilidad por el género desde una vena irrefrenablemente burlesca (en la onda de Mel Brooks, pero en mayor consonancia con un cierto espíritu contracultural), depararía uno de los grandes éxitos del cine de terror contemporáneo, "Un hombre lobo americano en Londres". Frente a la coetánea "Aullidos" de Joe Dante, que se enfrentaba al hombre lobo desde una perspectiva más respetuosa con la tradición canónica, el film de Landis combinaba efectos de maquillaje de última generación a cargo del oscarizado Rick Baker, un guión que desacralizaba los hallazgos de Siodmak pero sin renunciar a una sobredosis de escalofríos y un puñado de efectivas set pieces que han soportado excelentemente el paso del tiempo. Un homenaje sincero a aquellas noches buscando monstruos bajo la cama o dentro de los armarios. Jocoso quizá, pero nunca irrespetuoso. Y que conocería una memorable prolongación cuando Michael Jackson, en la cumbre de su carrera, contratara a Landis para dirigir el videoclip más famoso de todos los tiempos, "Thriller", afectuosa aproximación a los tópicos del género con, una vez más, excelentes caracterizaciones a cargo de Baker.

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"Un hombre lobo americano en Londres" se proyecta mañana lunes 25 de abril, a las 19:30 horas en el CICCA. Como siempre, en versión original subtitulada y con entrada gratuita. Después de la proyección, el habitual coloquio. Buena luna, criaturas de la noche.


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Entre el 24 de marzo de 1958, momento de su incorporación al ejército norteamericano, y el 5 de marzo de 1960, fecha en que se licencia con el grado de sargento, Elvis Presley tuvo que mantenerse alejado de las pantallas de cine. Fueron dos años de no completo silencio, pues su discográfica RCA Victor supo espaciar convenientemente el material que habían podido grabar antes de su servicio militar, incluyendo nada menos que una decena de temas en el Top 40. Pero numerosos factores habían llevado al propio artista a creer que el final de su carrera como ídolo musical de masas había llegado a su fin. No sólo fueron dos años de relativo retiro, justo en su momento de apogeo, sino además se produjo la confluencia de diversas circunstancias personales, como la muerte de su adorada madre Gladys o conocer a la que acabaría convirtiéndose en su esposa, Priscilla, en Alemania, donde estaba destinado (hecho que podía no gustar a sus fans) o profesionales, como la aparición de nuevas figuras musicales dispuestas a arrebatarle su trono (Bobby Darin, Frankie Avalon, Fabian, Ricky Nelson o Pat Boone, todos ellos con carreras igual de escasamente distinguidas en el cine).

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A su vuelta a los Estados Unidos, su discográfica se apresuró a meterlo en el estudio de grabación para proporcionar a sus ansiosos admiradores nuevo material con el que compensar la larga ausencia de la estrella, además de volver a proporcionarle la necesaria visibilidad mediática para engrasar la imparable maquinaria comercial. Apariciones televisivas y nuevas películas fueron algunas de los pasos en ese sentido. Su primera película en dos años, "G.I Blues", se convirtió en un enorme éxito comercial, potenciado además por la magnética presencia del Rey de uniforme. Su mánager, el Coronel Parker, y el dueño de su contrato cinematográfico, el veterano productor Hal B. Wallis, preferían apostar sobre seguro y rodar vehículos sencillos, de presupuesto modesto, a mayor gloria de la estrella, pero Elvis insistía en demandar papeles más exigentes como actor. De modo que sus siguientes dos films serían a modo de préstamo y con material que parecía augurar todo tipo de parabienes comerciales y críticos. "Estrella de fuego", un western antiépico sobre la condición de mestizo, y "El indómito", un melodrama con guión de nada menos que Clifford Odets. Sin embargo, la taquilla dio la razón a Parker y Wallis, y el relativo fracaso comercial de ambas propuestas abocó a Elvis a dos decenas de películas intrascendentes, en escenarios vistosos como Acapulco, Hawai o Las Vegas, rodeado de starlets, y la mayoría de las veces con inexistente enjundia.

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El proyecto de "Estrella de fuego" llevaba algunos años rodando los estudios. Inicialmente se pensó en nombres del calibre de Marlon Brando o Frank Sinatra, o de directores como Michael Curtiz o el finalmente guionista Nunnally Johnson, para llevar a la gran pantalla la novela "Flaming Lance" de Clair Huffaker (novelista y guionista estrechamente vinculado al cine del Oeste durante la década de los 60, con títulos tan populares como "Río Conchos", "Los comancheros" o "100 rifles"). Tras acabar en manos del notable especialista en cine de género, Don Siegel, y ya con Elvis como protagonista, la 20th Century Fox le rodeó de un destacado reparto de rostros populares: Steve Forrest (el posteriormente popularísimo Hondo Harrelson de la televisión), la guapísima Barba Eden (a punto de convertirse en otro icono de la pequeña pantalla, la bella genio Jeannie) y veteranos del calibre de Dolores del Río y John McIntire, además de un presupuesto holgado y excelentes técnicos. Encarnando al mestizo Pacer Burton, Presley vuelve a dejar apuntes de lo que pudiera haber llegado a ser si sus caminos hubieran sido otros. No es éste simplemente otro de esos títulos concebidos a lucimiento y gloria de la estrella, y demuestra que, en las manos indicadas, Elvis podría haber sido un intérprete notable.



"Estrella de fuego" se proyecta hoy lunes 28 de marzo, a las 19:30 horas en el CICCA. Como siempre, en versión original subtitulada y con entrada gratuita. Después de la proyección, el habitual coloquio, donde intentaremos ahondar en aspectos de la propia película o de la carrera de Elvis. Quedan todos invitados. ¡Larga vida al rey!


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Desde sus inicios, la carrera cinematográfica de Elvis Aaron Presley vino marcada por lo que otros (su manager, el Coronel Tom Parker, los productores, su casa de discos, RCA Victor) creían conveniente para cultivar su imagen y personalidad, pero también para limar aquellas aristas que lo pudiesen alejar de un posible consumo familiar, domesticando progresivamente su magnetismo animal y encasillándolo en musicales exóticos, plagados de canciones y chicas monas, pero cada vez menos interesantes. Para ello, el veterano productor Hal B. Wallis, quien había sido jefe de producción de la Warner antes de independizarse, recurrió a algunos eficientes directores de la edad dorada del Hollywood clásico, como Norman Taurog (quien sigue siendo el director más joven en ganar un Óscar, en 1931, por "Skippy", además de firmar títulos tan populares en su momento como "Forja de hombres" o "Las aventuras de Tom Sawyer"), Richard Thorpe (cuya filmografía incluye numerosos clásicos del cine de aventuras como "Tarzán en Nueva York", "Ivanhoe" o "El prisionero de Zenda") y el húngaro Mihály Kertész, quien pasaría a la historia del cine como Michael Curtiz.

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A comienzos de 1958, Curtiz trota de estudio en estudio, cada vez con menos ofertas de trabajo, después de su intempestiva marcha de la Warner, donde había trabajado ininterrumpidamente durante cuatro décadas, y había firmado clásicos inmortales como "Casablanca", "El capitán Blood" o "Las aventuras de Robín de los bosques". Y Elvis se apresta a incorporarse al ejército norteamericano, después de ser llamado a filas. Wallis, que había trabajado con Curtiz en la Warner y lo admiraba como director, a pesar de algunas desavenencias debido a la proverbial tendencia de Curtiz a retrasar los rodajes con su atención al detalle, le había hecho llegar la novela de Harold Robbins "A Stone for Danny Fisher" ya en 1955, pero habían encontrado dificultades en pergeñar un guión que inluyese aquellos aspectos típicos de la obra de Robbins (violencia, sexo y melodrama) sin incurrir en las iras censoras, además de la falta del intérprete adecuado para su protagonista. Wallis barajó varios nombres durante los años siguientes (Ben Gazzara, John Cassavetes, Marlon Brando, James Dean e, incluso, el admirado por Presley, Tony Curtis, de quién había adoptado el corte y color de pelo) antes de decidirse por Paul Newman, pero éste lo había rechazado por sus similitudes con otro de sus roles recientes, el boxeador Rocky Graziano de "Marcado por el odio". Pero el impacto innegable de Elvis Presley en las taquillas norteamericanas, donde títulos tan decididamente mediocres como "Love Me Tender" o "Loving You" habían hecho recaudaciones millonarias, y el hecho de estar bajo contrato con Wallis, hizo que el protagonista acabase siendo encarnado por el rey del rock.

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En las siempre eficaces manos de Curtiz, y arropándolo con un buen plantel de secundarios (Dean Jagger, Carolyn Jones, Walter Matthau, Vic Morrow), el rodaje se acelera para poder concluirlo antes del servicio militar de la estrella. Además, contratan a algunos de los mejores compositores de canciones del momento, como Jerry Leiber y Mike Stoller (autores de éxitos imperecederos como "Hound Dog", "Poison Ivy" o "Stand By Me"), para la banda sonora. El resultado final, rodado en elegante blanco y negro por Russell Harlan (sería el último título en blanco y negro de Elvis, progresivamente embarcado en coloristas vehículos para su lucimiento musical y físico), constituye posiblemente la mejor película de su filmografía y pone de manifiesto que, quizá en otras manos, Presley podría haberse convertido en un intérprete apreciable (como otros cantantes que le precedieron, por ejemplo, Bing Crosby, Frank Sinatra o Dean Martin). Al menos era la película que Elvis prefería de entre las suyas, y Curtiz su director favorito. Lamentablemente, nunca volverían a trabajar juntos.

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"El barrio contra mí" se proyecta mañana lunes 21 de marzo, a las 19:30 horas en el CICCA. Como siempre, en versión original subtitulada y con entrada gratuita. Después de la proyección, el habitual coloquio, donde intentaremos ahondar en aspectos de la propia película o de la carrera del Rey del rock.

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Cuando Tony el estefanés sale de la cárcel enfermo, después de una condena de cinco años, su amigo Jo el sueco, el hombre al que no quiso delatar, se hace cargo de su cuidado. Su intención es reformarse, pero pronto llega a sus oídos la noticia de que su antigua novia, Mado, se ha convertido en la amante de Pierre Gruter, el gángster propietario del club "La edad de oro". Desesperado, sin dinero, ni donde acudir, planea con Jo y Mario, un amigo italiano de ambos, el atraco a una importante joyería, para el que reclutan a un experto en cajas fuertes, César el milanés. Después de preparar cuidadosamente el golpe hasta el último detalle, utilizan el método del butrón y penetran en el establecimiento por el techo...


Las peripecias profesionales y vitales del cineasta de Connecticut Julius "Jules" Dassin (1911-2008) ejemplifican a la perfección las contradicciones y vicisitudes de una parte significativa de aquellos intelectuales y creadores de izquierdas que se vieron obligados a convivir con el nefando Comité de Actividades Antiamericanas. La pobreza de la infancia en barrios marginales neoyorquinos como Harlem o el Bronx, el mazazo de la Gran Depresión (que sumió en la miseria a millones de norteamericanos), el auge de los fascismos, la educación autodidacta, la vinculación con grupos revolucionarios de teatro (en su caso, el Federal Theatre), el desengaño profesional tras entrar a formar parte del engranaje hollywoodense (como director asalariado para la Metro-Goldwyn-Mayer) o la disyuntiva entre delatar a los compañeros de viaje o el ostracismo. Una suma de circunstancias que lo convertirían en emigrante a su pesar, trotamundos impenitente, cineasta con el arte como única patria.

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Tras iniciar su carrera como actor yiddish, y una etapa de aprendizaje y asentamiento como director en la Metro (de la que acabaría renegando amargamente), sería de la mano del productor Mark Hellinger y el cine negro con toques neorrealistas ("Fuerza bruta" y "La ciudad desnuda") como alcanzaría el prestigio crítico. Sin embargo, el proyecto que acabaría convirtiéndose en "Rififí" (palabra que en argot vendría a significar algo así como "camorra") llegó a las manos de Julie Dassin tras un impasse profesional de cinco años. Su última película, "Noche en la ciudad", había sido enormemente alabada (y muchos años más tarde objeto de un remake por Irwin Winkler y Robert De Niro), pero la Caza de Brujas primero, y posteriormente las desavenencias con sucesivos productores (entre los proyectos en los que estuvo involucrado figuran un vehículo de lucimiento para el gran cómico galo Fernandel, "El enemigo público número 1", y la adaptación de la novela de Giovanni Verga "Mastro Don Gesualdo") marcaron un lustro de silencio. Pero a propuesta de un productor francés, que necesita con urgencia un cineasta que adapte a la gran pantalla el exitoso libro de Auguste LeBreton, inicia su carrera lejos de Hollywood, y además en un idioma que no era el suyo, urgido por la necesidad de mantener a su familia.


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Una vez a cargo del proyecto, decide prescindir de casi la totalidad de la novela (repleta, en palabras del propio Dassin, de chulos y prostitutas, además de un montón de asesinatos y cierto sadismo) y articular el guión alrededor del robo de la joyería (que apenas ocupaba una decena de páginas en el libro), alargando su duración más allá de media hora de metraje, empleando asimismo el novedoso recurso de rodarlo en casi completo silencio, sin música, solo con el sonido sofocado de los propios atracadores. Tras escribir el guión en inglés en apenas seis días (y recabar la colaboración en la traducción al francés de René Wheeler) y con un ajustado presupuesto que no permitía la contratación de estrellas rutilantes o el uso de grandes decorados (obra de uno de los grandes magos del cine, el diseñador Alexandre Trauner), Dassin demostró su maestría con una dirección que evidencia un enorme dominio de la puesta en escena, una cuidada composición y planificación del montaje de las secuencias, un excelente retrato de los ambientes del hampa parisina y una cierta inmoralidad en el tono que hace que nos pongamos del lado de unos personajes marcados por su destino.

Para sorpresa de todos, una película de bajo presupuesto escrita y rodada en poco más de un mes, se convertiría en un descomunal éxito comercial y crítico, no solo en Francia, sino en todo el mundo (excepto los EE.UU., donde su nombre seguía siendo tabú, por lo cual tendría una distribución limitada a una sola sala neoyorquina), provocando toda una avalancha de imitaciones, variaciones y parodias; entre las más recordadas, "Rufufú" de Mario Monicelli, y rififís varios de todo pelaje en Tokio, Amsterdam, en el convento, entre las mujeres y en la ciudad (a cargo del tío Jess Franco), amén de un anunciado remake próximo a cargo de la dupla Harold Becker-Al Pacino. Además, le proporcionaría a Dassin el galardón (compartido) al mejor director en el Festival de Cannes (donde conocería a su desde entonces compañera y musa, la actriz y luego política griega Melina Mercouri), volviendo a situar su nombre en la primera línea del negocio, y posibilitando así una carrera cinematográfica estable hasta su retirada 25 años más tarde. En palabras de François Truffaut, "de la peor novela que he leído, Dassin hizo la mejor película de cine negro que yo haya visto nunca".

"Rififí" pone colofón al ciclo que la Asociación de Cine Vértigo ha venido dedicando al polar en el CICCA, y se proyecta este lunes a las 19:30 horas, en versión original subtitulada y con entrada gratuita.

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Michel es un delincuente. Tras robar un coche en Marsella emprende viaje a París para cobrar un dinero que se le adeuda y volver a ver a su amiga estadounidense, Patricia. En el camino, perseguido por la policía de tráfico, mata a un agente. Llega a París, pero no tiene dinero, por lo que recurre a varios amigos. Pasa su tiempo con Patricia, intentando convencerla de volver a acostarse con el, y de acompañarle a Roma. Los dos van de un lugar a otro, mientras Michel trata de recuperar su dinero y se oculta de la policía.

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Hablar de "A bout de souffle" sin caer en la pleitesía o reincidir en el tópico resulta harto difícil, por no decir imposible. La opera prima de Jean-Luc Godard se ha convertido casi en un constructo mítico, un artefacto cuyos valores (innegables) se han visto revestido de una pátina de respetabilidad que topa frontalmente con las intenciones originales de sus creadores, quienes, al hacer apología de la serie B norteamericana y despreciar las convenciones narrativas establecidas por la gramática cinematográfica, buscaban romper con las tradiciones arraigadas del cine galo (y mundial) y dinamitarlo todo para reconstruirlo con las piezas cambiadas de sitio. El peso icónico de Belmondo y Jean Seberg, la apuesta por crear un antihéroe carismático y las constantes licencias técnicas y expositivas la han situado en un anaquel difícilmente cuestionable, por su propia condución rupturista. Podríamos hablar aquí casi de un anti-polar, puesto que el film de Godard subvierte los tópicos del cine policíaco, y sin duda fue un título adelantado a su tiempo. Pero Godard se reconoce deudor de quienes le precedieron, y en este caso, la presencia de Jean-Pierre Melville (sin duda, el gran maestro del cine negro francés) resulta paradigmática.

"Hay una línea directa entre Al final de la escapada y Bonnie and Clyde, Malas tierras y la rebelión juvenil de finales de los 60. El film ejerció una influencia crucial en la Edad de Oro de Hollywood (1967-1974). Son incontables los personajes interpretados por Pacino, Beatty, Nicholson o Penn que descienden directamente del asocial asesino Michel encarnado por Belmondo" (Roger Ebert)


"Al final de la escapada" se incluye dentro del ciclo que la Asociación de cine Vértigo viene dedicando al polar en el CICCA, y se proyecta el lunes 17 de enero a las 19:30 horas en versión original subtitulada y con entrada gratuita.

En el número de enero de la edición española de Cahiers du cinema se hace, además de la habitual lista de las mejores películas del año, una especie de clasificación alternativa, no por la dificultad o riesgo de sus títulos, sino porque se centra en aquellas obras que muchos denominan "invisibles", obras hurtadas al gran público y que ven condenada su existencia al esquinado territorio de los festivales y los circuitos marginales.

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En el quinto lugar de esa clasificación nos encontramos con "Vengeance", del hongkonés Johnnie To, un paseo de ida y vuelta hacia el polar francés más nelvilleniano de la mano del gran Johnny Hallyday. Esa película se estreno en mayo de 2009 en Cannes, y en septiembre de ese mismo año se pudo ver en el Festival de San Sebastian. Desde entonces, y a pesar del nombre que su director ya tiene entre los espectadores más avezados y a pesar de ciertos comentarios críticos positivos, pocas oportunidades se le han dado. Incomprensible, pero cierto.


También en Cannes, pero en el mayo de 2005, se estrenó uno de los títulos más emblemáticos de To. Dentro de una impresionante sección oficial ("L´Enfant", "Una historia de violencia", "Los tres entierros de Melquíades Estrada", "Manderlay", "Last days", "Caché", Three times", "Bashing"...), Johnnie To acudía por primera vez con "Election". Quienes no conocían de su obra anterior marcaron su nombre con fuego después de aquel primer encuentro.


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"Election", alabada por el omnipresente Quentin Tarantino como la mejor película de ese 2005, es quizás uno de los mejores ejemplos del "Toque To", esa sugerente mezcla de un interior sustentado en análisis sociales clarividentes, y envuelto en un papel de regalo arrebatadoramente estilizado. La película se centra en el proceso de elección del líder de la triada más antigua de Hong Kong. Estas organizaciones criminales asiáticas se organizan en grupos de tres personas (de ahí su nombre) interconectados jerárquicamente con otros grupos por solo uno de sus integrantes, lo que conlleva un total desconocimiento del resto de los miembros de la triada. A diferencia de las mafias occidentales, más parecidas a una gran familia, las conexiones son aquí más colaterales, algo tremendamente útil a la hora de esquivar las pesquisas policiales.


To nos introduce con enorme sutileza en ese proceso de búsqueda de un nuevo líder. Las rivalidades feroces emergen entre los dos candidatos a hacerse con el cargo. Lok es el favorito para ganar, pero su rival, Big D, no se detendrá ante nada para que eso cambie, incluyendo ir en contra de años de tradición e influenciar el voto con el dinero y la violencia. Una lucha por el poder que amenaza con partir a la tríada en dos.

Con casi cincuenta largometrajes a su espalda y veintiséis premios cinematográficos decorando las estanterías de su casa., en España solamente se han estrenado comercialmente tres de sus películas. Una de ellas es esta "Election", con la que la Asociación de cine Vértigo culmina el ciclo "Delicias orientales" y con la que aspira a poner un granito de arena a la hora de hacer visible lo invisible. Respetadísima en occidente (mejor director y Premio Jurado Joven en el Festival de Sitges) y venerada en Asia, donde alcanzó el reconocimiento de la crítica (Mejor película y director para la crítica hongkonesa) y de la industria (Mejor película, director, guión y actor en los Premios del cine hongkonés), tienen ustedes ahora la oportunidad de degustar el último plato de este menú de Delicias que esperamos que hayan disfrutado.


Durante los cuatro lunes del mes de febrero, la Asociación de cine Vértigo prosigue con su incansable singladura por otros horizontes del cine mundial. En esta ocasión, la nave recala en los fondeaderos orientales, desde donde asoman con cada vez mayor regularidad algunos de los platos más apetecibles y memorables de la última década. En semanas consecutivas, siempre a las 19:30 horas con entrada gratuita e imprescindible V.O.S., nos asomaremos a la obra de cuatro de los francotiradores más interesantes del nuevo cine asiático: los chinos Wong Kar Wai, Johnnie To y Andrew Lau, y el surcoreano Park Chan-wook. Un ciclo que, por su propia brevedad, apenas permitirá vislumbrar someramente parte del fulgor de la obra de estos cuatro magníficos cineastas, pero que pretende servir de acicate (a lo que esperamos contribuir también desde el coloquio) para una aproximación posterior más exhaustiva a su obra.

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Hoy lunes 1 de febrero, abriremos fuego (nunca mejor dicho) con una película hongkonesa del año 2002 titulada originalmente Mou gaan dou, conocida internacionalmente como Infernal Affairs, y estrenada en nuestro país en DVD (lo cual dice mucho de la miopía de nuestros distribuidores) con el poco afortunado título Juego sucio. Dirigida a cuatro manos por Wai-keung "Andrew" Lau y Alan Mak, constituye uno de los más aclamados títulos del reciente cine policíaco hongkonés (todo un brillante subgénero repleto de obras maestras), llegando a conocer dos continuaciones (en la línea marcada por uno de sus modelos más evidentes, la saga de "El Padrino" de F. F. Coppola, precuela incluida), y un remake hollywoodense a cargo del Martin Scorsese de encargo (aquel que firmó también la revisión de "El cabo del terror", por poner un ejemplo evidente). Su argumento es el siguiente: No parece vislumbrarse un final para la interminable guerra entre la policía y las tríadas de Hong Kong. Chan Wing Yan es un policía veterano que lleva 10 años infiltrado, lo que le ha permitido alcanzar un cierto estatus de relevancia dentro de la organización. Lau Kin Ming es un topo infiltrado hace años por el jefe de las tríadas en el departamento de policía. Esto dará lugar a una peligrosa lucha de fuerzas de la que sólo uno podrá salir victorioso. Llevando vidas paralelas, ambos sienten que se están atrapando cada vez más en sus falsos mundos. Divididos entre la lealtad hacia sus jefes y la creciente camaradería con sus colaboradores, pronto se verán inmersos en una carrera por escapar del juego sucio en que se ven inmersos... con vida.

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A mediados de los años 80, Hong Kong sorprendió al mundo con una serie de thrillers de acción que vinieron a renovar un género anquilosado con interminables coreografías orgiásticas de tiros, situaciones imposibles, interpretaciones más grandes que la vida y sorprendentes efectos especiales, aliñados con un cuidado tratamiento fotográfico y un sobresaliente uso del montaje. Era, eso lo descubriríamos luego, lo que se vino a conocer como "Heroic Bloodshed" (literalmente, derramamiento heroico de sangre). Fueron los años de descubrimiento, propiciados en buena medida por el floreciente mercado del vídeo, que encontró en Asia un filón que abarrotó las estanterías de los vídeo-clubs con toda una ensalada mixta de géneros. Atrás habían quedado los espectáculos de artes marciales, que tanto éxito habían alcanzado apenas una década antes. Los nombres de John Woo (sin duda el principal detonante del estallido tras el éxito internacional de The Killer), Ringo Lam, Tsui Hark, Ronny Yu o Kirk Wong (todos ellos pronto asimilados por la industria hollywoodense, casi siempre con escaso éxito y relegados a mediocres vehículos de acción para estrellas del cine de acción como Jean-Claude Van Damme) se convirtieron en moneda común, y surgió todo un nuevo star-system encabezado por el simpar Chow Yun-Fat.

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En apenas un par de lustros, del fuego inicial que había incendiado el mundo del celuloide apenas quedaban rescoldos. Emigrado a EE.UU. lo mejor de cada casa (con la notable excepción del soberbio Johnnie To, inmune a los cantos de sirena hollywoodense desde su vía láctea), el cine policíaco entro en un prolongado período de recesión, agotado el brillo inicial en una interminable sucesión de mediocres vehículos estelares aferrados a fórmulas inamovibles que recordaban, desafortunadamente, a la producción en serie del cine norteamericano. El mercado internacional evidenció también un cierto cansancio, subsanado en parte por la irrupción de personalidades tan acusadas como Wong Kar Wai. Llegados a este punto parecía inevitable que había que reinventarse para no morir de éxito, pues lo cierto es que el público hongkonés no parecía cansarse de las secuelas, remakes y reformulaciones de sus grandes éxitos. Y he aquí que aparece, como salida de la nada, una película como "Infernal Affairs" que, como diría Lampedusa, vino a cambiar las cosas para que todo siguiese igual.


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Planteada como la primera producción de la nueva compañía de Andrew Lau, Basic Pictures, se intentó reunir a lo mejor de cada campo para lograr un producto que combinase la comercialidad con una cuidada imagen. Así, se contrató a los 4 actores más populares del momento en Hong Kong y, en mi opinión, de los más brillantes y versátiles de la actualidad con independencia de nacionalidades (no olvidemos que Yun-Fat ya había sido fichado por los americanos): Andy Lau, al que los espectadores españoles apenas hemos tenido ocasión de conocer (en, por ejemplo, La casa de las dagas voladoras de Zhang Yimou), pero que lleva dos décadas siendo una superestrella y uno de los actores más galardonados de Hong Kong gracias a su trabajo con directores del calibre de Johnnie To (Fulltime Killer, Running Out of Time o Running on Karma); Tony Leung Chiu Wai, quizás el más reconocible del póker de estrellas gracias a su trabajo con Wong Kar Wai en Deseando amar, Happy Together, o 2046; Anthony Wong Chau-Sang, mi favorito del lote, inolvidable presencia amenazante en films de Woo o To, que aquí realiza una de sus interpretaciones más brillantes; y Eric Tsang, enorme actor de comedia muy lejos aquí de sus registros habituales. Además, por si fuera poco, también a las dos actrices más populares del año, Kelly Chen (pronto protagonista de Breaking News a las órdenes del omnipresente Johnnie To) y Sammi Cheng (también salida de la factoría Milkyway, la productora de To), a dos prometedoras estrellas que tendrían más ocasión de brillar en la secuela-precuela al año siguiente, Edison Chen y Shawn Yue, la supervisión visual del grandioso Christopher Doyle (director de fotografía habitual de Kar Wai, pero que también ha colaborado con Van Sant, Jarmusch, Ratanaruang o Shyamalan), el montaje de Danny Pang (que ya había debutado como director con Bangkok Dangerous y pronto alcanzaría el superestrellato gracias a The Eye y sus secuelas) y la supervisión de las escenas de acción de Dion Lam, cuyas inolvidables coreografías le llevarían finalmente a Hollywood y a sagas como Matrix o Spiderman).

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El resultado fue un éxito arrollador en las taquillas hongkonesas, estableciendo numerosos records de recaudación. La aclamación crítica no fue, en modo alguno, menor, acaparando hasta 7 galardones en los Hong Kong Film Awards (de ¡16 nominaciones!), 5 Golden Horse Awards (los más importantes premios del cine chino) y unas reseñas excelentes, lo que atrajo inmediatamente la atención de las productoras estadounidenses. Así, apenas cuatro años después, Martin Scorsese dirigía con gran éxito Infiltrados, hábil pero algo impersonal traslación a Chicago del film original, que le supuso su primer Óscar (cosas de la Academia, siempre con sus equilibrios para contentar a todos) y un notable éxito internacional (en parte debido al desconocimiento de la película original). Porque si en algún caso las comparaciones son odiosas, Infernal Affairs podría ser un ejemplo paradigmático. Un maestro del cine americano (autor de obras maestras como Taxi Driver o Toro Salvaje) que pierde a los puntos en su enfrentamiento con unos hábiles "artesanos" del cine asiático. Ya saben aquello de "Busquen, comparen y...". Esperamos que la disfruten.





Cada mañana en el Central Park de Nueva York, Babe Levy, un joven judío, estudiante de historia de la Universidad de Columbia, se entrena para correr la Maratón. Christian Szell, un célebre criminal de guerra nazi, apodado "El ángel blanco" y refugiado en Uruguay, llega a Nueva York para asistir al entierro de su hermano Klaus, fallecido en un accidente de circulación. Estas dos líneas constituyen el eje sobre el que se mueve "Marathon man", de John Schlesinger. Esta película tuvo el curioso honor de ser la primera que mostró escenas rodadas con steady cam. Localizaciones muy reconocibles para cualquiera de nosotros de Paris y Nueva York fueron escogidas con esmero por el equipo comandado por Schlesinger, un todo terreno capaz de rozar la excelencia unas cuantas veces a lo largo de su carrera.



Situémonos en un momento de aquel rodaje. La primera escena del día ilustra el patético estado en que queda el personaje de Babe, interpretado por Dustin Hoffman, tras la severa sesión de limpieza dental a la que es sometido por Szell (Laurence Olivier). El gran actor inglés, impecable como siempre, espera por su compañero de escena para iniciar el baile. El pequeño (de estatura) Dustin llega despeinado, ojeroso, a medio afeitar y con cara de muy, pero que muy cansado.

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Algún integrante del equipo de rodaje lanza el bulo de que Dustin, gran defensor del "Método", ha estado las dos últimas noches sin dormir para alcanzar el umbral de desgaste físico requerido para esa escena. Olivier, rey de su escepticismo, deja escapar una sonrisa. El inglés nunca creyó en eso del Método. Cuando interpretó al Príncipe de Dinamarca era Olivier. Incluso cuando hacía de Olivier, era Olivier. Nunca fue más actor que en su vida privada.

Cuentan que mientras le alisaban el pelo a Hoffman, el gran actor inglés se le acercó y le dijo a media voz algo que ha quedado para la historia: "Try acting....It´s much easier!". Hoffman le miró con todo el coraje que pudo, aunque no precisamente por lo que a primera vista muchos puedan suponer. No es que a Hoffman le molestase mucho que un actor de más enjundia que él le enmendase la plana (aunque algo de fastidio sí que le provocaba, claro). Lo que ocurría es que Olivier sabía que esas noches en vela de Hoffman no respondían a un austero programa de aproximación física a su personaje, sino a algo más mundano: fueron más bien un par de noches de sexo, droga y, quien sabe, hasta rock´n roll, con las que Hoffman intentaba ahogar las penas de su proceso de separación.

Olivier sabía mucho de esos excesos. Desde la atalaya de sus 69 años bien llevados tenía una buena perspectiva de sus años mozos y de sus múltiples travesuras sexuales. Y sabía que incluso para esos momentos de desfase siempre viene bien cierta dosis de contención prediseñada, un poco de freno de mano en medio de tanta locura. A él no le fue mal con esa receta, y pensó que un tipo con el talento del pequeño gran americano podría aprender la lección.


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Aunque para la historia ha quedado "Marathon man" como un ejemplo de enfrentamiento no sólo entre dos estilos de interpretación sino entre dos personas, lo cierto es que Hoffman alabó a Olivier siempre que pudo, presumiendo de mantener con el inglés una bonita y duradera amistad.

Schlesinger comentó con sorna que eso del Método siempre le resultó muy curioso. Cuando llegó el momento de rodar con Hoffman los momentos posteriores a uno de sus entrenamientos, había dispuesto al equipo de maquillaje para proceder a embadurnar la cara y las prendas del actor con agua y glicerina para dotar del realismo necesario a la escena. Sin embargo, el actor prefirió correr un par de kilómetros por Central Park para enfrentarse a la cámara con respiración agitada y sudor de verdad. El director no tuvo más remedio que "aceptar" la sugerencia de su estrella, pero a sus más íntimos les comentó aliviado que "menos mal que no tiene en el guión ninguna escena en la que mate a nadie...o en la que tenga un encuentro sexual...."

Quienes acudan el lunes 25 de enero al CICCA (19:30 horas) podrán deleitarse no sólo con estas dos formas tan antagónicas de aproximarse a un personaje sino con una película interesante, sombría y tras la que una visita al dentista va a ser más difícil de planificar que nunca.

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Hay quien se empeña en algo y no para hasta conseguirlo. En 1986, Roman Polanski fracasó estrepitosamente con "Piratas", un fallido intento por recuperar el cine de tesoros y bucaneros. Muchos ventajistas de Hollywood le dijeron entonces "ya te lo habíamos dicho". Y era verdad.


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Diez años antes todos los grandes estudios se habían negado a financiar este proyecto a pesar de contar con Jack Nicholson como protagonista. En aquel momento Polanski les hizo caso y metió ese guión en un cajón. Quizás debería haberlo quemado, pero no lo hizo. No obstante, lo que sí permitió aquella pequeña derrota es que se embarcase en la que para muchos es la mejor película de su carrera: "El quimérico inquilino".


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El germen de esa película está en un libro escrito por el pintor, actor y escritor parisino Roland Topor. Miembro del pintoresco Grupo Pánico creado por Alejandro Jodorowski y Fernando Arrabal, Topor escribió una obra a la que se le han colgado una gran diversidad de calificativos, y casi todos buenos. Polanski se sintió atraído por dos de los niveles de interés de la obra: su asfixiante terror psicológico y un inteligente cuestionamiento del proceso de reafirmación individual del ser humano.


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Rodada a toda velocidad para llegar a tiempo al Festival de Cannes (donde por cierto fue muy mal recibida), el propio Polanski se encargó de encabezar un reparto en el que destacaba una emergente estrella del cine francés llamada Isabelle Adjani, quien con tan solo 22 añitos ya tenía una nominación al Oscar por "Adele H". Junto a ella dos veteranos del gran Hollywood (Melvyn Douglas y Shelley Winters) y dos estupendos actores franceses (Josiane Balasko y Michel Blanc).

"El quimérico inquilino" cuenta la historia de un tímido conserje que acaba de mudarse a la misma habitación en la que tiempo atrás una chica intentó suicidarse arrojándose por la ventana. A medida que va pasando el tiempo, el nuevo inquilino se convence de que sus nuevos vecinos intentan conducirlo a un estado de paranoia para que también salte por la ventana.


Ésta es la segunda película que dentro del ciclo titulado "Años 70: Tres visiones del mal" ofrece la Asociación de cine Vértigo en el CICCA, el lunes 11 de enero a las 19:30 horas.


La Asociación de cine Vértigo empieza el año con maldad. No es que vayan a empujar a ancianitas por las escaleras, ni a quitarles la merienda a los niños del orfanato. Bueno, eso al menos no está previsto. Lo que ocurre es que Vértigo ha decidido comenzar sus proyecciones de 2010 en el CICCA con un ciclo titulado "Años 70: tres visiones del mal".

Todo evoluciona, y el mal no iba a ser ajeno a esa tendencia natural. Cada época tiene sus formas y modos, cada década contiene en sí misma aspectos que la diferencian de las otras, a veces por evolución, a veces por involución. La forma en que el cine ha ido mostrando el Mal (así, en mayúsculas) ha ido mutando de forma permanente, pero también ha sido el propio cine, sus cineastas, quienes han ido cambiando, y con ello se han prestado mayores atenciones a determinados aspectos que antes pasaban desapercibidos o que, por qué no decirlo, nadie se atrevía a tocar.


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Este ciclo se centra en la encarnación masculina del mal y la forma en que tres cineastas muy distintos la reflejaron durante los ahora tan de moda años 70. ¿Opinan que se podría hablar también de una Maldad femenina o de una Maldad sin género? Pues seguro que tienen razón. Pero como diría Kipling, "esa es otra historia".

La primera proyección tiene lugar el lunes 4 de enero, a las 19:30 horas y, como es habitual, con entrada gratuita y en versión original con subtítulos. Este último hecho puede ser una novedad para muchos espectadores que ya hayan visto la película a proyectar, ya que se trata de un clásico que puede que ya hayan visto en televisión en versión doblada. Hablamos de "Frenesí", una de las últimas películas rodadas por el maestro del suspense, el gran Alfred Hitchcock.


"Frenesí" fue su penúltima película y, para muchos, su canto del cisne. Venía de un par de títulos menos afortunados de lo habitual ("Cortina rasgada" y "Topaz"), y las voces sobre su posible agotamiento creativo eran cada vez más sonoras. Quizás eso influyó en que Hitchcok decidiese abandonar los rodajes americanos y volver a casa.

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Como fue habitual durante toda su carrera, el texto de base se lo proporcionó una novela, en este caso "Goodbye Picadilly, farewell Leicester Square", de Arthur La Bern, quien tomó prestado el título de esa famosa canción popular inglesa titulada "It´s a long way to Tipperary" que muchos de nosotros aprendimos en la escuela. El encargado de la adaptación fue Anthony Shaffer, quien ese mismo año se encargó de adaptarse su propia obra en la espectacular "La huella". Cuentan que La Bern no quedó muy contento con la adaptación de su obra, por cierto.


El rodaje de interiores tuvo lugar en los célebres Pinewood Studios, mientras que los exteriores tomaron como referencia el centro de Londres. Quizás como homenaje tardío a su padre, tendero de un puesto de frutas y verduras en Covent Garden, Hitchcock escogió cuidadosamente un buen puñado de localizaciones cercanas a aquellos lugares tan transitados en su niñez. El Támesis, Oxford Street, The Bridge Tower...todo muy reconocible para cualquiera que visite Londres. Si pasan por la zona pueden buscar por esa zona uno de los pubs que aparecen en la película, The Nell Old Drury, todavía abierto al público.


Hitchcok retomó las historias de asesinatos y el interés por quien se ve sometido a una persecución por parte de un amenazante enemigo exterior. Lo novedoso es que no es un hombre inocente el centro de su interés, sino precisamente el criminal. Quizás se estaba dando cuenta Hitchcok de que un buen malvado presentaba las suficientes aristas en su personalidad como para ser más interesante. O quizás es que el público era cada vez más morboso.


El arranque es ciertamente impactante: En las aguas del Támesis aparece el cadáver de una mujer desnuda y estrangulada con una corbata a rayas. La mujer presenta, además, síntomas de violación y otras señales que hacen sospechar que se trata de un maníaco sexual. Muerte, sexo, tensión y crimen. Todo esto había estado ya presente en el universo del director, pero quizás no de forma tan descarnada, tan expuesta a nuestros ojos como en esta película. De hecho, fue su única obra calificada con la restrictiva "R" en su estreno americano, y la única donde se pueden ver algunas escenas de desnudos.


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El resto de películas de este ciclo serán las siguientes:
LUNES 11 de enero
EL QUIMÉRICO INQUILINO (Roman Polanski)

LUNES 25 de enero
MARATHON MAN (John Schlesinger)

En definitiva una buena oportunidad para ver buen cine y para hablar del Mal. Desde este blog les invitamos a acudir a esas proyecciones y, aprovechando la ocasión, les queremos desear un feliz 2010.

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