El ser humano parece vivir condenado a luchar contra el tiempo. De niños soñamos con crecer para "hacer todo eso que nos tienen prohibido". Al crecer intentamos ocultar las arrugas, disfrazar las canas o preservar el espíritu juvenil. Pero todo eso son batallas perdidas de antemano, nadie ha salido victorioso de ellas, aunque alguna guerra se vaya ganando por el camino.

Hay un momento de transición hacia eso que algunos llaman madurez en el que el torbellino de emociones es, por momentos, asfixiante. En una misma fracción de segundo puedes iniciar una rebelión contra el mundo para ganarte el estatus de "mayor", mientras te abrazas a ese último eslabón de una infancia que se te escapa como la arena entre los dedos de la mano. En muchos casos, ese último peldaño en la escalera de salida de la infancia tiene forma de juguete, de ese último juguete que nos negamos a abandonar, como si con él se fuera una parte de nuestra vida. Me duele no recordar qué pasó con todos mis juguetes, aquellos cachivaches que alegraban mis tardes y que, en algunos casos, se convirtieron en silentes testigos de mis penas y alegrías. Imagino que los padres tienen, entre otros méritos, el de saber cómo hacer desaparecer esos juguetes poco a poco, sin que nos vayamos dando cuenta. Así todo es más fácil. Pero siempre hay un último juguete, y para despegarse de él no podemos contar con nuestros mayores. Como si de una ancestral tarea iniciática se tratase, el adolescente encarará con paso firme su caminar hacia la estantería donde lo tiene ubicado, casi escondido del resto de mayores de la casa. Le mirará a los ojos y, en silencio, le dará las gracias y le dirá adiós. Es hora de volar sólo. El juguete tendrá que acabar sus días en otro sitio, quizás, con suerte, junto a otro niño que necesite de su presencia, su fidelidad, su compañerismo.

Me acordé de esto mientras disfrutaba de una de las mejores películas del año, "Toy Story 3". No me he equivocado al no decir "de las mejores películas de animación", ha sido algo deliberado. La calidad de su animación, teniendo en cuenta que hablamos de Pixar, parece un tema de difícil discusión. Pero lo más importante es que la franquicia de Woody, Buzz y compañía alcanza en esta tercera entrega un clímax narrativo excepcional, de esos que te hacen olvidar durante gran parte del metraje, que no son seres humanos. Cada escena tiene sentido, continuidad, trascendencia. Los personajes (¡dibujos animados!) sufren, se emocionan, dudan y aciertan en la forma de transmitirnos esas emociones. El guión está tan lleno de pequeños detalles, que cada diálogo es una joya. Y aunque parezca imposible, un nuevo juguete aparece y se erige en merecedor, si la vida fuese justa, de un espacio propio: inicio en este momento la recogida de firmas para que se haga un largo sobre ese maravilloso icono llamado Ken...
Quizás tenía un día especialmente sensible, pero lo cierto es que incluso estuve a punto de soltar la lagrimita en un par de ocasiones. En un tiempo en que cada vez me cuesta más encontrar historias y personajes que me lleguen a emocionar, que lo hayan conseguido estos maravillosos seres pixelados me reconcilia con la industria del cine.
