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Novedades en la categoría Robert J. Flaherty

Cuando las hordas protestantes de Oliver Cromwell se lanzaron sobre las costas de Irlanda, los católicos no lo pasaron nada bien. A los más afortunados, al menos, se les dio la oportunidad de elegir entre irse de cabeza al infierno o largarse a Connacht, la más pequeña de las provincias irlandesas. Era un terreno gélido, duro, escasamente fértil y muy castigado por la dureza del Atlántico. Pero mejor eso que el cementerio, debieron pensar todas las familias que allí se instalaron. Los más atrevidos prefirieron dar con sus huesos en algunas de las islas que se diseminan a lo largo de la costa de esta provincia, como por ejemplo, las Islas de Arán.


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Sería precisamente el hijo de un pastor protestante irlandés, el documentalista Robert J. Flaherty, quien elegiría estas islas de dura belleza para enmarcar el que sería su tercer largometraje, "Hombres de Arán" (1934). Después del sonado éxito de su debut en 1922 con "Nanook, el esquimal", la Paramount le había dado carta blanca, aprovechada por Flaherty para irse a Samoa y rodar en un entorno mucho menos inhóspito "Moana" (1926), una obra que si bien no tuvo tanto éxito en Hollywood, fue muy bien recibida en Europa. Se cuenta que John Grierson, un joven crítico escocés con aspiraciones de cineasta, firmó en el New York Post una reseña muy favorable tras el estreno de esta película, especialmente por su "valor documental", siendo considerada ésta la primera vez que se empleaba este término, "documental", con el cual se ha conocido durante años al cine de "No ficción".


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El gran Irving Thalberg le abrió después las puertas de la Metro para rodar junto a W. S. Van Dyke un drama titulado "Sombras blancas" (1928). Sin embargo, las diferencias de estilo y personalidad entre ambos directores se fueron agrandando a medida que avanzaba el rodaje, provocando la salida de Flaherty del proyecto. Avalado todavía por el éxito de Nanook, Hollywood quiso darle una nueva oportunidad, y fue contratado en 1929 por la Fox para rodar "Acoma the Sky City", un documental sobre los nativos Americanos. Flaherty estuvo ocho meses conviviendo con los nativos, pero por problemas de producción, se paralizó el rodaje y, posteriormente, un incendio destruyó el metraje existente. Su carrera se tambaleaba, y aceptó aportar su experiencia en el género en favor de la mítica "Tabú" (1931), de F. W. Murnau, también rodada en los mares del sur.


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Cuando ya apenas tenía oportunidades en Hollywood, Flaherty recibió una llamada del Empire Marketing Board Film Unit in London. Había sido recomendado por aquel joven crítico escocés, John Grierson, quien idolatraba su manera de filmar. Sin embargo, cuando Grierson constató la facilidad con la que Flaherty gastaba metros y metros de película, decidió que era mejor apartarle de la dirección en aras de mantener un cierto control presupuestario. Estando en Inglaterra, el avispado productor Alexander Korda pensó en él para dirigir "Elephant Boy", una película de aventuras que adaptaba un cuento de Kipling", pero fue nuevamente expulsado del proyecto, en beneficio del propio hermano del productor, Zoltan Korda, quien finalmente fue acreditado como director del mismo.

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Aunque la situación era realmente desesperada, volvió a presentársele otra oportunidad cuando el productor Michael Balcon le ofrece la posibilidad de rodar un documental que mostrase la dureza del día a día de los habitantes de las Islas de Arán. Así, después de tantas penalidades, fue como Flaherty llegó a la que, para muchos, es su mejor película y uno de los documentales sagrados de la historia del cine. Paradójicamente, es también una obra cargada de ficción, por lo que sirve para añadir más madera a la polémica sobre la validez o no del término "documental".

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A Flaherty, como ya había demostrado en Nanook, sentía una gran fascinación por ilustrar los esfuerzos del ser humano para sobreponerse a la dureza de su entorno. Poco le importó, por ejemplo, que la técnica para cazar tiburones que emplean sus personajes en "Hombres de Aran" llevase varias décadas sin ser empleada. De hecho, Flaherty decidió ubicar en el centro de la narración a una familia, pero eligió a tres habitantes de las islas sin vínculos familiares entre ellos para encarnar al padre, la madre y el hijo. Los eligió por su físico y por la expresividad de sus rostros, algo que realmente responde a los cánones de un casting para una producción de ficción.
En cualquier caso, es una obra cautivadora, filmada con notable brío y que ilustra con gran belleza poética las duras condiciones de vida de aquellas islas. Hay drama, ternura y dolor, y un entorno tan bello como árido, tan tierno como salvaje. Ganadora del Premio a la Mejor Película extranjera en el Festival de Venecia, "Hombres de Arán" se proyecta el lunes 21 de noviembre en el CICCA, a partir de las 19.30 horas, dentro de un ciclo que la Asociación de Cine Vértigo está dedicando al género de la "No ficción".



Este ciclo terminará con la proyección "El triunfo de la voluntad", de Leni Riefenstahl, el 28 de noviembre.


La gigantesca Bahía de Hudson baña las costas de algunas de las principales regiones de Canadá, como Quebec, Ontario, Manitoba o Nunavut. Esta última debe su nombre al orgulloso pasado de sus habitantes originales, los inuit, en cuya lengua, el inuktitut, significa "Nuestro territorio". Forma parte del actual mapa político de Canadá desde 1999, y su extenso territorio ocupa una extensión de casi 2.100.000 km2. En su límite septentrional roza el norte de Groenlandia, y las islas Belcher, en medio de la Bahía del Hudson y casi en la costa de Quebec, marcan su frontera sur. Las Belcher son un ramillete casi infinito de islas extrañamente rocosas y áridas, apenas habitadas. Su suelo es extremadamente pobre, por lo que a diferencia de lo que ocurre en el resto de ese territorio, no hay árboles en ellas.


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Hasta 1913 se sabía muy poco de estas islas, apenas habían sido visitadas y estaban muy mal cartografiadas. En ese año, un minero de origen irlandés llamado Robert J. Flaherty fue incluido en una expedición encargada de sondear el subsuelo de esas islas. Su jefe, Sir William Mackenzie, le sugirió que llevase consigo una cámara para tomar algunas imágenes de aquel territorio ignoto. Flaherty encontró una vieja cámara Bell and Howell, y con ella comenzó a filmar compulsivamente. Todo era nuevo, salvaje y sugerente, pero lo que más le llamó la atención fue el encuentro con los habitantes del lugar, el pueblo Inuit. Se convirtió en una obsesión, no paraba de filmar y su jefe incluso le llamó la atención, porque estaba desatendiendo las labores para las que realmente había sido llevado a la isla. Pero poco le importaron aquellos avisos: de vuelta a Toronto, se dio cuenta de que tenía más de 21.000 metros de película y un auténtico tesoro etnográfico entre manos. Desgraciadamente, un cigarro mal apagado en la sala de montaje acabó con gran parte del metraje y abrasó las manos de Flaherty. El material recuperado fue exhibido, pero nunca tuvo el aprecio del director: "Son escenas sueltas. No hay la conexión que yo encontré. A mí me aburre. Y a la audiencia también".

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Aquello encorajinó sobremanera a Flaherty, quien estuvo dándole vueltas durante mucho tiempo a la forma de acercarse de nuevo a este proyecto. Siete años después, y gracias a la inesperada aportación económica de unos comerciantes franceses de pieles (seguramente interesados en un posible negocio con los habitantes de las islas), Flaherty pudo empezar su gran aventura. El 15 de agosto de 1920 atracó en Port Harrison, Quebec, cargando con dos cámaras Akeley y con el material necesario para una proyección. Quería ir mostrando su trabajo a los Inuit de forma paulatina, y ver cómo éstos reaccionaban.

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Flaherty se mezcló con los Inuit, y fue eligiendo a quienes formarían parte de su filmación. Uno de los miembros de la comunidad, llamado Allakariallak, le resultó especialmente interesante, y decidió que ese iba a ser el protagonista de su historia. Eligió para él el nombre con el que se dio título a su película, título con el que hoy en día se recuerda al que, posiblemente, sea el primer documental de la historia del cine; "Nanook, el esquimal".



Los límites entre ficción y documental, la planificación de la progresión dramática, la recreación de escenarios de forma que se adaptasen a las limitaciones de filmación... Ésas y otras cuestiones han sido eternos temas de debate en relación a esta obra. El supuesto carácter "benefactor "de Flaherty también se ha puesto en entredicho, sobre todo después de saberse que tuvo un hijo ilegítimo con una de las protagonistas de su documental, hijo al que nunca reconoció y al que nunca ayudó, ni siquiera cuando fue desplazado junto al resto de su pueblo hasta una inhóspita reserva cerca del Ártico.

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Los ríos de tinta vertidos alrededor del carácter veraz de este documental han dado (y siguen dando) mucho de qué hablar. Su proyección el lunes 7 de noviembre en el CICCA supondrá una oportunidad muy interesante para debatir sobre éste y otros asuntos. Eso será a partir de las 19.30 hora y con entrada gratuita, iniciándose con esta proyección un ciclo que la Asociación de cine Vértigo dedica a los "Fundamentos de la No-ficción" y que durante el mes de noviembre tendrá las siguientes proyecciones:


14 de noviembre: El hombre de la cámara, de Dziga Vertov
21 de noviembre: Hombres de Arán, de Robert J. Flaherty
28 de noviembre: El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl

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