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Novedades en la categoría Pixar

En 1967, un niño llamado Steven Paul Jobs se quedó fascinado al ver un ordenador por primera vez en su vida. A su colegio acudía regularmente un equipo de ingenieros de Hewlett- Packard a impartir charlas al alumnado, tratando de hacerles más amenas las clases de física. Desde aquel día, Steve nunca faltó a una sola de las charlas de aquellos ingenieros, a los que abrumaba sin descanso con preguntas y más preguntas. Aquella insistencia le abrió las puertas de la compañía, y estando ya en el instituto tuvo su primer trabajo durante las vacaciones de verano. Aquella primera experiencia laboral le aportó muchas cosas al bueno de Steve, pero la más importante fue conocer a un chico algo mayor que él llamado Stephen Wozniak. Ambos compartían una tremenda pasión por la informática, y en 1971, durante una de sus animadas charlas, Wozniac le habla de una idea sorprendente: un ordenador para uso personal.


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Cinco años tardarían en tener un modelo que presentar a los jefes de la HP, pero éstos tardaron apenas un par de minutos en rechazarlos con desprecio: "¿Para qué quiere la gente un ordenador?". El siguiente paso fue más meditado. En la Universidad de Berkeley, icono de la sabiduría de la Gran América, les supieron entender y les abrieron las puertas de par en par. Con ese respaldo, se deciden a montar una precaria fábrica de ordenadores en un taller. Ya tenían una empresa, pero no le habían puesto nombre. Las malas lenguas dicen que Jobs tomó prestado el nombre de la discográfica de The Beatles para darle un nombre a su empresa. Apple Computer acababa de nacer.


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Convertido en uno de los hombres más influyentes (y ricos) de su generación, Jobs siempre ha demostrado un gran talento a la hora de identificar oportunidades. Baste el ejemplo de lo que hizo en 1986, cuando compra por menos de 10 millones de dólares una pequeña empresa subsidiaria de Lucasfilms, llamada The Grapics Group, y especializada en la producción de gráficos para ordenador. El fracaso en taquilla de "Howard el pato" había hecho temblar el bolsillo de George Lucas, quien decidido a soltar lastre, se deshizo de algunas de las pequeñas compañías que trabajaban a su sombra. Quién le iba a decir al bueno de Lucas que la todopoderosa Walt Disney compraría en 2006 esa pequeña empresa, ahora denominada Pixar, por 7.400 millones de dólares, y que distintas obras producidas a su amparo alcanzarían, entre otros galardones, un total de 22 Oscar.


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Dominadora absoluta de la animación digital, Pixar ha conseguido encontrar el equilibrio perfecto en sus producciones, capaces de contentar por igual a los adultos y a los niños. De entre sus largometrajes se podría destacar la iniciática saga de "Toy story", la tremenda solidez de "WALL-E", el dinamismo de "Los increíbles" o la profundidad dramática de "Up". Pero también hay que resaltar el cariño con el que Pixar siempre ha tratado al género del cortometraje, presentando con gratificante regularidad piezas de distinta naturaleza, pero que comparten generalmente un altísimo nivel técnico y artístico.

Para cerrar el ciclo que la Asociación de cine Vértigo ha dedicado durante este mes de junio a la animación, qué mejor que una selección de esos cortometrajes, dirigidos por algunos de los nombres que con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en auténticos Reyes Midas de la animación, como John Lasseter ("Toy story") o Brad Bird "(Los increíbles"). Esta proyección tendrá lugar el lunes 27 de junio, a partir de las 19.30 horas y en el CICCA. La lista de esos cortometrajes es la siguiente:


LAS AVENTURAS DE ANDRÉ Y WALLY B., de Alvy Ray Smith (EE.UU, 1984, 2 minutos)
LUXO JR. , de John Lasseter (EE.UU, 1986, 2 minutos)
EL SUEÑO DE RED, de John Lasseter (EE.UU, 1987, 4 minutos)
TIN TOY, de John Lasseter (1988, 5 minutos)
KNICK KNACK, de John Lasseter (EE.UU, 1989, 4 minutos)
EL JUEGO DE GERI, de Jan Pinkava (EE.UU, 1997, 4 minutos)
PAJARITOS, de Ralph Eggleston (EE.UU, 2000, 3 minutos)
EL COCHE NUEVO DE MIKE, de Pete Docter y Roger Gould (EE.UU, 2002, 4 minutos)
SALTANDO, de Bud Luckey y Roger Gould (EE.UU, 2003, 5 minutos)
JACK-JACK ATACA, de Brad Bird (EE.UU, 2005, 5 minutos) El gigante de hierro - Los increibles
EL HOMBRE ORQUESTA, de Mark Andrews y Andrew Jimenez (EE.UU, 2005, 4 minutos)
MATE Y LUZ FANTASMA, de John Lasseter y Dan Scanlon (EE.UU, 2006, 7 minutos)
ABDUCIDO, de Gary Rydstrom (EE.UU, 2006, 5 minutos)

El ser humano parece vivir condenado a luchar contra el tiempo. De niños soñamos con crecer para "hacer todo eso que nos tienen prohibido". Al crecer intentamos ocultar las arrugas, disfrazar las canas o preservar el espíritu juvenil. Pero todo eso son batallas perdidas de antemano, nadie ha salido victorioso de ellas, aunque alguna guerra se vaya ganando por el camino.

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Hay un momento de transición hacia eso que algunos llaman madurez en el que el torbellino de emociones es, por momentos, asfixiante. En una misma fracción de segundo puedes iniciar una rebelión contra el mundo para ganarte el estatus de "mayor", mientras te abrazas a ese último eslabón de una infancia que se te escapa como la arena entre los dedos de la mano. En muchos casos, ese último peldaño en la escalera de salida de la infancia tiene forma de juguete, de ese último juguete que nos negamos a abandonar, como si con él se fuera una parte de nuestra vida. Me duele no recordar qué pasó con todos mis juguetes, aquellos cachivaches que alegraban mis tardes y que, en algunos casos, se convirtieron en silentes testigos de mis penas y alegrías. Imagino que los padres tienen, entre otros méritos, el de saber cómo hacer desaparecer esos juguetes poco a poco, sin que nos vayamos dando cuenta. Así todo es más fácil. Pero siempre hay un último juguete, y para despegarse de él no podemos contar con nuestros mayores. Como si de una ancestral tarea iniciática se tratase, el adolescente encarará con paso firme su caminar hacia la estantería donde lo tiene ubicado, casi escondido del resto de mayores de la casa. Le mirará a los ojos y, en silencio, le dará las gracias y le dirá adiós. Es hora de volar sólo. El juguete tendrá que acabar sus días en otro sitio, quizás, con suerte, junto a otro niño que necesite de su presencia, su fidelidad, su compañerismo.

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Me acordé de esto mientras disfrutaba de una de las mejores películas del año, "Toy Story 3". No me he equivocado al no decir "de las mejores películas de animación", ha sido algo deliberado. La calidad de su animación, teniendo en cuenta que hablamos de Pixar, parece un tema de difícil discusión. Pero lo más importante es que la franquicia de Woody, Buzz y compañía alcanza en esta tercera entrega un clímax narrativo excepcional, de esos que te hacen olvidar durante gran parte del metraje, que no son seres humanos. Cada escena tiene sentido, continuidad, trascendencia. Los personajes (¡dibujos animados!) sufren, se emocionan, dudan y aciertan en la forma de transmitirnos esas emociones. El guión está tan lleno de pequeños detalles, que cada diálogo es una joya. Y aunque parezca imposible, un nuevo juguete aparece y se erige en merecedor, si la vida fuese justa, de un espacio propio: inicio en este momento la recogida de firmas para que se haga un largo sobre ese maravilloso icono llamado Ken...


Quizás tenía un día especialmente sensible, pero lo cierto es que incluso estuve a punto de soltar la lagrimita en un par de ocasiones. En un tiempo en que cada vez me cuesta más encontrar historias y personajes que me lleguen a emocionar, que lo hayan conseguido estos maravillosos seres pixelados me reconcilia con la industria del cine.


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