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Novedades en la categoría No-ficción


La gigantesca Bahía de Hudson baña las costas de algunas de las principales regiones de Canadá, como Quebec, Ontario, Manitoba o Nunavut. Esta última debe su nombre al orgulloso pasado de sus habitantes originales, los inuit, en cuya lengua, el inuktitut, significa "Nuestro territorio". Forma parte del actual mapa político de Canadá desde 1999, y su extenso territorio ocupa una extensión de casi 2.100.000 km2. En su límite septentrional roza el norte de Groenlandia, y las islas Belcher, en medio de la Bahía del Hudson y casi en la costa de Quebec, marcan su frontera sur. Las Belcher son un ramillete casi infinito de islas extrañamente rocosas y áridas, apenas habitadas. Su suelo es extremadamente pobre, por lo que a diferencia de lo que ocurre en el resto de ese territorio, no hay árboles en ellas.


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Hasta 1913 se sabía muy poco de estas islas, apenas habían sido visitadas y estaban muy mal cartografiadas. En ese año, un minero de origen irlandés llamado Robert J. Flaherty fue incluido en una expedición encargada de sondear el subsuelo de esas islas. Su jefe, Sir William Mackenzie, le sugirió que llevase consigo una cámara para tomar algunas imágenes de aquel territorio ignoto. Flaherty encontró una vieja cámara Bell and Howell, y con ella comenzó a filmar compulsivamente. Todo era nuevo, salvaje y sugerente, pero lo que más le llamó la atención fue el encuentro con los habitantes del lugar, el pueblo Inuit. Se convirtió en una obsesión, no paraba de filmar y su jefe incluso le llamó la atención, porque estaba desatendiendo las labores para las que realmente había sido llevado a la isla. Pero poco le importaron aquellos avisos: de vuelta a Toronto, se dio cuenta de que tenía más de 21.000 metros de película y un auténtico tesoro etnográfico entre manos. Desgraciadamente, un cigarro mal apagado en la sala de montaje acabó con gran parte del metraje y abrasó las manos de Flaherty. El material recuperado fue exhibido, pero nunca tuvo el aprecio del director: "Son escenas sueltas. No hay la conexión que yo encontré. A mí me aburre. Y a la audiencia también".

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Aquello encorajinó sobremanera a Flaherty, quien estuvo dándole vueltas durante mucho tiempo a la forma de acercarse de nuevo a este proyecto. Siete años después, y gracias a la inesperada aportación económica de unos comerciantes franceses de pieles (seguramente interesados en un posible negocio con los habitantes de las islas), Flaherty pudo empezar su gran aventura. El 15 de agosto de 1920 atracó en Port Harrison, Quebec, cargando con dos cámaras Akeley y con el material necesario para una proyección. Quería ir mostrando su trabajo a los Inuit de forma paulatina, y ver cómo éstos reaccionaban.

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Flaherty se mezcló con los Inuit, y fue eligiendo a quienes formarían parte de su filmación. Uno de los miembros de la comunidad, llamado Allakariallak, le resultó especialmente interesante, y decidió que ese iba a ser el protagonista de su historia. Eligió para él el nombre con el que se dio título a su película, título con el que hoy en día se recuerda al que, posiblemente, sea el primer documental de la historia del cine; "Nanook, el esquimal".



Los límites entre ficción y documental, la planificación de la progresión dramática, la recreación de escenarios de forma que se adaptasen a las limitaciones de filmación... Ésas y otras cuestiones han sido eternos temas de debate en relación a esta obra. El supuesto carácter "benefactor "de Flaherty también se ha puesto en entredicho, sobre todo después de saberse que tuvo un hijo ilegítimo con una de las protagonistas de su documental, hijo al que nunca reconoció y al que nunca ayudó, ni siquiera cuando fue desplazado junto al resto de su pueblo hasta una inhóspita reserva cerca del Ártico.

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Los ríos de tinta vertidos alrededor del carácter veraz de este documental han dado (y siguen dando) mucho de qué hablar. Su proyección el lunes 7 de noviembre en el CICCA supondrá una oportunidad muy interesante para debatir sobre éste y otros asuntos. Eso será a partir de las 19.30 hora y con entrada gratuita, iniciándose con esta proyección un ciclo que la Asociación de cine Vértigo dedica a los "Fundamentos de la No-ficción" y que durante el mes de noviembre tendrá las siguientes proyecciones:


14 de noviembre: El hombre de la cámara, de Dziga Vertov
21 de noviembre: Hombres de Arán, de Robert J. Flaherty
28 de noviembre: El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl

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