Una vez leí que un emperador chino mandó quemar todos los textos almacenados en su imperio, para asegurarse de que con él se reinauguraba la historia. Estupideces como ésta se han repetido a lo largo de la historia de la humanidad, sin que hayamos llegado a entender que lo que se consigue no es más que eso, una estupidez.

Más recientemente, y mientras Augusto Pinochet se abría paso a cañonazos hacia el poder, sus secuaces rastreaban cada palmo de Chile para eliminar todo lo que hablase de valores distintos a los suyos. Cuentan que se cebó especialmente con la Editorial Quimantú, en cuyas bodegas destruyó más de cinco millones de libros. Quimantú fue creada en febrero de 1972 con el laborioso y loable objetivo de hacer accesible la lectura, y por ende, la cultura, a toda la sociedad chilena. Se empeñó en lanzar ediciones baratas destinadas a niños y adolescentes, descubriéndoles elementos de la cultura popular chilena, recuperando obras de la literatura clásica a precios asequibles y respaldando diversas ediciones de textos divulgativos y de investigación. Un terrible enemigo para el poder.

La herida abierta por el golpe de estado de Pinochet no se ha cerrado. Tanta sangre, tanto dolor, tanta injusticia es difícil de superar. La sociedad chilena vive en deuda permanente con su propia historia, sintiéndose huérfanos de una generación perdida, ya sea por haber muerto durante ese periodo o por haber tenido que salir del país huyendo de la desgracia. Esa dictadura, cualquier dictadura, deja cicatrices imposibles de ocultar, incluso en aquellos que nunca llegaron a sufrir directamente sus consecuencias. La opresión, el oscurantismo, el miedo, la desconfianza... todo es tan natural...todo es tan importante....Incluso si no tienes nada que ocultar, incluso si no eres un insurgente, asumes el silencio como elemento de tu vida, te acostumbras a la censura no sólo de tus propias acciones, sino también de tus sentimientos.

La madre del director René Ballesteros abandonó a su familia en plena dictadura. Un buen día desapareció. Se escapó a Venezuela sin que existiesen motivos políticos para ello, y el vacío que les dejó nunca fue explicado, nunca se habló de eso en casa. Era como si la familia estuviera igual de anestesiada que el resto de la sociedad chilena, como si el investigar sobre el porqué de las cosas, de cualquier cosa, estuviera prohibido. Se fue y punto. Punto y aparte, quizás. Sí, punto y aparte, hasta que años más tarde Ballesteros, en medio de un cortometraje sobre la forma en que se mantienen los vínculos entre el chileno emigrado y el que se quedó atrás, recordó las frías y vacías conversaciones telefónicas con su madre. Y recordó las horas pasadas en locutorios franceses mientras su hermana le contaba desde Chile cómo avanzaba en su tesis sobre la destrucción de libros durante la dictadura de Pinochet. Entonces se acordó de aquellos libros que sus padres les compraban, los de la Editorial Quimantú. Y entonces supo que tenía que hacer algo, que necesitaba hilvanar aquellas dos madejas, la de los libros perdidos y la del desmembramiento familiar. Cogió su cámara y regresó a Chile. Sin él saberlo estaba empezando a trabajar en un documental que le haría ganar premios en multitud de eventos internacionales: un documental titulado "La Quemadura" y que se incluye dentro de la programación del Festival Internacional de Cine Documental de Guía de Isora (Tenerife) - Miradasdoc.
