Eso nos grita desde la pantalla el director coreano Kim Ki Duk. "Arirang", su primer trabajo después de tres años de silencio, es un autorretrato doloroso y descarnado que se ha incluido dentro de "Un certain regard", sección paralela del Festival de Cannes. Decir que en realidad no se trata de una película es acercarse mucho a la realidad. El propio director nos lo anticipa, diciendo que ya no puede hacer más películas. Desgraciadamente para sus admiradores parece que eso es cierto, que Duk ya no es capaz de hacer otra película "como las que hacía antes".

Mimado por la crítica, elevado a los altares por los festivales más importantes, Kim Ki Duk se ha convertido en un ermitaño, un tipo solitario que vive en una casucha de madera en medio de la nada, sin comodidades, sin agua corriente y sin gente alrededor. Se alimenta, se asea y sobrevive. Nada más. No parece tener ningún deseo, ninguna ilusión y ninguna esperanza. Pero como él nos dice, aunque ya no puede hacer películas, necesita filmar, lo necesita como el respirar, y por eso agarra con fuerza una pequeña cámara digital y se filma. Se desnuda emocionalmente y se filma. Se desgarra y se filma. Sin equipo, sin actores, sin nada más.
¿Qué le ocurrió? ¿Por qué lo dejó todo? ¿Qué le ha hecho traspasar los límites de eso que algunos llaman cordura? Espero que la película se estrene alguna vez (bueno, en realidad, creo que eso es una utopía, lo del estreno...) y lo averigüen por ustedes mismos. "Arirang" se explica por sí misma, al mismo tiempo que nos hace entender mejor la inmensa vinculación existente entre cada una de sus películas y el propio director. Pero sobre todo, espero que "Arirang" sirva de catarsis para que algún día volvamos a ver una película de Kim Ki Duk.
