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Incluso un hombre puro de corazón, que reza sus plegarias todas las noches, puede convertirse en lobo cuando el lobo aúlla y brilla la luna en otoño

El primer estudio cinematográfico que viene a la mente cuando hablamos de cine de terror es Universal Pictures. En apenas tres décadas, desde finales del cine silente hasta principios de los años 50, sentaría el canon del género y traería a las pantallas (y a las pesadillas de varias generaciones de espectadores) una pandilla alucinante de abominaciones clásicas que, de una manera u otra, jamás han dejado de acompañarnos en nuestras noches en vela. Quasimodo, Drácula, la momia, el monstruo de Frankenstein, el fantasma de la Ópera, el hombre invisible, el hombre lobo y, finalmente, la criatura de la laguna negra. Figuras ominosas en blanco y negro que nos retrotraen a tiempos en que lo importante era la atmósfera, y no el carrusel de sustos. Mitos que recibirían una nueva transfusión de sangre fresca cuando la Hammer Films tomó el relevo y los dotó de nuevas texturas inyectadas en rojo. Espantos que siguen hibernando en sus madrigueras, cuevas o ataúdes hasta que nuevas generaciones de creadores deciden devolverles la vida. Muertos en vida, vivos después de la muerte de quienes los soñaron primigeniamente: Bram Stoker, Víctor Hugo, Mary W. Shelley o H.G. Wells. Y que, casi desde el mismo comienzo de los tiempos, vinieron siempre acompañados por sus versiones bufas, pues nada hay más liberador que la carcajada detrás del escalofrío. La sonrisa congelada del desfigurado hombre que ríe, el hado funesto del hombre sin brazos del circo, la adorable viejecita trasmutada en vicioso criminal.

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Desde Lon Chaney, el hombre de las mil caras, hasta la saga "Scary Movie", las parodias del cine de terror (o el humor dentro del propio género, como evidencia a la perfección la obra de James Whale) han sido una constante en la gran pantalla. En su origen, el cine de horror de la Universal puso a prueba los límites de la censura y trascendió los notables prejuicios a los que se ha enfrentado tradicionalmente el cine terrorífico, demostrando que calidad y comercialidad podían ir de la mano. Pero no fue la belleza lo que mató a la bestia. Fue la comedia. Al menos así fue hasta que la Hammer retomó los elementos más provocativos (como el subtexto sexual ), potenciándolos y abandonando los posibles elementos paródicos. Nadie parecía estar a salvo de las garras del humor. Los monster mash-ups (o ensaladas de monstruos, con su desopilante tótum revolútum de personajes con la aquiescencia de sus propios iconos), Bob Hope, los Dead End Kids o Abbott & Costello habían descarnado al género de su esencia terrorífica, y se hacía necesaria una vuelta a la senda del miedo. Pero una vez concluida (o agotada en sí misma) esta ruta, hubo un nuevo retorno al humor, con públicos progresivamente descreídos tomándose a guasa aquello mismo que les había puesto los pelos de punta apenas unos años antes. Y este carrusel ha seguido girando prácticamente desde los comienzos del cine, y no parece tener visos de detenerse en un futuro cercano. Horror y comedia, carcajadas y escalofríos, pues ¿acaso hay algo más admirable que ser capaz de reir en la cara misma de la muerte?

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Aunque la Universal ya había explorado el territorio de la licantropía con "El lobo humano" (1935), no sería hasta la combinación de los talentos de Curt Siodmak (guionista), Lon Chaney Jr. (protagonista) y Jack P. Pierce (maquillador) cuando germinase el icono de "El hombre lobo", sentando las bases para toda revisión (o parodia) posterior del fenómeno. Larry Talbot, el eterno maldito, germen de casi todo (desde Paul Naschy hasta los vampiros cubiertos de purpurina de recientes sagas coyunturales) y padre de los monstruos torturados por su propia condición, rebeldes con causa pero sin cura, condenados a vivir matando y morir viviendo. Parábola nada sutil de los crímenes del nazismo, estrenada a rebufo del ataque japonés a Pearl Harbor y descomunal éxito de taquilla, la película de George Waggner devolvería a Universal al epicentro del horror, además de reescribir para siempre la figura del licántropo: las transformaciones en luna llena, el contagio a través de la mordedura, el empleo de balas de plata...

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Llegados los años 80, la estruendosa irrupción en el cine norteamericano de (la promesa rota) John Landis, cuya sentida debilidad por el género desde una vena irrefrenablemente burlesca (en la onda de Mel Brooks, pero en mayor consonancia con un cierto espíritu contracultural), depararía uno de los grandes éxitos del cine de terror contemporáneo, "Un hombre lobo americano en Londres". Frente a la coetánea "Aullidos" de Joe Dante, que se enfrentaba al hombre lobo desde una perspectiva más respetuosa con la tradición canónica, el film de Landis combinaba efectos de maquillaje de última generación a cargo del oscarizado Rick Baker, un guión que desacralizaba los hallazgos de Siodmak pero sin renunciar a una sobredosis de escalofríos y un puñado de efectivas set pieces que han soportado excelentemente el paso del tiempo. Un homenaje sincero a aquellas noches buscando monstruos bajo la cama o dentro de los armarios. Jocoso quizá, pero nunca irrespetuoso. Y que conocería una memorable prolongación cuando Michael Jackson, en la cumbre de su carrera, contratara a Landis para dirigir el videoclip más famoso de todos los tiempos, "Thriller", afectuosa aproximación a los tópicos del género con, una vez más, excelentes caracterizaciones a cargo de Baker.

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"Un hombre lobo americano en Londres" se proyecta mañana lunes 25 de abril, a las 19:30 horas en el CICCA. Como siempre, en versión original subtitulada y con entrada gratuita. Después de la proyección, el habitual coloquio. Buena luna, criaturas de la noche.

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