Un domingo cualquiera. Mucho calor en San Mateo. Una vieja casa al final del sendero. Un amigo me regala sus imágenes y me descubre un pequeño tesoro musical. Una banda que canta en francés y que se desliza con suavidad entre sueños con sabor a pop y despertares de chanson française. "Son buenos", me decía mi amigo. Tenía razón. Eran buenos, eran condenadamente buenos. Primerizos, de acuerdo, pero apuntaban alto y se llamaban The Birkins.
Su nombre me empieza ganando el corazón. Cada vez que los oigo recuerdo a Jane Birkin susurrando que me quiere.
Delicada e intensa, Birkin vivió muy a fondo el Swinging London cuando apenas tenía 17 años. Tres años duró aquella locura, de la que se refugió en la bohemia parisina y en el malditismo de su gran amor Serge Gainsbourg. Algunas de las cosas que rodearon a la Birkin, en mayor o menor medida, se pueden rastrear en The Birkins: efervescencia pop, oscuridad, energía, melancolía y, lo más importante, talento.
En aquella casona de San Mateo eran apenas un boceto, una intención. Eran un bebé que empieza a abrir los ojos. Tenían que crecer, cambiar, evolucionar. Y lo han hecho. Hoy son un niño que empieza a caminar.

(Fotografía de Noemí Tejera)
Con ustedes: The Birkins
