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Novedades en la categoría James Stewart


Decir que Alfred Hitchcock tenía una especial fascinación por las rubias no es una novedad. A lo largo de su carrera fueron muchas y variadas las actrices que le prestaron (profesionalmente) su belleza glacial y su pelo dorado. Una de ellas fue realmente especial, sobre todo por la facilidad con la que su macabro sentido del humor les hizo conectar: Grace Kelly.


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El director venía de lidiar con la compleja personalidad de Montgomery Clift, protagonista de "Yo confieso" (1953), uno de los títulos menos renombrados de los años que Hitch dedicó a la Warner Bros. Su siguiente trabajo para este gran estudio, y que a la postre sería el último, se tituló "Crimen perfecto" (1954). Era la adaptación de una obra de teatro y fue mucho mejor recibida que la anterior, siendo muy destacada la presencia de una joven y angelical actriz, evidentemente rubia, y que respondía al nombre de Grace Kelly. Sabiamente manejada por el genio británico, su estupendo trabajo fue reconocido por la Asociación de críticos americanos, recibiendo por esta película el premio a la mejor actriz del año.


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Durante el rodaje, director y actriz compartieron mil y una confidencias, y se propusieron amor profesional eterno, algo que la aparición posterior del Príncipe Rainiero hizo olvidar, como ustedes ya bien saben. Pero lo cierto es que en una de aquellas conversaciones, Hitchcock le habló de un proyecto titulado "La ventana indiscreta", y lo hizo con tanta pasión que cuando finalmente esa película comenzó a andar, Kelly dijo inmediatamente que sí, desatendiendo otras propuestas tremendamente interesantes que tenía sobre la mesa (como, por ejemplo, el papel que finalmente encarnó Eve Marie Saint junto a Marlon Brando en "La ley del silencio"). "La ventana indiscreta" (también de 1954, pero ahora para la Paramount) supuso la cuarta candidatura al oscar como mejor director. Esta vez, como en las cinco ocasiones en que estuvo nominado, también le toco perder, a manos en este caso de Elia Kazan, director de "La ley del silencio". Kelly volvió a ser premiada por parte los críticos americanos como mejor actriz por esta película, y la pareja que formó con James Stewart recibió mil y un parabienes.


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Hitchock se basó en un relato corto escrito por Cornell Woolrich titulado "It Had to Be Murder". El principal protagonista de la historia es un fotógrafo de nombre L. B. Jefferies, al que encarna James Stewart. Recluido en su apartamento por culpa de una pierna escayola, se entretiene elucubrando historias alrededor de un misterioso vecino del piso de enfrente. Aunque muchos espectadores sigan sin creerlo, el rodaje se desarrolló íntegramente en un gigantesco decorado construido en los estudios de la Paramount, un prodigio de falsedad puesto al servicio del talento de Hitchcock. La ventana desde la que James Stewart se asoma el resto del vecindario no es más que una representación del mirador que cada uno de nosotros elige como espectador, no solo de una película sino de todo aquello que nos rodea. El confinamiento al que un inoportuno accidente condena al protagonista no hace sino darle cariñosa complicidad al componente adictivo de ese voyeurismo que todos tenemos dentro y del que, en mayor o menor medida, nos cuesta desprendernos.


De hecho, es precisamente el confinamiento de ese voyeur a una silla de ruedas lo que confiere al relato alguno de los mejores momentos del cine de Hitchock. Cuando el cazador (el mirón) se convierte en presa (en aquello que es vigilado), la ausencia de alternativas de escape multiplican hasta el infinito la sensación de angustia terminal del protagonista y, por ende, del espectador, compañero fiel de fatigas "voyeurísticas". Saber que podrías hacer algo más, de no ser por esa pierna escayolada... Saber que el asesino puede venir a por ti y no puedes escapar... Todo esto y mucho más en una de las obras cumbre no solo de su director sino de la historia del cine, el lunes 19 de julio y en el CICCA, a partir de las 19:30 horas.

"Un día vi una serie de dibujos que ocupaban cuatro páginas de una revista. Mostraban un hombre que se despierta. Sale de la cama, va al cuarto de baño, hace gárgaras, se afeita, toma una ducha, se viste, toma el desayuno. Todo esto en dibujitos separados. Después se pone el sombrero, el abrigo, coge un pequeño estuche de instrumento de música de cuero y sale a la calle, sube al autobús, llega a la ciudad y luego al Albert Hall. Pasa por la entrada de los artistas, se quita el sombrero, el abrigo, abre el estuche y saca una flautita, se reúne con los otros músicos y avanza con ellos hacía el podio. Se afinan los instrumentos y nuestro hombre se sienta en su sitio. Llega el director de orquesta, da la señal y empieza la gran sinfonía. El hombrecito está sentado ahí, espera, vuelve las hojas. Finalmente se levanta sobre su silla, coge el instrumento, se lo acerca a la boca y, a un determinado gesto del director de orquesta, silba una única nota en la flauta. Después guarda el instrumento deja discretamente la orquesta, coge el sombrero y el abrigo, sale a la calle. Está oscuro. Sube al autobús, llega su casa, va al cuarto de baño, hace gargarismos, se pone el pijama, se acuesta y apaga la luz"


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Así le contó Alfred Hitchcock a su amigo François Truffaut cómo saltó la chispa que dio vida a "El hombre que sabía demasiado", en su versión de 1936. Aquella película, junto a otras genialidades del tipo de "Los 39 escalones", "The lady vanishes" o "Sabotaje", formaron parte de la última hornada de películas británicas firmadas por Hitchcock antes de aceptar la llamada de los dólares y firmar un suculento contrato con David O´Selznick. Realizada al amparo de la Gaumont-British Picture Corporation, estuvo a punto de no ser estrenada tras un desencuentro entre el director y uno de los productores, justo después de un pase privado. Finalmente se presentó como cierre de una sesión doble, consiguiendo tal cantidad de buenas críticas que se tuvo que modificar su distribución. Hoy se la recuerda como la primera película en inglés de un maravilloso Peter Lorre, recién fugado de la ira nazi, y quien, por cierto, tuvo que aprender fonéticamente cada una de sus líneas de diálogo. Pero también sirve de punto de referencia cuando se habla de la versión que el propio Hitchcock rodó de esta obra veintidós años más tarde.


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A mediados de los 50, Hitchcock era toda una estrella, su nombre servía de reclamo en las taquillas de medio mundo y gozaba de una vitalidad fílmica asombrosa. Sin ir más lejos, en menos de nueve meses estrenó tres películas, recibidas (todo hay que decirlo) con dispar efusividad: "¿Pero quién mató a Harry?" (03/08/55), "Atrapa a un ladrón" (27/09/55) y "El hombre que sabía demasiado" (30/04/56). En este último caso, el frondoso realizador británico había decidido versionarse a sí mismo, con más presupuesto y más estrellas esta vez. La presencia de James Stewart y Doris Day aseguraban un plus adicional en taquilla. Encarnaron con enorme solvencia lo que el director quería, una pareja con sabor genuinamente americano, ideales para anunciar, si se terciaba, una bicicleta o unos cigarrillos (cuando aún no estaban estigmatizados).


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La trama de esta versión de 1956 era similar a la original: Una familia (americana) cualquiera, de vacaciones en Marruecos, es testigo de un macabro suceso. La muerte de un hombre al que apenas acaban de conocer les hace portadores de una tenebrosa relevación que, de confirmarse, pondría en serio peligro la vida del premier británico. A partir de ahí, ese elemento que Hitchcock dominaba como nadie (un hombre común sometido a las tensiones de eventos totalmente ajenos a su mundo) nos conduce a través de un bien diseñado crescendo hacia un final algo circense pero efectivo. Era evidente que el "tono" británico tenía que desaparecer en esta ocasión, cediendo terreno la socarronería british en beneficio de un concepto más sofisticado y grandilocuente de la tensión dramática. También se alteraron algunos rasgos de la personalidad del matrimonio protagonista. En aquella primera versión, el marido escondía cierto aburrimiento y su esposa a duras penas ocultaba sus ansias de suave frivolidad. Ahora esto no era tan evidente, mostrándosenos un matrimonio sólido y sin aparentes fisuras.


El director siempre sostuvo que esta segunda versión era mejor que la primera. Afirmaba que mientras el original podía ser visto como la obra de un amateur talentoso, en esta segunda se notaba la mano de un profesional. Quizás tenga razón. Solamente por la magnífica escena de doce minutos sin diálogo y que transcurre en el Royal Albert Hall, cuenta con mi voto a favor. Ese templo de la música anglosajona era el lugar ideal para convertirse en epicentro de una película en la que la música tiene una gran importancia. No en vano, el compositor de cámara de Hitchcock, el talentoso Bernard Hermann, había recibido el encargo de escribir la banda sonora, y si bien llegó a firmar un par de partituras, decidió respetar el magnífico trabajo del compositor Arthur Benjamin para la primera versión. En aquella ocasión, Benjamin escribió una estupenda cantata titulada "Storm clouds", eje de la citada escena del Royal Albert Hall. Hermann, que encarna al director que en esta versión americana dirige la orquesta durante el concierto, quiso homenajear a su colega interpretando esa misma cantata.

Otro elemento musical de importancia fue la canción interpretada por Doris Day, el archiconocido "Whatever will be, will be (Qué será, será)", ganadora del oscar a la mejor canción y que todavía hoy retumba en nuestros tímpanos.


"El hombre que sabía demasiado" se proyecta el lunes 12 de julio a las 19.30 horas en el CICCA. El ciclo que la Asociación de cine Vértigo dedica a los 50 años del estreno de "Psicosis" se cerrará el lunes 19 de julio con la proyección de "La ventana indiscreta"

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