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Novedades en la categoría Festival de Cannes

El Festival de cine de Cannes es enorme y, por momentos, inabarcable. Pero sobre él (bueno, técnicamente "bajo él"), respira un monstruo aun mayor: El mercado, ese lugar de encuentro y desencuentro de todos los profesionales que llegan a Cannes a comprar y vender proyectos, obras en curso e, incluso, alguna película.


A todas horas hay actividad en el mercado. El movimiento es continuo. Desayuno de trabajo en el Marriot, un brindis a media mañana en alguno de los yates del puerto, una comida aquí, una cena allá... Y claro, una fiesta exclusiva para terminar la jornada. Vendo, vendo, vendo... Un día tras otro. Y claro, tanto vender, tanto vender, al final uno se distrae y en vez de vender su película se vende a uno mismo.


¿Un ejemplo? Vale. El sol se está poniendo. El paseo que rodea a la playa de La Croisette está lleno de gente. A uno de los quioscos que salpican ese agradable paseo llega una curiosa pareja. Ella quizás haya cumplido los 18 años. Por su acento parece americana. El debe estar cerca de los 70 y por la forma tan peculiar que tiene de hablar en inglés, parece francés. Mientras deciden qué helado pedir, él la rodea con sus brazos y ella le sonríe. Mientras se encaminan hacia la arena, ella le dice: "Me encanta que me mimen. ¿Tienes ganas de mimarme?". Esto es Cannes. Bienvenidos al mayor mercado del mundo, tan grande que a veces incluso es posible ver películas tan buenas como la de los hermanos Dardenne, o la de Kaurismaki, o la de Malick...

En la pequeña Sala Bazin está a punto de comenzar la proyección. Los espectadores van apagando sus teléfonos móviles. Un espectador rezagado entra en la sala a toda velocidad. Pero no busca asiento. Quedan plazas libres, pero no se sienta. Se dirige a un extremo de la primera fila, mira hacia los espectadores y se pone a hablar. No estaba prevista ninguna presentación y ningún responsable del Festival de Cannes aparece por allí. No hay micrófono. El hombre en cuestión se disculpa por no estar a disposición de la prensa para hablar de su película, la que vamos a ver en unos momentos. No da muchas explicaciones, y pide nuestra comprensión: "A causa de las películas que hago, debo mantener mucha prudencia sobre mis movimientos". Y desaparece a toda velocidad. Ese señor es Rithy Panh, director de la producción camboyana "Duch, le Maître des Forges de l´Enfer"


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Dicen que durante la segunda mitad de los años 70, el caos generado por el Jemer Rojo en Camboya acabó con la vida de 1.800.000 personas. Eso equivale aproximadamente a un cuarto de la población del país. Uno de los principales ideólogos del maquiavélico sistema de asesinatos selectivos implantado en ese país está ahora en prisión. Se llama Kaing Guek Eav, pero todavía se le recuerda por su nombre de guerra: "Duch". Rithy Panh se presenta ante él y le pide que recuerde.

"Hay tantas historias. Pero algunas las he olvidado. ¿Por qué? Quizás porque así sufriré menos"

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Sin embargo, la forma en que Panh se acerca a Duch en su cautiverio, sin presionarle, sin agobiarle con un interrogatorio inquisitivo, parece vencer las reticencias del recluso, y le hace hablar. Comienza así un monólogo desbordante, pleno de contradicciones morales, de afirmaciones desoladoras y de algo parecido al remordimiento. Un muy acertado uso de escalofriantes imágenes de archivo y el revelador testimonio de algunos supervivientes terminan por condimentar una de esas obras de obligado visionado para quien tenga interés en cuestionar si el ser humano está inevitablemente destinado a generar el mal a su alrededor.


Eso nos grita desde la pantalla el director coreano Kim Ki Duk. "Arirang", su primer trabajo después de tres años de silencio, es un autorretrato doloroso y descarnado que se ha incluido dentro de "Un certain regard", sección paralela del Festival de Cannes. Decir que en realidad no se trata de una película es acercarse mucho a la realidad. El propio director nos lo anticipa, diciendo que ya no puede hacer más películas. Desgraciadamente para sus admiradores parece que eso es cierto, que Duk ya no es capaz de hacer otra película "como las que hacía antes".


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Mimado por la crítica, elevado a los altares por los festivales más importantes, Kim Ki Duk se ha convertido en un ermitaño, un tipo solitario que vive en una casucha de madera en medio de la nada, sin comodidades, sin agua corriente y sin gente alrededor. Se alimenta, se asea y sobrevive. Nada más. No parece tener ningún deseo, ninguna ilusión y ninguna esperanza. Pero como él nos dice, aunque ya no puede hacer películas, necesita filmar, lo necesita como el respirar, y por eso agarra con fuerza una pequeña cámara digital y se filma. Se desnuda emocionalmente y se filma. Se desgarra y se filma. Sin equipo, sin actores, sin nada más.

¿Qué le ocurrió? ¿Por qué lo dejó todo? ¿Qué le ha hecho traspasar los límites de eso que algunos llaman cordura? Espero que la película se estrene alguna vez (bueno, en realidad, creo que eso es una utopía, lo del estreno...) y lo averigüen por ustedes mismos. "Arirang" se explica por sí misma, al mismo tiempo que nos hace entender mejor la inmensa vinculación existente entre cada una de sus películas y el propio director. Pero sobre todo, espero que "Arirang" sirva de catarsis para que algún día volvamos a ver una película de Kim Ki Duk.

¿Por qué? ¿Qué necesidad hay de hablar sobre una película tan previsible como insustancial? Arrancó aplausos en el pase reservado por el Festival de Cannes a la prensa, y como diría ese que ustedes saben: "¿Por qué?"

Como habrán podido adivinar, no me ha gustado esta película y no me apetece nada hablar sobre ella. En vez de eso, prefiero trasladarles la tristeza que provocó en quien esto escribe una situación vivida ayer por la tarde. A la salida de la sala de prensa, en el corazón del Palais, varios fornidos hombres de negro impedían el paso a los allí presentes. Era una doble fila de seguridad: una para recibir en rueda de prensa a los integrantes del jurado internacional, y otra para despedir al homenajeado Bernardo Bertolucci.

Tal despliegue intentaba impedir que el batallón de periodistas que pulula por Cannes se comportase como grouppies nada más ver al famoso de turno. Se podrían haber ahorrado la mitad de los efectivos. Todo el mundo estaba pendiente de las estrellas del jurado: Robert De Niro, Jude Law, Uma Thurman, etc. Una distinguida dama de la prensa, emocionada cual quinceañera, gritaba de emoción al ver de frente a Robert De Niro: "¡He visto todas sus películas! ¡Estoy enamorada de usted!". Un par de segundos después, un hombre triste, avejentado, casi hundido en su silla de ruedas, abandonaba la sala de prensa entre la más absoluta indiferencia.

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La distinguida señora, ya repuesta de su sofoco, preguntaba por el nombre del anciano. "Es Bernardo Bertolucci, señora". Y ella ponía la misma cara que pone la vaca cuando ve pasar el tren. Tanta emoción seguramente le impedía recordar que, por ejemplo, su amado De Niro fue el protagonista de una de tantas joyas que llevan la firma del maestro italiano, "Novecento". Malos tiempos para la lírica.


Suenan las campanas. Cenicienta debe regresar a su vida gris y sin futuro. Pero Woody Allen prefiere pervertir el cuento y convierte esa hora mágica en un puente hacia lo contrario: la luz y la felicidad que se esconden en algún lugar del pasado.

"Midnight in Paris" ha abierto la 64ª edición del Festival de Cine de Cannes. Una canción de amor a París, se oía por los pasillos de la sala Debussy. Vale, me sirve. Un poco obvio, pero me sirve. Allen ama con locura esa ciudad, o mejor dicho, ama con locura la idea, el cliché que muchos tienen (tenemos) de la capital francesa. Y lo deja bien claro desde un prologo que parece subvencionado por la Oficina de Turismo de París. Durante esos minutos iniciales se suceden con precisión de publireportaje diversas imágenes de los lugares más típicos de la ciudad de la luz, al son de la misma suave música que nos acompañará durante el resto del metraje. Una postal preciosista que despierta en la memoria los peores recuerdos de "Vicky Cristina Barcelona", esos que hablan de una Ciudad Condal obvia y excesivamente subrayada en lo que a sus encantos se refiere.


Pero tras el prólogo se disipan nuestros temores. La trama, hay que amar la trama, y a eso se ha agarrado Allen, a una buena historia sobre aquello de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Los lugares por los que transcurre esa historia son los típicos, pero forman parte de una fábula. Y aquí, y en esa forma, son necesarios. ¿Cuántas veces no hemos oído eso de "me hubiera encantado vivir en los 60"? Andar por una callejuela de París, encontrarte con Jean Seberg, irte a dar un paseo con ella, enamorarte locamente... y cuando estás pensándote seriamente abandonar el siglo XXI y quedarte por allí ...la Seberg te suelta que a ella, lo que le gustaría, es vivir en los locos años 20...

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Pues eso, o algo parecido, es lo que le pasa al protagonista de esta película. Y quizás sea lo que le pase a Woody Allen, que cada vez ve más complicado entender el tiempo que le ha tocado vivir y prefiere resguardarse en la trinchera de la nostalgia. Parece un poco cansino decir que "no es de las mejores de Woody Allen" (aunque sea verdad). Pero es que esas "mejores películas de Allen" están sin duda entre las mejores películas de la historia del cine. Ésta es lo suficientemente ligera, divertida e inteligente como para animarte a seguir yendo al cine.



Suenan las campanas. Cenicienta debe regresar a su vida gris y sin futuro. Pero Woody Allen prefiere pervertir el cuento y convierte esa hora mágica en un puente hacia lo contrario: la luz y la felicidad que se esconden en algún lugar del pasado.

"Midnight in Paris" ha abierto la 64ª edición del Festival de Cine de Cannes. Una canción de amor a París, se oía por los pasillos de la sala Debussy. Vale, me sirve. Un poco obvio, pero me sirve. Allen ama con locura esa ciudad, o mejor dicho, ama con locura la idea, el cliché que muchos tienen (tenemos) de la capital francesa. Y lo deja bien claro desde un prólogo que parece subvencionado por la Oficina de Turismo de París. Durante esos minutos iniciales se suceden con precisión de publirreportaje diversas imágenes de los lugares más típicos de la ciudad de la luz, al son de la misma suave música que nos acompañará durante el resto del metraje. Una postal preciosista que despierta en la memoria los peores recuerdos de "Vicky Cristina Barcelona", esos que hablan de una Ciudad Condal obvia y excesivamente subrayada en lo que a sus encantos se refiere.


Pero tras el prólogo se disipan nuestros temores. La trama, hay que amar la trama, y a eso se ha agarrado Allen, a una buena historia sobre aquello de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Los lugares por los que transcurre esa historia son los típicos, pero forman parte de una fábula. Y aquí, y en esa forma, son necesarios. ¿Cuántas veces no hemos oído eso de "me habría encantado vivir en los 60"? Ya saben, andar por una callejuela de París, encontrarte con Jean Seberg, irte a dar un paseo con ella, enamorarte locamente... y cuando estás pensándote seriamente abandonar el siglo XXI y quedarte por allí ...la Seberg te suelta que a ella, lo que le gustaría, es vivir en los locos años 20...

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Pues eso, o algo parecido, es lo que le pasa al protagonista de esta película. Y quizás sea lo que le pase a Woody Allen, que cada vez ve más complicado entender el tiempo que le ha tocado vivir y prefiere resguardarse en la trinchera de la nostalgia. Parece un poco cansino decir que "no es de las mejores de Woody Allen" (aunque sea verdad). Pero es que esas "mejores películas de Allen" están sin duda entre las mejores películas de la historia del cine. Ésta es lo suficientemente ligera, divertida e inteligente como para animarte a seguir yendo al cine.


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Cuando Tony el estefanés sale de la cárcel enfermo, después de una condena de cinco años, su amigo Jo el sueco, el hombre al que no quiso delatar, se hace cargo de su cuidado. Su intención es reformarse, pero pronto llega a sus oídos la noticia de que su antigua novia, Mado, se ha convertido en la amante de Pierre Gruter, el gángster propietario del club "La edad de oro". Desesperado, sin dinero, ni donde acudir, planea con Jo y Mario, un amigo italiano de ambos, el atraco a una importante joyería, para el que reclutan a un experto en cajas fuertes, César el milanés. Después de preparar cuidadosamente el golpe hasta el último detalle, utilizan el método del butrón y penetran en el establecimiento por el techo...


Las peripecias profesionales y vitales del cineasta de Connecticut Julius "Jules" Dassin (1911-2008) ejemplifican a la perfección las contradicciones y vicisitudes de una parte significativa de aquellos intelectuales y creadores de izquierdas que se vieron obligados a convivir con el nefando Comité de Actividades Antiamericanas. La pobreza de la infancia en barrios marginales neoyorquinos como Harlem o el Bronx, el mazazo de la Gran Depresión (que sumió en la miseria a millones de norteamericanos), el auge de los fascismos, la educación autodidacta, la vinculación con grupos revolucionarios de teatro (en su caso, el Federal Theatre), el desengaño profesional tras entrar a formar parte del engranaje hollywoodense (como director asalariado para la Metro-Goldwyn-Mayer) o la disyuntiva entre delatar a los compañeros de viaje o el ostracismo. Una suma de circunstancias que lo convertirían en emigrante a su pesar, trotamundos impenitente, cineasta con el arte como única patria.

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Tras iniciar su carrera como actor yiddish, y una etapa de aprendizaje y asentamiento como director en la Metro (de la que acabaría renegando amargamente), sería de la mano del productor Mark Hellinger y el cine negro con toques neorrealistas ("Fuerza bruta" y "La ciudad desnuda") como alcanzaría el prestigio crítico. Sin embargo, el proyecto que acabaría convirtiéndose en "Rififí" (palabra que en argot vendría a significar algo así como "camorra") llegó a las manos de Julie Dassin tras un impasse profesional de cinco años. Su última película, "Noche en la ciudad", había sido enormemente alabada (y muchos años más tarde objeto de un remake por Irwin Winkler y Robert De Niro), pero la Caza de Brujas primero, y posteriormente las desavenencias con sucesivos productores (entre los proyectos en los que estuvo involucrado figuran un vehículo de lucimiento para el gran cómico galo Fernandel, "El enemigo público número 1", y la adaptación de la novela de Giovanni Verga "Mastro Don Gesualdo") marcaron un lustro de silencio. Pero a propuesta de un productor francés, que necesita con urgencia un cineasta que adapte a la gran pantalla el exitoso libro de Auguste LeBreton, inicia su carrera lejos de Hollywood, y además en un idioma que no era el suyo, urgido por la necesidad de mantener a su familia.


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Una vez a cargo del proyecto, decide prescindir de casi la totalidad de la novela (repleta, en palabras del propio Dassin, de chulos y prostitutas, además de un montón de asesinatos y cierto sadismo) y articular el guión alrededor del robo de la joyería (que apenas ocupaba una decena de páginas en el libro), alargando su duración más allá de media hora de metraje, empleando asimismo el novedoso recurso de rodarlo en casi completo silencio, sin música, solo con el sonido sofocado de los propios atracadores. Tras escribir el guión en inglés en apenas seis días (y recabar la colaboración en la traducción al francés de René Wheeler) y con un ajustado presupuesto que no permitía la contratación de estrellas rutilantes o el uso de grandes decorados (obra de uno de los grandes magos del cine, el diseñador Alexandre Trauner), Dassin demostró su maestría con una dirección que evidencia un enorme dominio de la puesta en escena, una cuidada composición y planificación del montaje de las secuencias, un excelente retrato de los ambientes del hampa parisina y una cierta inmoralidad en el tono que hace que nos pongamos del lado de unos personajes marcados por su destino.

Para sorpresa de todos, una película de bajo presupuesto escrita y rodada en poco más de un mes, se convertiría en un descomunal éxito comercial y crítico, no solo en Francia, sino en todo el mundo (excepto los EE.UU., donde su nombre seguía siendo tabú, por lo cual tendría una distribución limitada a una sola sala neoyorquina), provocando toda una avalancha de imitaciones, variaciones y parodias; entre las más recordadas, "Rufufú" de Mario Monicelli, y rififís varios de todo pelaje en Tokio, Amsterdam, en el convento, entre las mujeres y en la ciudad (a cargo del tío Jess Franco), amén de un anunciado remake próximo a cargo de la dupla Harold Becker-Al Pacino. Además, le proporcionaría a Dassin el galardón (compartido) al mejor director en el Festival de Cannes (donde conocería a su desde entonces compañera y musa, la actriz y luego política griega Melina Mercouri), volviendo a situar su nombre en la primera línea del negocio, y posibilitando así una carrera cinematográfica estable hasta su retirada 25 años más tarde. En palabras de François Truffaut, "de la peor novela que he leído, Dassin hizo la mejor película de cine negro que yo haya visto nunca".

"Rififí" pone colofón al ciclo que la Asociación de Cine Vértigo ha venido dedicando al polar en el CICCA, y se proyecta este lunes a las 19:30 horas, en versión original subtitulada y con entrada gratuita.

En el número de enero de la edición española de Cahiers du cinema se hace, además de la habitual lista de las mejores películas del año, una especie de clasificación alternativa, no por la dificultad o riesgo de sus títulos, sino porque se centra en aquellas obras que muchos denominan "invisibles", obras hurtadas al gran público y que ven condenada su existencia al esquinado territorio de los festivales y los circuitos marginales.

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En el quinto lugar de esa clasificación nos encontramos con "Vengeance", del hongkonés Johnnie To, un paseo de ida y vuelta hacia el polar francés más nelvilleniano de la mano del gran Johnny Hallyday. Esa película se estreno en mayo de 2009 en Cannes, y en septiembre de ese mismo año se pudo ver en el Festival de San Sebastian. Desde entonces, y a pesar del nombre que su director ya tiene entre los espectadores más avezados y a pesar de ciertos comentarios críticos positivos, pocas oportunidades se le han dado. Incomprensible, pero cierto.


También en Cannes, pero en el mayo de 2005, se estrenó uno de los títulos más emblemáticos de To. Dentro de una impresionante sección oficial ("L´Enfant", "Una historia de violencia", "Los tres entierros de Melquíades Estrada", "Manderlay", "Last days", "Caché", Three times", "Bashing"...), Johnnie To acudía por primera vez con "Election". Quienes no conocían de su obra anterior marcaron su nombre con fuego después de aquel primer encuentro.


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"Election", alabada por el omnipresente Quentin Tarantino como la mejor película de ese 2005, es quizás uno de los mejores ejemplos del "Toque To", esa sugerente mezcla de un interior sustentado en análisis sociales clarividentes, y envuelto en un papel de regalo arrebatadoramente estilizado. La película se centra en el proceso de elección del líder de la triada más antigua de Hong Kong. Estas organizaciones criminales asiáticas se organizan en grupos de tres personas (de ahí su nombre) interconectados jerárquicamente con otros grupos por solo uno de sus integrantes, lo que conlleva un total desconocimiento del resto de los miembros de la triada. A diferencia de las mafias occidentales, más parecidas a una gran familia, las conexiones son aquí más colaterales, algo tremendamente útil a la hora de esquivar las pesquisas policiales.


To nos introduce con enorme sutileza en ese proceso de búsqueda de un nuevo líder. Las rivalidades feroces emergen entre los dos candidatos a hacerse con el cargo. Lok es el favorito para ganar, pero su rival, Big D, no se detendrá ante nada para que eso cambie, incluyendo ir en contra de años de tradición e influenciar el voto con el dinero y la violencia. Una lucha por el poder que amenaza con partir a la tríada en dos.

Con casi cincuenta largometrajes a su espalda y veintiséis premios cinematográficos decorando las estanterías de su casa., en España solamente se han estrenado comercialmente tres de sus películas. Una de ellas es esta "Election", con la que la Asociación de cine Vértigo culmina el ciclo "Delicias orientales" y con la que aspira a poner un granito de arena a la hora de hacer visible lo invisible. Respetadísima en occidente (mejor director y Premio Jurado Joven en el Festival de Sitges) y venerada en Asia, donde alcanzó el reconocimiento de la crítica (Mejor película y director para la crítica hongkonesa) y de la industria (Mejor película, director, guión y actor en los Premios del cine hongkonés), tienen ustedes ahora la oportunidad de degustar el último plato de este menú de Delicias que esperamos que hayan disfrutado.


Todavía está en cartel la última de Clint Eastwood, "Invictus". Esta película menor dentro de la filmografía de este veterano actor y director nace entre otras cosas de la fascinación que provocó en Clint la actitud de Mandela tras sus casi tres décadas de cárcel. La venganza, el derecho casi innato a la venganza, está muy presente en su cine, respondiendo de alguna manera a unos valores muy cercanos a lo "intrínsecamente americano".


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Después de tantos años encerrado, a Clint quizás le hubiera resultado algo natural que Mandela encabezase una especie de revolución negra, pasando a cuchillo a la minoría blanca reinante en Sudáfrica. Pero precisamente esa negación de la venganza y, por el contrario, su subversiva propuesta de reconciliación es lo que le enganchó. Bueno, esto y la sutil "presión" de su colega y sin embargo amigo Morgan Freeman, quien vio en el personaje de Mandela una gran oportunidad de lucimiento profesional y humano.


La venganza está también muy presente en la película surcoreana "Oldboy", que se proyecta el lunes 8 de febrero en CICCA a partir de las 19.30 horas. Y no sólo la venganza, sino el derecho a la venganza. ¿Qué opinaría Clint de esta estupenda película? Un hombre es secuestrado sin motivo aparente. Quince largos años después, y también sin motivo aparente es puesto en libertad. ("¿Si me hubieran dicho desde el principio que iban a ser quince años, hubiera sido más fácil"?)


Basado en un manga japonés de mismo nombre, "Oldboy" irrumpió con fuerza en el Festival de Cannes de 2003, alcanzando contra el pronóstico de mucho crítico anquilosado el Gran Premio del Jurado. En realidad era la segunda parte de una Trilogía de la Venganza iniciada el año anterior por su director Chan-wook Park, con "Simpatía por Mr. Venganza" y finiquitada en 2005 con "Simpatía por Lady Venganza". Las dos tuvieron cierta transcendencia en circuitos freaks y/o minoritarios, pero no alcanzaron el renombre de la película que nos ocupa.


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Después de ver "Oldboy" uno puede tener tal torbellino de sensaciones dentro que difícilmente va a ser capaz de darse cuenta de que no muere tanta gente como parece. El uso vertiginoso del montaje imprime un ritmo desenfrenado, chispeante, más propio de una montaña rusa. El seductor diseño visual terminan por hacer absolutamente irresistible e hipnótico su visionado, incluso para quien pueda sentir ciertos (y lógicos) prejuicios hacia la representación fílmica de la violencia.

"El que tenga sangre AB que levante la mano....."


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