Después de la tempestad, llega la calma. Tras un periodo de convulsa actividad, se agradece enormemente el disponer de ese instante de sosiego necesario para retomar ese libro que no llegaste a terminar o esa película que nunca alcanzaste a sacar de su cuidado estuche.
Estos días he podido deambular por el personalísimo universo fílmico del argentino Lisandro Alonso. Con apenas cuatro largometrajes en la mochila, este bonaerense de 35 años puede presumir de haber alcanzado el estatus de "autor", ese que a otros les cuesta toda una vida. Si a ustedes no les importa, me apetece iniciar este pequeño discurso por sus tres primeras películas, piezas que por separado tienen vida y brillantez propia, pero que vistas en un corto espacio de tiempo sugieren una continuidad de estilo digna de aplauso.

Su carta de presentación fue "La Libertad" (2001), un seco e hipnótico relato cuasi documental, en el que un silencioso y rudo personaje, Misael, nos permite acompañarle durante un fragmento de su pausada existencia en el corazón de la selva. La escasez de información, la magnética presencia de la naturaleza y un enorme trabajo de sonido consiguen aportar desasosiego al espectador sin que realmente existan motivos para ello. Tremendo debut.
Después llegó "Los Muertos", en 2004. Aquí el protagonista responde al paradigmático nombre de Argentino. Acaba de salir de la cárcel y se adentra en un territorio que conoce, esa misma selva de la que antes hablamos, para encontrarse con su terrible pasado. Abandona cierta forma de entender la civilización (la cárcel) y abraza el silencio y el lento pausar de la vida con una rudeza que, nos iremos dando cuenta, será común en todos los personajes de Alonso.
En 2006 se cierra el círculo con "Fantasma". Argentino es invitado a la capital al estreno de "Los Muertos". Deambula por el decadente Teatro San Martín a la espera de que se inicie la proyección. Misael también anda por allí, como si quisiese ser partícipe de este final de trayecto. Ambos comparten una cierta mezcla de desasosiego y curiosidad ante un entorno tan hostil para ellos. Nunca han estado en un cine y los interminables pasillos, los baños destartalados, los ascensores tenebrosos, plenos de sonidos y ruidos estupendamente registrados, les hacen partícipes de una especie de pesadilla urbanita, una malévola forma de poner punto final a un viaje iniciado en el corazón de la selva y que termina en la soledad de una sala de cine igual de vacía y solitaria que aquella jungla en la que comenzó todo.
Vistas de forma conjunta, hay algo en estas tres películas que me hizo recordar a la involuntaria trilogía iniciada por el iraní Abbas Kiarostami en 1987 con "¿Dónde está la casa de mi amigo?". Esta película ilustraba la angustia de un niño de ocho años tras haberse quedado por error con el cuaderno de su compañero de clase. En su pequeño universo esto supone un problema de dimensiones mitológicas, por lo que su decisión de hacer lo que sea preciso para devolvérsela termina tomando tintes de autentica odisea. Fue rodada en la región de Guillan, al norte de Irán, zona que poco después del rodaje fue devastada por un terremoto que causó más de 40.000 muertos.
Kiarostami decidió volver al lugar de los hechos y el viaje sirvió de telón de fondo a otra película, "La vida y nada más" (1995). En su travesía buscó a un actor para que hiciése de él mismo, y le hizo acompañarse en el viaje por su hijo, descubriendo ambos la insondable capacidad que tiene el ser humano para perseverar en su intento por seguir adelante a pesar de las adversidades.
Rizando el rizo, tres años después filma la que para muchos es una de sus mejores películas, "A través de los olivos". Decide recrear el rodaje inicial pero desatendiendo lo que normalmente se convierte en epicentro de este tipo de obras de "cine dentro del cine". No se interesa por el director (lo cual hubiera sido bastante egocéntrico, todo hay que decirlo) ni por el proceso de producción, ni tan siquiera por los actores principales. Prefiere centrarse en dos personajes secundarios, dos habitantes de la zona a los que se dio la oportunidad de dar vida a una joven pareja de novios. Mientras se dilata el momento de ponerse delante de la cámara, ambos viven en silencio su frustración por no poder consumar esa relación en la vida real.
No creo que sea muy acertado decir que estos dos directores compartan idéntico punto de vista sobre el cine. Es cierto que su apuesta por actores no profesionales dota de crudeza y veracidad a sus tramas, pero mientras la aproximación naturalista que enarbola Kiarostami está contaminada de neorrealismo, los postulados de Alonso responden más a ciertos postulados minimalistas. No obstante, me resulta curiosa la forma en que en estas dos trilogías ambos apuestan por cierto mecanismo de muñeca rusa, con citas a veces muy directas entre película y película. Es apenas una trivialidad, soy consciente de ello, pero me apetecía comentarlo, por si alguno de los lectores y lectoras de este blog tiene la misma curiosidad que yo y decide visionar de nuevo algo de Alonso o de Kiarostami. No se arrepentirán.

