Uno espera el ascensor y se sorprende de que al abrirse la puerta aparezca alguien allí. Es lo más normal del mundo que haya alguien dentro, sobre todo si es el ascensor de un hotel que rebosa huéspedes. Pero da igual. Uno siempre se sorprende. Quizás porque la situación que se genera a posteriori es un poco violenta. Una mirada. Un "Hola" musitado a regañadientes. Un intento de cordialidad con el "¿a qué piso va?". Es como un baile forzado, de esos que a veces se dan en las bodas, donde te toca bailar con quien menos te lo esperas.
Eso le pasó al actor Ricardo Darín en el Hotel María Cristina. Había acudido al Festival de Cine de San Sebastián y se disponía a bajar hacía el vestíbulo del hotel. Cuando ya casi alcanzaba la planta baja, el ascensor se paró y entró un tipo de melena alborotada y mirada involuntariamente distraída. Era el director Fernando Trueba. No se habían visto antes, y apenas intercambiaron unas palabras. Pero antes de despedirse, se dieron un efusivo apretón de manos y Trueba soltó algo así como "un día trabajaremos juntos", a lo que Darín respondió con una de esas sonrisas desarmantes tan suyas.

Dicen que la vida es una sucesión de casualidades y decisiones. Es posible. A lo mejor si Darín hubiese decidido bajar por las escaleras nunca habría llegado a ser el protagonista de la más reciente película dirigida por Fernando Trueba, "El Baile de la Victoria". Incluso es posible que nunca se hubiera hecho esta película, al menos en la forma en que ha llegado a nuestras pantallas.

Es una película floja, un tanto fallida y que no consigue levantar el vuelo. No funciona ni en lo simbólico ni en lo narrativo. No interesan ni las andanzas románticas, ni las intrigas criminales ni el supuesto ajuste de cuentas a la dictadura de Pinochet. Desconozco si ha sido fiel al libro de Skármeta y si les digo la verdad, no es algo que me importe. Como película resulta muy poco interesante, rozando en algunos momentos la ridiculez.
Mención especial merece uno de los protagonistas, el argentino Abel Ayala. Por momentos llega a provocar tal grado de irritación que uno se alegra de todo lo malo que le pueda pasar. Su repertorio de tics, sonrisas bobas y andares ridículos parece interminable, llegando a recordar a los peores imitadores del gran Cantinflas. Mientras me retorcía en la butaca cada vez que aparecía en pantalla, algo me decía que lo había sufrido antes. Finalmente recordé que fue el protagonista de una película sorprendentemente bien recibida en su momento, "El Polaquito" (2003), donde para terror de la humanidad era el protagonista absoluto.
Darín, acostumbrado a estar bien incluso en obras muy por debajo de sus posibilidades, a veces da la impresión de no saber qué diantres está haciendo en esta película. Incluso a veces me daba la sensación de estar maldiciendo la hora en que entró en aquel ascensor del Hotel María Cristina.
