El Festival de Cannes 2011 se acercaba a su final. El descomunal Grand Théâtre Lumière acogía a una legión de soñolientos periodistas, muchos de ellos con las heridas de guerra que deja la peligrosa noche cannoise si te pilla desprevenido. Por la sección oficial del Festival habían pasado un buen número de apellidos ilustres (Moretti, Dardenne, Malick, Kaurismaki, Cavalier, Kawase, Von Trier, Almodovar, Miike, Ceylan, etc.), y muchos títulos teñidos de esa solemnidad autoral que muchos reclaman de una competencia de este tipo.

Quien esto escribe tiene algunas manías cuando puede asistir a un Festival. Una de ellas es leer lo menos posible sobre las películas de sección oficial antes de verlas. Podría decir que me gusta disfrutar de ese pequeño momento de sorpresa que puede generar lo inesperado. Es evidente que si se trata de una película de, por ejemplo, los Dardenne, te puedes hacer una idea de lo que te espera, claro. Pero a veces funciona esta táctica. Cuando arrancó la proyección de "Drive", no tenía ni idea de lo que iba a ver. Debo reconocer que desconocía (y desconozco) la obra anterior de su director, el danés Nicolas Winding Refn, por lo que las ideas preconcebidas eran totalmente nulas. Los primeros minutos me dejaron desconcertado. "¿Qué hace esta película aquí"? Parecía una película de acción trivial, una de tantas, sin apenas indicios de ser eso que a veces llamamos pomposamente "cine de autor". Pero la extrañeza duró no más de cinco minutos, los mismos que el protagonista de esta historia concede a sus clientes. En ese momento comenzó una sesión intravenosa de cine autentico, intenso, violento, profundo y cargado de un halo de romanticismo fatalista que lo envuelve todo. Al encenderse las luces, ya no quedaban rastros de las ojeras. Se habían esfumado a golpe de aplausos.
Una espléndida fotografía, una acertada dirección artística y un sobrio reparto ayudan a definir un look ochentero realmente conseguido, pero el peso de esta obra fascinante recae en una especie de ángel caído, tan pleno de belleza como de dolor, encarnado por Ryan Gosling. Su chaqueta de cuero salpicada de sangre pasa desde estos momentos a la misma sala del Olimpo en la que están el chándal amarillo de "La Novia" o el chaleco de Han Solo.

Gosling va a ser uno de los nombres de este recién estrenado 2012. Aquí encarna a un conductor sin nombre, que combina su trabajo en un taller de reparación con esporádicos trabajos como especialista en películas de acción. Pero donde de verdad alcanza su plenitud es como mercenario a sueldo, vendiendo sus habilidades al volante en arriesgadas aventuras criminales.
"Me dices dónde te recojo, dónde te dejo y hacia dónde te llevo después. Tienes cinco minutos desde que sales del coche. Pase lo que pase, soy tuyo durante esos cinco minutos. A partir de ahí, me da igual lo que te pase. No voy a esperarte aunque te vea venir corriendo. Y no esperes que lleve un arma. Yo conduzco."
