Ella no lo sabe. A veces, por las mañanas, camino del trabajo, me cruzo con ella. Vive en mis sueños, pero ella no lo sabe. No. No es que esté locamente enamorado ni que sueñe con ella. Es que "literalmente" vive en mis sueños, vive en un edificio construido donde vi mil y una películas, donde nacieron muchos de mis sueños. Creo que algunos siguen viviendo allí.

Allí se alzaba uno de esos viejos cines de barrio. Enorme, anticuado, incómodo si se quiere. Con esa decadencia elegante de quien habiendo sido grande se resiste a admitir el paso del tiempo. Uno de esos cines de reestreno, donde los domingos podías ver estrambóticos programas dobles y donde un día del espectador se abrieron las puertas de mi percepción mientras The Doors anunciaban el final de "Apocalypse Now".
Aquel cine de barrio murió como tantos otros. En su solar, un edificio de viviendas. En otros solares similares hoy viven supermercados, bingos, billares, tiendas de ropa e incluso una iglesia evangelista. Uno de ellos, quizás el más afortunado, se ha travestido en forma de rimbombante Teatro Cuyás. Otro más desafortunado, convertido en el Teatro Guiniguada, es hoy un insigne edificio dejado de la mano de Dios y cerrado a cal y canto. Eran un símbolo de un tiempo que murió con ellos, dando paso a la moda de los multicines, últimos reductos del buen cine, hoy también en trance de desaparición.

En tiempos de pensamiento único parece que todo nos conduce a un cine único, un cine unitario, monolítico. Cine para una masa única, una masa intercambiable y aparatosa. Un cine también intercambiable y aparatoso. Y en muchas ocasiones, insustancial.
En muchas capitales de provincia sólo se puede ver algo de cine en las macro salas de los macro centros comerciales, generalmente alejados del centro urbano. En algunas incluso eso está en peligro. Y no hablemos de los pueblos, muchos de los cuales tenían el poderío suficiente como para mantener un cine señorial. De reestreno también, cierto, pero señorial. Hoy casi no quedan pueblos con cine. Pero felizmente hay gente que se rebela contra eso: por ejemplo, en Llanes, un grupo de alumnos del instituto ha iniciado una campaña para que el único cine de ese concejo asturiano abra de nuevo sus puertas, evitando así los kilométricos desplazamientos por carretera de los cinéfilos locales. Quizás hagan falta un par de revoluciones como ésta.
Hace unos meses Adrien Boudet contaba en Cahiers du cinema que en Camerún no hay ni una sola sala de cine. Seguro que muchos de ustedes pensarán, con acierto, que hay mil cosas más necesarias que también faltan en Camerún. Pero ese artículo está en el origen de este comentario. Siento resultar frívolo, pero no puedo dejar de pensar en lo triste que sería mi vida sin un cine cerca donde volver, a ratitos, a soñar.
