Veinticuatro horas al día. Siete días a la semana. Cuatro semanas al mes. Doce meses al año. Durante treinta años. Todos los días la misma rutina, los mismos automatismos. Nada cambia. Pero es precisamente en esa monotonía donde un hombre encuentra su lugar en el mundo.

Beto es ese hombre. Lo que para casi cualquier persona sería una existencia vacía de contenidos, desasosegante y sin futuro, para Beto es un refugio. Es el cuidador de una casa vacía ubicada en la calle Parque Vía, en la Ciudad de México. Es precisamente esa monotonía la que le da seguridad. Salir de allí, abandonar su refugio y encarar el mundo exterior supone un trauma, un desequilibrio en su plácida existencia. El anuncio de la posible venta de la casa enfrenta a Beto a un terrible dilema: mirar de frente a los monstruos que viven al otro lado del muro o buscar la forma de permanecer en su confinamiento voluntario.
Ese es el argumento de "Parque Vía", un multipremiado largometraje mexicano realizado por el madrileño Enrique Rivero, en cuyo acento confluyen ese origen español y sus vivencias en México y Estados Unidos. Rivero responde a ese prototipo de cineasta que partiendo de una formación aparentemente en las antípodas de lo habitual (estudió Ingeniería Industrial y estuvo trabajando en un banco), de repente da un volantazo a su vida y se convierte no solo en director de cine sino en un recolector de premios. Con ésta su ópera prima ha triunfado en más de una quincena de festivales de medio mundo, destacando los premios obtenidos en eventos tan reputados por los auteurs como Locarno, La Habana o México.
En uno de sus viajes al D.F. conoció a Norberto Coria (Beto) y se sintió fascinado por la vida que había elegido vivir. Pensó en hacer un documental sobre su soledad y su rutina dentro de esa casa en Parque Vía, pero por su cabeza rondaban un buen puñado de miedos propios que bebían de esas mismas fuentes, y eso fue lo que le hizo decidirse por la ficción intimista para contar la historia de Beto.
Quizás el visionado de esta película defraude las expectativas, pero a priori hay ganas de verla. Si además el director se confiesa devoto admirador de Carlos Reygadas y Krzysztof Kieslowski, más me apetece darle una oportunidad.
