En los albores del siglo XIX el Reino de Georgia fue amigablemente absorbido por la Rusia zarista, pero las escaramuzas independentistas no desaparecieron y, aprovechando el caos de la revolución soviética, alcanzaron un inesperado remanso de independencia entre 1918 y 1921. En ese año el ejercito rojo entró en Tiflis y adios a la independencia (ver foto). Desde entonces y hasta 1991, un agujero negro llamado Unión Soviética lo apagó todo.

Durante esos cuatro años de libertad, Georgia vivió en un carrusel de exaltación nacional, con brotes de orgulloso patriotismo engalanando cualquier tipo de representación cultural. El cine no fue ajeno a esta efervescencia y fue precisamente en esos años cuando un jovenzuelo de apenas 17 años se dejó tentar por el mundo del cine. Se llamaba Mijail Kalatozishvili y, aunque él ni se lo imaginaba, estaba llamado a ser una de las figuras clave del cine soviético.
Tras estudiar en la Academia de Arte de Leningrado, a finales de los años 30 comenzó a trabajar en los estudios Lenfilm, filmando películas de corte propagandístico a mayor gloria del Imperio Soviético. Los próceres de la patria debieron disfrutar con su trabajo, porque en 1943 le abrieron de par en par las puertas de los todopoderosos Estudios Mosfilms (lugar sagrado por el que ha pasado desde Eisenstein a Tarkovsky) y le dieron incluso un cargo político. Ya por aquel entonces había renegado por completo de sus orígenes georgianos y había maquillado cuidadosamente su apellido, buscando algo más ruso: Mijail Kalatozov.

De su talento nacieron algunas de las películas soviéticas más renombradas de esos años, como "Tres hombres en una balsa" (1954) o "Cuando pasan las cigüeñas" (1957), ambas galardonadas con la Palma de Oro en Cannes. Ese fue el aval que le permitió ser elegido como el motor sobre el que hacer bascular la colaboración cultural con el nuevo amigo cubano, tras la revolución de 1959. Juntaron a un poeta ruso (Yevgeni Yetvushenko) y otro cubano (Enrique Pineda) para que escribieran el guión de un documental de corte experimental que realzase la Revolución Cubana. Se le dio carta blanca al director, con la esperanza de convertir aquella película en todo un hito cultural.

Sin embargo, su estreno en 1964 fue recibido con desprecio en Cuba y frialdad en la URSS. La tacharon de estereotipada y, lo que era peor, de poco revolucionaria. Como castigo, Kalatozov perdió todo el crédito ganado en años anteriores, despidiéndose del mundo del cine con una extraña coproducción italiano-soviética, "La tienda roja" (1971), estrenada dos años antes de fallecer en Moscú.
"Soy Cuba" fue relegada al olvido durante casi 30 años. En 1992, y durante la celebración del Festival de Telluride (Colorado), un beligerante disidente cubano, el crítico y escritor Guillermo Cabrera Infante, escribe sobre ella y despierta el interés de una pequeña distribuidora neoyorquina llamada Milestone Films. Dos años más tarde, un pase privado al que asiste Martin Scorsese fue el trampolín necesario para conseguir su estreno en USA y su necesaria reivindicación. Los críticos americanos se rindieron a su extraña poética, a sus prodigiosas innovaciones técnicas y al atrevimiento con el que se planificó cada uno de sus planos. Se habla y no se para de sus grandes angulares, de sus interminables travellings, de sus imposibles movimientos de cámara... Incluso se recuperan escenas parcialmente cortadas (como la del concurso de belleza junto a la piscina) y se homenajean por parte de emergentes nombres del cine actual, como lo hace Paul Thomas Anderson en la famosa escena de la piscina de "Boogie nights"
Una película sin duda especial, única en su género y con la que la Casa de Colón y la Asociación de cine Vértigo continúan con su aventura este jueves 22 de abril a las 20.30.
