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Novedades en la categoría cine argentino

En plena dictadura militar argentina, una acción conjunta de los Ministerios de Educación y Planeamiento dio como resultado la publicación en 1977 de una especie de manual que decidieron titular "Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)". Se convirtió en lectura obligatoria en todas las instituciones educativas del país, buscando la erradicación de la Subversión (así, con mayúsculas).


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Las mentes que pertrecharon aquel texto eran las mismas que habían apoyado todo el elemento represor argentino. Ante una sociedad enferma" (siempre desde su "peculiar" punto de vista), había que actuar con firmeza. Utilizando las propias palabras del Ministerio de Educación respecto de la historia reciente, "los procesos de radicalización política, las huelgas, las actividades de las organizaciones guerrilleras se encontraban en el mismo plano que la desjerarquización generalizada, educación tendenciosa, fomento de la corrupción y pornografía, drogas, etc.". Evidentemente, hacía falta ponerle cara al enemigo, al culpable de todo esto: "Esas realidades eran utilizadas o aumentadas en unos casos y producto en otros, de un comando que, desarrollando una estrategia perfectamente instrumentada y con una definida ideología, llevaba a cabo lo que técnicamente se nomina la agresión marxista internacional". Eso es lo más fácil, poner en el punto de mira a un enemigo que intenta colarse por la puerta de atrás de la sociedad, para impedir que llegaran a buen fin las limpiezas de todo tipo iniciadas por el Gobierno Militar. Ese contubernio internacional, según este maquiavélico documento, se iniciaba en el seno de las instituciones educativas argentinas. Por lo tanto, era fundamental para perpetuar los logros de la Dictadura el definir una estrategia muy precisa para establecer un férreo sistema de control en cada familia, cada colegio, cada instituto, cada campus universitario.


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"Quien haya visto algo, que lo diga". Se impuso la cultura de la delación, la de la sospecha, la del control. En definitiva, se hacía necesaria una vigilancia permanente, incontestable e implacable. Se hacía necesaria una mirada invisible, como bien titula su más reciente película el bonaerense Diego Lerman. A partir del libro titulado "Ciencias Morales", de Martin Kohan, "La mirada invisible" nos cuenta la historia de la preceptora de un colegio, una de esas piezas claves en lo que a sostener el sistema de vigilancia y control de la juventud argentina se refiere. Es una figura gris, igual que lo es su vestuario o las paredes del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde se desarrolla esta historia.

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Estamos en los días inmediatamente anteriores a la guerra de Malvinas en 1982, un periodo en el que los engranajes del poder consiguieron pervertir la realidad y hacer estallar inesperados brotes de exacerbado nacionalismo en las calles de toda Argentina. El Colegio Nacional es uno de las instituciones más prestigiosas de toda Argentina. Convertido con gran sutileza en un microcosmos en el que reflejar lo que está pasando al otro lado de sus muros, las baldosas blancas y negras del patio central del colegio se convierten en el tablero que cruza sigilosa esta preceptora mientras desarrolla su implacable misión. Es una pieza más, apenas un peón con pretensiones de alfil, pero la fascinación que un joven efebo despierta en ella será el inicio de un camino sin retorno hacia la degradación moral y física más atroz. Los peones saben cuál es su destino, pero a veces toman decisiones determinantes en el resultado final.


Después de la tempestad, llega la calma. Tras un periodo de convulsa actividad, se agradece enormemente el disponer de ese instante de sosiego necesario para retomar ese libro que no llegaste a terminar o esa película que nunca alcanzaste a sacar de su cuidado estuche.

Estos días he podido deambular por el personalísimo universo fílmico del argentino Lisandro Alonso. Con apenas cuatro largometrajes en la mochila, este bonaerense de 35 años puede presumir de haber alcanzado el estatus de "autor", ese que a otros les cuesta toda una vida. Si a ustedes no les importa, me apetece iniciar este pequeño discurso por sus tres primeras películas, piezas que por separado tienen vida y brillantez propia, pero que vistas en un corto espacio de tiempo sugieren una continuidad de estilo digna de aplauso.


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Su carta de presentación fue "La Libertad" (2001), un seco e hipnótico relato cuasi documental, en el que un silencioso y rudo personaje, Misael, nos permite acompañarle durante un fragmento de su pausada existencia en el corazón de la selva. La escasez de información, la magnética presencia de la naturaleza y un enorme trabajo de sonido consiguen aportar desasosiego al espectador sin que realmente existan motivos para ello. Tremendo debut.


Después llegó "Los Muertos", en 2004. Aquí el protagonista responde al paradigmático nombre de Argentino. Acaba de salir de la cárcel y se adentra en un territorio que conoce, esa misma selva de la que antes hablamos, para encontrarse con su terrible pasado. Abandona cierta forma de entender la civilización (la cárcel) y abraza el silencio y el lento pausar de la vida con una rudeza que, nos iremos dando cuenta, será común en todos los personajes de Alonso.



En 2006 se cierra el círculo con "Fantasma". Argentino es invitado a la capital al estreno de "Los Muertos". Deambula por el decadente Teatro San Martín a la espera de que se inicie la proyección. Misael también anda por allí, como si quisiese ser partícipe de este final de trayecto. Ambos comparten una cierta mezcla de desasosiego y curiosidad ante un entorno tan hostil para ellos. Nunca han estado en un cine y los interminables pasillos, los baños destartalados, los ascensores tenebrosos, plenos de sonidos y ruidos estupendamente registrados, les hacen partícipes de una especie de pesadilla urbanita, una malévola forma de poner punto final a un viaje iniciado en el corazón de la selva y que termina en la soledad de una sala de cine igual de vacía y solitaria que aquella jungla en la que comenzó todo.


Vistas de forma conjunta, hay algo en estas tres películas que me hizo recordar a la involuntaria trilogía iniciada por el iraní Abbas Kiarostami en 1987 con "¿Dónde está la casa de mi amigo?". Esta película ilustraba la angustia de un niño de ocho años tras haberse quedado por error con el cuaderno de su compañero de clase. En su pequeño universo esto supone un problema de dimensiones mitológicas, por lo que su decisión de hacer lo que sea preciso para devolvérsela termina tomando tintes de autentica odisea. Fue rodada en la región de Guillan, al norte de Irán, zona que poco después del rodaje fue devastada por un terremoto que causó más de 40.000 muertos.


Kiarostami decidió volver al lugar de los hechos y el viaje sirvió de telón de fondo a otra película, "La vida y nada más" (1995). En su travesía buscó a un actor para que hiciése de él mismo, y le hizo acompañarse en el viaje por su hijo, descubriendo ambos la insondable capacidad que tiene el ser humano para perseverar en su intento por seguir adelante a pesar de las adversidades.

Rizando el rizo, tres años después filma la que para muchos es una de sus mejores películas, "A través de los olivos". Decide recrear el rodaje inicial pero desatendiendo lo que normalmente se convierte en epicentro de este tipo de obras de "cine dentro del cine". No se interesa por el director (lo cual hubiera sido bastante egocéntrico, todo hay que decirlo) ni por el proceso de producción, ni tan siquiera por los actores principales. Prefiere centrarse en dos personajes secundarios, dos habitantes de la zona a los que se dio la oportunidad de dar vida a una joven pareja de novios. Mientras se dilata el momento de ponerse delante de la cámara, ambos viven en silencio su frustración por no poder consumar esa relación en la vida real.

No creo que sea muy acertado decir que estos dos directores compartan idéntico punto de vista sobre el cine. Es cierto que su apuesta por actores no profesionales dota de crudeza y veracidad a sus tramas, pero mientras la aproximación naturalista que enarbola Kiarostami está contaminada de neorrealismo, los postulados de Alonso responden más a ciertos postulados minimalistas. No obstante, me resulta curiosa la forma en que en estas dos trilogías ambos apuestan por cierto mecanismo de muñeca rusa, con citas a veces muy directas entre película y película. Es apenas una trivialidad, soy consciente de ello, pero me apetecía comentarlo, por si alguno de los lectores y lectoras de este blog tiene la misma curiosidad que yo y decide visionar de nuevo algo de Alonso o de Kiarostami. No se arrepentirán.

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Uno espera el ascensor y se sorprende de que al abrirse la puerta aparezca alguien allí. Es lo más normal del mundo que haya alguien dentro, sobre todo si es el ascensor de un hotel que rebosa huéspedes. Pero da igual. Uno siempre se sorprende. Quizás porque la situación que se genera a posteriori es un poco violenta. Una mirada. Un "Hola" musitado a regañadientes. Un intento de cordialidad con el "¿a qué piso va?". Es como un baile forzado, de esos que a veces se dan en las bodas, donde te toca bailar con quien menos te lo esperas.

Eso le pasó al actor Ricardo Darín en el Hotel María Cristina. Había acudido al Festival de Cine de San Sebastián y se disponía a bajar hacía el vestíbulo del hotel. Cuando ya casi alcanzaba la planta baja, el ascensor se paró y entró un tipo de melena alborotada y mirada involuntariamente distraída. Era el director Fernando Trueba. No se habían visto antes, y apenas intercambiaron unas palabras. Pero antes de despedirse, se dieron un efusivo apretón de manos y Trueba soltó algo así como "un día trabajaremos juntos", a lo que Darín respondió con una de esas sonrisas desarmantes tan suyas.


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Dicen que la vida es una sucesión de casualidades y decisiones. Es posible. A lo mejor si Darín hubiese decidido bajar por las escaleras nunca habría llegado a ser el protagonista de la más reciente película dirigida por Fernando Trueba, "El Baile de la Victoria". Incluso es posible que nunca se hubiera hecho esta película, al menos en la forma en que ha llegado a nuestras pantallas.


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Es una película floja, un tanto fallida y que no consigue levantar el vuelo. No funciona ni en lo simbólico ni en lo narrativo. No interesan ni las andanzas románticas, ni las intrigas criminales ni el supuesto ajuste de cuentas a la dictadura de Pinochet. Desconozco si ha sido fiel al libro de Skármeta y si les digo la verdad, no es algo que me importe. Como película resulta muy poco interesante, rozando en algunos momentos la ridiculez.

Mención especial merece uno de los protagonistas, el argentino Abel Ayala. Por momentos llega a provocar tal grado de irritación que uno se alegra de todo lo malo que le pueda pasar. Su repertorio de tics, sonrisas bobas y andares ridículos parece interminable, llegando a recordar a los peores imitadores del gran Cantinflas. Mientras me retorcía en la butaca cada vez que aparecía en pantalla, algo me decía que lo había sufrido antes. Finalmente recordé que fue el protagonista de una película sorprendentemente bien recibida en su momento, "El Polaquito" (2003), donde para terror de la humanidad era el protagonista absoluto.


Darín, acostumbrado a estar bien incluso en obras muy por debajo de sus posibilidades, a veces da la impresión de no saber qué diantres está haciendo en esta película. Incluso a veces me daba la sensación de estar maldiciendo la hora en que entró en aquel ascensor del Hotel María Cristina.

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