Un joven, acusado de asesinato, sólo tiene entre él y la pena de muerte a los doce hombres que componen el jurado que lo acaba de juzgar. Son esas doce personas a las que conoceremos en el angosto espacio de la sala en la que se encierran a deliberar. Sus distintas personalidades (que, en el fondo, son las nuestras) se irán desvelando ante nosotros con cada una de sus palabras, de sus gestos, de sus prejuicios y de sus dudas. Sí, sus dudas. Porque aunque inicialmente casi todos parecen muy seguros de la culpabilidad del muchacho, uno de los miembros del jurado es capaz de sembrar la incertidumbre entre el resto.

Rodada con enorme brío por Sidney Lumet en 1957, a partir de una obra homónima de Reginald Rose escrita para televisión y adaptada luego al teatro, "Doce hombres sin piedad" es una de esas obras maestras indiscutibles, precisa en el manejo del reducido espacio en el que se desenvuelve la acción y abrumadoramente sólida en lo interpretativo. La angustia que siente ese miembro del jurado con dudas, un impresionante Henry Fonda, se transmite con gran facilidad al espectador, que termina por sucumbir ante el mismo proceso que el resto de los miembros del jurado: hay que estar muy seguro, exageradamente seguro, para conducir a un hombre a la muerte.

Es ésta una de esas películas de referencia en el género de "juicios", y para muchos expertos en leyes está entre las mejores obras que han sabido lidiar con el espinoso tema de la pena de muerte. Dictaduras sin ningún tipo de respeto por los derechos humanos tienen en la pena capital uno de los bastiones de su poder, pero no hay que olvidar que en países que se vanaglorian de ser los grandes defensores del mundo libre, como los Estados Unidos, la pena de muerte es, y por lo que parece, será un mecanismo de ajuste irrenunciable. Entre 1976 y 2012, fueron ajusticiadas 1.295 personas con alguno de los cinco métodos de ejecución que aún perviven.
Son unas cifras que, fríamente, negro sobre blanco, terminan por diluirse y no significar "nada". Pero es terrible saber que ese goteo no va a parar. Como terrible es saber que, al otro lado del Pacífico, en otro país "tremendamente civilizado" como es Japón, los condenados a muerte solamente sabrán que ha llegado su día en la mañana de su ejecución. En unos días, concretamente el 10 de marzo, un ex boxeador llamado Iwao Hakamada cumplirá 77 años, de los que ha pasado 45 esperando su ejecución. Le acusaron del asesinato de cuatro hombres, pero la principal prueba en su contra fue una confesión que firmó tras 20 días de interrogatorios intensivos, en los que no contó con la presencia de un abogado y en los que denunció haber sido amenazado y golpeado.
Unos días antes de esa fecha, el 4 de marzo, la Asociación de cine Vértigo proyecta en el CICCA la película "Doce hombres sin piedad", a partir de las 18.30 horas, como inicio de un ciclo dedicado a su director, Sidney Lumet. Quizás sea un buen momento para pensar en Hakamada...

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